A vueltas con la Memoria histórica: Así empezó…

pacpEs para mi un placer y un honor  contar de nuevo con la colaboración de  Francisco M. Rodríguez Layna quien tras algunas conversaciones compartidas sobre la memoria histórica me hace llegar el siguiente artículo al que no quiero añadir comentario alguno porque es en sí mismo suficientemente clarificador.

Contamos con excelentes  libros escritos por protagonistas de la Guerra Civil Española como son Guerra y vicisitudes de los españoles, de Julián Zugazagoitia, ¡Alerta a los pueblos!, de Vicente Rojo, Cartas a un escultor, de Indalecio Prieto, Memorias de Francisco Largo Caballero, Casi unas memorias, de Dionisio Ridruejo, Memorias de Ramón Serrano Suñer, Descargo de conciencia de Pedro Lain Entralgo, Cuadernos de la Pobleta, de Manuel Azaña,  Todos somos culpables, de Simeón Vidarte, El único camino, de Dolores Ibárruri, Entre dos guerras, de Manuel Tagüeña, Porque perdimos la guerra, de Diego Abad de Santillán, Memorias, de Mercedes Formica, Hombres made in Moscú, de Castro Delgado, Yo fui ministro de Stalin, de Jesús Hernández, Cuadernos de guerra, del general Kindelán, El general Mola, de Jorge Vigón, Los sucesos de Salamanca de Ángel Alcázar de Velasco, Memorias de un dictador, de Ernesto Giménez Caballero,  Diario de guerra en España, de Mijail Koltsov u Homenaje a Cataluña, de  George Orwells.

Pero hay un libro al que, desde mi punto de vista, no se le ha dado la importancia debida y que refleja de una manera clara y documentada, la postura de los monárquicos alfonsinos frente a la II República y el papel que jugaron durante la preparación de la conspiración y durante la guerra.  También, leyéndolo despaciosamente, nos muestra las vicisitudes por las que pasó el llamado bando nacional en los comienzos de la guerra, y las discrepancias tanto de los principales generales que iniciaron el levantamiento, como de las fuerzas políticas que le dieron soporte, para configurar un nuevo Estado.

Se trata de Así empezó… de José I. Escobar, marqués de Valdeiglesias.

Nacido el 5 de octubre de 1898 en Madrid, estudió Derecho y ganó por oposición una plaza de letrado del Consejo de Estado.  En noviembre de 1933 es nombrado director de La Época, diario familiar propiedad de su padre, portavoz de la monárquica y alfonsina Acción Española. Conocedor de la inminencia de la sublevación contra la República, el 17 de julio salió de Madrid en su automóvil, acompañado de Pedro Sáinz Rodríguez y Jorge Vigón, y se dirigió a Burgos. En la capital castellana, vivió en primer plano el triunfo del alzamiento militar y durante la guerra fue comisionado por Mola para conseguir armas en Alemania, combatió como Alférez y llegó a trabajar en el Departamento de Prensa y Propaganda.

El libro comienza con un ataque frontal a lo que significó la llegada, para él fraudulenta, de la II República, y el intento por parte de muchos monárquicos de conspirar contra ella. Y para hacerlo posible se crearía, como ariete legal, Renovación Española, liderada por José Calvo Sotelo.

Y en este aspecto nos narra sus entrevistas con el general Mola en Pamplona, en marzo de 1936,  al que insta a que tome el mando de una sublevación ante el rumbo que tomaba la República tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936, ya que en una reunión a la que había asistido, presidida por el comandante Barba, formada por jóvenes oficiales del ejército, éstos manifestaron que de no comprometerse algunos generales de prestigio a tomar la iniciativa, ellos se levantarían por su cuenta:

“Le trasmití cuanto había oído en casa de Barba, omitiendo, por una elemental discreción, el lugar y el nombre de los asistentes. –Y esto, mi general, concluí, me consta que no es un episodio aislado, sino reflejo de un estado de espíritu que se va extendiendo cada vez más. España se encuentra desamparada, arrastrada a un trágico final en manos del siniestro equipo gobernante. Todo el mundo espera una reacción que sólo el ejército, bajo sus mandos naturales, puede y debe encauzar. Pero si la voz para ese movimiento no se da dónde debe darse, surgirán una serie de reacciones espontáneas que sabe Dios a dónde enes oficiales es inicio de un comienzo de indisciplina que puede nos puedan conducir. La manera de expresarse de esos jóvenes oficiales es indicio de un comienzo de indisciplina que puede tener graves consecuencias”

La muerte violenta de José Calvo Sotelo, a manos de agentes gubernamentales y de milicianos del PSOE (el autor material del asesinato sería un escolta de Indalecio Prieto llamado Cuenca), haría que se precipitara el inicio del levantamiento.

Escobar no deja de señalar que el suceso cogió con el pie cambiado al gobierno de Casares Quiroga, que intentó minimizarlo dando orientaciones a la prensa de como reflejarlo.

Así escribe Escobar:

“El sábado 11 de julio de 1936 fue el último día que se publicó mi periódico “La Época”, cuyo primer número vio la luz el 1 de abril de 1849. Con la noticia del secuestro de Calvo Sotelo, y la aparición del cadáver en la puerta del cementerio del Este con un tiro de bala en la nuca, llegó a la redacción del periódico, el lunes 13 por la mañana, la orden terminante del Gabinete de censura: prohibido terminantemente el empleo de la palabra “asesinato”, así como cualquier comentario sobre el suceso”

Iniciado el alzamiento el día 17 de Julio, cogería a Escobar en Burgos donde se encontraba en compañía del general Jorge Vigón y del dirigente de Renovación Española Pedro Sainz, posteriormente Ministro de Educación en el primer gobierno de Francisco Franco.

Allí esperaron la llegada del general José Sanjurjo, cabeza visible del alzamiento, que no se produciría, por su muerte al estrellarse el avión que lo traía desde Portugal. Su muerte sería un duro golpe para la causa monárquica, ya que para Escobar y los miembros de Renovación Española, de triunfar el alzamiento, Sanjurjo proclamaría rey o bien a Alfonso XIII o a su hijo don Juan.

“Aquella noche oímos por la radio de Madrid la noticia del accidente y muerte de Sanjurjo y nos quedamos anonadados. La sensación de que ya, aunque triunfara el movimiento, iba a discurrir por otros cauces, penetró hondamente en nuestro espíritu”.

Ante la falta de liderazgo directo, dos generales se posicionaron como futuros herederos: Emilio Mola Vidal y Francisco Franco. Y el autor lo tiene claro: su favorito es el primero.

En Burgos tendría lugar un encuentro entre, según Escobar, Mola y los dirigentes de Renovación Española Sainz Rodríguez y de la CEDA, José María Gil Robles.  El objetivo era la defensa de la monarquía como base del futuro Estado y la bandera bicolor y la Marcha Real como himno oficial.

Pero Mola se muestra cauto, por lo que lo que cunde la desorientación entre los dirigentes de Renovación Española.

Así lo señala Escobar:

“La llegada el 21 de julio al engalanado aeródromo de Gamoral del Dragón bimotor que, desde Zaragoza, a donde había ido a tomar posesión del mando, traía a Burgos al general Mola, fue uno de los momentos de mayor emoción que recuerdo de aquellos días. Las tropas formaron en el aeródromo con bandera y música, y una gran muchedumbre acudió a aclamarlo. A nuestra enorme estupefacción nos enteramos, sin embargo, que  el estandarte que iba a llevar la tropa era aún el republicano. Nuestro asombro se trocó en indignación cuando nos dijeron que se pensaba también tocar el himno de Riego. Esto último pudo evitarse en el último momento”

En nombre de Mola, Escobar partiría hacia Berlín para conseguir armas, ya que sin ellas sería imposible el avance de los soldados nacionalistas en su objetivo de tomar Madrid. Pero allí le comunicaron que esa petición había sido pedida por los representantes Franco y que le había sido concedida. Ante esta información Escobar se dio cuenta que Franco actuaba, de facto, como el máximo dirigentes del Movimiento.

En esa estancia en Berlín, Escobar sería interrogado por funcionarios nazis sobre la situación política en España y si había buena sintonía entre Mola y Franco.

“En nuestro alzamiento no caben las miras personalistas. Se trata, caro es, en principio, de un puro movimiento de liberación de la anarquía y del marxismo. Del crimen, en una palabra, bajo aspectos diversos. Nadie que no lo haya sentido en su carne puede imaginarse lo que ha sido a vida en España durante estos cinco años de república. Las listas de asesinatos, incendios y atentados de todo especie no impresionan a quien se limita a leerlas en su diario en la sección de sucesos. Cuando se viven día a adía con el acompañamiento, en una Prensa vil, del más soez coro de injurias contra los sentimientos más queridos y sagrados de la Patria es otra cosa. España estaba al borde de la desesperación. No hay que pensar en objetivos remotos o intereses de ninguna especie para explicarse lo que está sucediendo ahora. Se trata de un movimiento nacional, espontáneo y compenetrado, canalizado, como es forzoso, por el Ejército. –Bien, pero esto tiene que conducir a algún fin concreto, a alguna determinada forma de Gobierno. ¿Cuál cree usted puede ser? ¿Habrá igualdad de pareceres sobre ello entre los generales Mola y Franco? –De haber vivido Sanjurjo mi respuesta sería categórica: la restauración de la monarquía no podría ofrecer duda. Sanjurjo se había comprometido a ello, y esto es, por otra parte, lo que en el momento actual desea lo mejor del pueblo español. La monarquía ha sido la forma tradicional del gobierno de España. Puede decirse que la única que ha conocido.  –Sí, pero ¿pero estarán de eso de acuerdo Mola y Franco? –De Franco no hay duda, me arriesgaré a decir. Siempre ha sido monárquico. Alfonso XIII fue su padrino de boda. De Mola podría dudarse por el mal recuerdo que tuvo que dejarle la monarquía”

Al regresar, en la entrevista que tuvo con Mola, Escobar, receloso del poder que iba adquiriendo Franco, le apremió a que diera un paso adelante para asumir la máxima responsabilidad de la España sublevada.

¿Por qué los miembros de Acción Española no se fiaban de Franco, monárquico convencido, y sí de Mola, desencantado con el proceder de Alfonso XIII? ¿Serían estos antecedentes la causa de que Franco no nombrase a Don Juan rey y sí a su hijo Juan Carlos?

Así relata Escobar su conversación con Mola:

“Sin preámbulos, y en tono de indiferencia, como sí solo fuera a comunicarme asuntos de trámite, empezó Mola: -He logrado hablar anoche  con Franco. Me ha confirmado todo lo que usted me contó ayer sobre el sistema que han establecido los alemanes para entenderse con él. Como él ya lo tiene muy bien organizado todo, hemos acordado, para no duplicar gestiones, que las relaciones con el extranjero las siga llevando exclusivamente él. Yo le pediré las cosas que necesite y él se entenderá con los países que nos las pueden proporcionar. De todos modos del material cuya adquisición ha concertado usted me haré cargo directamente y pondremos el telegrama cifrado para que toque el barco en La Coruña. Me quedé sin sangre en las venas. Toda mi labor en Alemania quedaba anulada de golpe. Y el Ejército del Norte, para mí el más decisivo, condenado a la inmovilidad hasta que Franco estuviera en condiciones de entrar en Madrid. Lo percibí todo en un segundo. –Entonces, mi general, balbucí, ¿quiere eso decir que han acordado ya ustedes que el jefe del movimiento sea Franco? –De eso no se ha hablado ni hay acordado nada. Es una cuestión que se resolverá en su momento oportuno. Entre Franco y yo no hay pugnas, ni personalismos. Estamos perfectamente compenetrados. –Perdón, mi general, insistí con firmeza. Sobre ese punto se muy bien lo que digo. La cuestión de la jefatura del movimiento no se resolverá más adelante. Ha quedado resuelta entre usted y Franco anoche al aceptar que solo sea él el que se entienda con el extranjero. Es evidente que solo a título de jefe del movimiento se pueden llevar con exclusividad esas gestiones. Alemania no va a tratar con el segundo de a bordo. Mola me lanzó una mirada iracunda. Por un momento temí haber ido demasiado lejos. Pero se contuvo y se limitó a decir en un tono seco. –Repito que no hay nada decidido sobre la cuestión de la Jefatura. El que sea Franco solamente el que lleve las relaciones con el exterior tiene como único objeto simplificar las cosas”

Hubo tras lo expuesto por Mola un prolongado silencio, tras el cual Escobar señaló que hasta el momento poco se había realizado, políticamente hablando. Una mera situación de fuerza no podía prolongarse indefinidamente. Era preciso convertir el Alzamiento en una empresa política. La guerra, la victoria, iba a liquidar irrevocablemente el Estado anterior a ella y eliminaba cualquier cuestión sobre la continuidad o discontinuidad del régimen. El levantamiento se había producido en su origen de un modo meramente negativo contra la deriva del gobierno de Casares Quiroga y frente a las amenazas revolucionarias del Partido Comunista y del ala largocaballerista del PSOE. Pero una vez puesto en marcha tenía que atender al deseo del pa´´is en armas que reclamaba una política nueva. Ya no podía tratarse meramente de derribar al gobierno republicano de Casares y volver a la situación anterior al triunfo del Frente Popular. La gran mayoría de la opinión combatiente recusaba en bloque las situaciones pasadas, desde el viejo constitucionalismo hasta la República frentepopulista.

Y sabiendo bien Escobar que muchos militares alzados habían visto con buenos ojos la llegada de la II República, por lo cual lo habían hecho con la bandera republicana, le recordó a Mola que la República llegó por el miedo de Alfonso XIII a que si continuaba se produciría un enfrentamiento civil, y que los resultados electores fueron de mayoría de concejales monárquicos, aunque en la grandes ciudades triunfasen las candidaturas republicanas. Y que en la elecciones de febrero de 1936 las candidaturas del Frente Nacional quedaron emparejadas a las del Frente Popular, aunque en la distribución de escaños la mayoría recayese en los candidatos revolucionarios.

Por último le recordó que el asesinato de Calvo Sotelo movió a todas las fuerzas conservadoras del país, desde la extrema derecha hasta los republicanos moderados y no marxistas, a unirse en torno al Ejército para atajar el rumbo que estaba tomando la república frentepopulista.  Que tras la no previstas guerra civil, que ha trastocado todos los pranes previstos, actualmente solo disponía la zona nacional de una organización provisional de guerra. Y que esa ausencia de una morfología política normal era explotada habilidosamente por el enemigo en ambientes propios donde se nos muestra como una mera facción de insurrectos. Y que por lo tanto le urgía a Mola a configurar el Movimiento como un Estado. Un Estado que no podía ser otro que la Restauración de la monarquía alfonsina.

Tras la entrevista, Escobar quedó desmoralizado al comprobar que a Mola le venía grande la responsabilidad de hacerse cargo de la dirección política de la insurrección, y por lo tanto enfrentarse con Franco para lograrlo, pese a que tenía a una corriente política no desdeñable a su favor, y que el propio Escobar representaba.

Dada la importancia de la conversación, Escobar se reunió con el general Jorge Vigón y el ideólogo de Acción Española, Eugenio Vegas Latapié, partidarios de la restauración monárquica en la persona de Alfonso XIII, en el hotel Norte y Londres de Burgos, comunicándoles que Mola tiraba la toalla en beneficio de Franco.

“Nos quedamos los tres silenciosos. Nos pareció percibir en nuestro interior el eco de una misteriosa campanada…Tuve en los días siguientes una crisis de angustia. Veía crecer hasta agigantarse las dimensiones de nuestra epopeya y en la misma proporción disminuir la talla de los hombres puestos por el destino a su frente. El espectáculo que en esos días daba España era de una vibración sin precedentes en su historia, pero, ¿bastaría para llevarla hacia sus metas sin la acción de un hombre que supiera tomar en mano los acontecimientos y encauzarlos?”

Por lo anterior, a Escobar no le sorprendió que Franco fuese nombrado,  el 30 de septiembre de 1936, por los generales sublevados,  Jefe del Estado y Generalísimo de los ejércitos.

Así lo narra Escobar:

“La iniciativa de toda la operación había partido de Nicolás Franco, el cual, al regreso de un viaje de Lisboa, donde había mantenido unas importantes conversaciones diplomáticas, expuso a los generales reunidos en Cáceres la urgencia de resolver la cuestión de la Jefatura, recalcando que, a su juicio, cualquier otro nombre que no fuera el de su hermano provocaría una gran decepción en los países que nos estaban apoyaban, con los cuales había negociado directamente las ayudas, y donde se daba por supuesto que habían estado tratando con el futuro jefe del nuevo Estado español. Nicolás subrayó la modestia de su hermano era el principal obstáculo que había que vencer. De todos los que escuchaban estas palabras, Yagüe era el más impetuoso. De intención recta siempre, pero fácil a cualquier influencia. Era, además, compañero de Franco en la campaña de África. Su resolución fue inmediata. Entró en el despacho de aquél. —Mi general, yo no te impongo que aceptes, pero sí que contestes categóricamente si acepta o no, para en este último caso pensar en otro nombre, ya que la salvación de la Patria exige un jefe supremo del movimiento. A los pocos minutos volvía Nicolás Franco a la estancia de Yagüe dando muestras de gran alborozo, y, tuteándole por primera vez, le dijo: -Pero, Juanito, ¿qué le has dicho que le has convencido? ¡Acepta! ¡Qué éxito has tenido y qué gran servicio has dicho a la Patria!”

Aparentemente nadie cuestionó el nombramiento de Franco, pero Escobar escribe en su libro:

“Pese a todo yo seguía creyendo en Mola. El que obra, me decía, suele no ver lejos. Marcha impulsado sin conocer el fin real. Pero Mola tiene corazón y sensibilidad. Sabrá interpretar finalmente el lenguaje de España”

Una vez el poder en sus manos, Franco nombraría una Junta Técnica del Estado presidida primero por el general Dávila y posteriormente por el general Jordana, y entre cuyos miembros se encontraban los alfonsinos José María Pemán  y Andrés Amado o el carlista Joaquín Bau.

A destacar que no había ningún representante de la Falange.  Por consiguiente, la Junta Técnica no fue en ningún momento un órgano que ayudara a crear un estado fascista o parafascista, sino una institución de significación católica o tradicional. Fue una de las principales instituciones que configuraron la primera organización gubernamental creada por Franco. Aunque estaba dividida en comisiones sectoriales, no fue un auténtico gobierno.

Todo parecía conducir al restablecimiento de la Monarquía, si se producía el triunfo de la sublevación, pero un acontecimiento no previsto trucó todos los planes de Escobar y los miembro de Renovación Española: la llegada a Salamanca del cuñado de Franco, el antiguo diputado de la CEDA, Ramón Serrano Suñer, tras haber salvado la vida milagrosamente gracias al doctor Gregorio Marañón.

Según Escobar, Ramón Serrano Suñer, amigo personal de José Antonio y su albacea testamental, se dio cuenta que lo que él denominaba Estado Campamental, se tenía que crear un Estado que diera forma a los anhelos de los que se habían sublevado contra una República que consideraban llevaba a España a su disolución.

Pero ¿qué tipo de Estado?

Y ahí los sublevados no se ponían de acuerdo. Así los carlistas, que se habían alistados como voluntarios de manera unánime, y que tenían al bilaureado general Varela como uno de sus valedores, querían un Estado tradicionalista y fuertemente católico. Por su parte los monárquicos llamados alfonsinos, querían la vuelta de Alfonso XIII o en su defecto, su abdicación en su hijo don Juan. Contaban con el apoyo de los generales Ponte, Kindelán, Aranda,  Sánchez Bautista,  Vigón, Solchaga, Jordana o Saliquet  Y por último estaba los jóvenes intelectuales falangistas, capitaneados por Dionisio Ridruejo, y que querían un Estado de tipo fascista, como el italiano, y  que contaban con los generales Muñoz Grandes o Yagüe y con el laureado y popular aviador Joaquín García Morato.

Esta fragmentación política del bando nacional, era temida por Franco, que quería un mando único y unas milicias unificadas.  Unificación que también era tenida en cuenta por carlistas y algunos falangistas, que intentaron, en varias reuniones, hacerla posible, sin ponerse de acuerdo en tema tan importante como, caso de vuelta la monarquía,  quien tendría que ser el  futuro rey.

Nunca sabremos en que hubiera acabado el tema, ya que Franco impuso el famoso Decreto de Unificación, por el que todas las organizaciones que habían dado su apoyo al levantamiento quedaban encuadras en los que se denominó Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista.

Este hecho no, fue bien visto por el recientemente nombrado Jefe Nacional de la Falange, Manuel  Hedilla, que sería condenado a muerte por mostrarse reticente a aceptar el cargo de consejero de FET, ni por el máximo dirigente de los carlistas Manuel Fal Conde, que desde su exilio en Portugal enviaría una carta a Franco, que inserta Escobar en su libro,  en la que le decía:

“Nada más disociador  para un pueblo que el partido político cuya condición, extraña a todo orden natural, fue denunciado insistentemente por nuestros pensadores, y particularmente por Mella y Pradera. Aun siendo único, divide a los nacionales según pertenezca o no al mismo, y si se crea o fomenta desde el Poder, cae inevitablemente en lo contrario de una verdadera selección de valores y capacidades”

Según señala Escobar el apartamiento del Requeté fue manifiesto y constante y uno de los consejeros tradicionalistas de FET, José María Oriol, declaró explícitamente en presencia de Franco, que hasta el momento muchos requetés habían muerto por sus ideales. Pero no veía tan claro que FET fuera capaz de seguir inspirando el mismo fervor.

Para entender la situación por la que se encontraban los tradicionalistas al estallar la guerra es necesario que expongamos lo siguiente.

Al instaurarse el 14 de abril de 1931 la II República, el pretendiente al trono de los tradicionalistas era don Jaime de Borbón, hijo de lo que los carlistas llamaban Carlos VII. Don Jaime no fomentó nuevas rebeldías carlistas y su simpatía por los aliados en la I Guerra Mundial produjo una escisión en el partido carlista, pues don Jaime desautorizó a la más significada personalidad de su partido, Juan Vázquez de Mella, orador elocuente en las Cortes monárquicas y significado gemanófilo. El 12 de septiembre de 1931 se firmó un pacto en Fonteneablau entre el rey destronado Alfonso XIII y don Jaime, que dio por liquidado el conflicto dinástico que había producido tres guerras, al estar de acuerdo ambos que lo fundamental era acabar con la II República. En el pacto se estableció un comité directivo compuesto de ocho personas, cuatro designadas por Alfonso XIII y cuatro por su tío el infante Alfonso Carlos de Borbón y Austria. Por entonces las fuerzas carlistas aspiraban a llevar al poder a don Alfonso Carlos como regente, en calidad de jefe de la Casa de Borbón “para que convoque, en su día, unas Cortes que elaboren una ley fundamental, definitiva, inspirada en la tradición española”.  Pero tan difícil era avalar este pacto para los monárquicos alfonsinos, que Calvo Sotelo, Yanguas y De la Cierva, que obligaron a Alfonso XIII a lanzar un manifiesto para defender la restauración de la monarquía, con un significativo guiño a los militares antirrepublicanos. Así estaban las cosas, cuando al morir don Jaime ese mismo año de 1931, los carlistas se desdijeron del pacto anteriormente mencionado por consejo de don Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII, y así de nuevo quedó constituido con su vieja tradición antiliberal y partidario a alzarse en armas contra la República, por medio del renacido requeté, cuando la ocasión fuese propicia.

En cuanto a los dirigentes de Renovación Española vieron que perdían su apuesta por una rápida vuelta de la Monarquía por la que habían conspirado desde el mismo momento de la proclamación de la II República, y que Serrano Suñer se convertía, a su pesar, en el segundo  hombre más poderoso del nuevo Régimen, apoyándose en los falangistas menos proclives a restaurar la monarquía.

Por eso, cuando se pensó en formar un gobierno que sustituyera a la Junta Técnica, y donde algunos señalasen a Serrano Suñer para presidirlo, el nombre de Mola sonó de nuevo para que fuese él quien lo encabezara´.

“Cuando se empezó a hablar de la necesidad de formar un gobierno que diese coherencia a la cosa pública, sonó para presidirlo el nombre del general Mola. Se lanzaron incluso otros de probables ministros de una significación política más clara que la de los que después de su muerte ocuparon el poder”

Escobar cita lo que sobre el tema escribiera Serrano Súñer:

“Algunos hablaban aquellos días de constituir un gobierno militar, un gobierno dictatorial, asistido por algunos técnicos o políticos civiles bajo la presidencia del general Mola. El proyecto, desde luego, no tomó cuerpo en el cuartel general. Franco nunca habló de esto”

Y continúa Escobar:

“El silencio de Franco es explicable. El rumor no se refería precisamente a un proyecto fraguado en el cuartel general. Se hablaba incluso de una marcha atrás en los plenos poderes militares y políticos conferidos al general Franco en la reunión de San Fernando: Franco quedaría como Jefe del Estado y el gobierno de Mola tendría una cierta autonomía. Se habló más tarde de que se había dirigido desde Salamanca una discreta pregunta a Berlin sobre su conveniencia en dichos panes y de una respuesta negativa. En una conversación que tuvo con amigos Mola rechazó terminantemente la posibilidad de tal gobierno presidido por él. –Conozco mis limitaciones, y sé que fracasaría en tal empeño. ¿Eran sinceras estas palabras? Concordaban, desde luego, con su conducta inicial cuando se eliminó voluntariamente de un primer puesto en la nueva organización que surgía. Pero muchos síntomas parecían indicar que en los meses transcurridos desde entonces la visión de las cosas había experimentado una marcada evolución. No solo venció ese apocamiento inicial que le impidió concebir el levantamiento en el orden interno con un mayor alcance que simplemente el de restañar una quiebra del orden público, sino que se sintió también más dispuesto en el orden exterior a asumir las necesarias responsabilidades, intentando incluso hacer llegar a Berlín alguna demanda directa de armamento a través del comité nacional establecido en París bajo la dirección de Quiñones. Naturalmente, una vez confirmado en la capital alemana que el jefe del movimiento era realmente Franco, no tuviera ningún interés en fomentar nada que pareciese atentar contra la unidad de dicha jefatura. Varios documentos de los archivos secretos lo atestiguan así. En los círculos próximos a Mola se dieron perfecta cuenta del cambio operado en él. Este hombre, que había descartado por absolutamente inaceptable la propuesta de los carlista de hacer el levantamiento con la bandera bicolor y al grito de ¡viva el Rey!, se había convertido en la figura hacia la que convergían todas las miras de la Tradición. Con olvido de su ideario, tan arraigadamente liberal, Mola parecía dispuesto a la implantación de un auténtico Estado tradicional. También demostró en muchas ocasiones la simpatía que le inspiraba el credo falangista. Todo indicaba, pues, que el gobierno de Mola hubiera abierto una participación mucho más amplia de la que después prevaleció. El propio Mola pudo ver en ese gobierno la oportunidad de recobrar el timón cuyo abandono en un momento de debilidad le pesaba seguramente. Pero estaba escrito que la ocasión una vez desdeñada no había de volver. Se dice que hay tres cosas que nunca se devuelven a un hombre: la palabra dada, la juventud perdida y la ocasión desaprovechada. Y el destino habría de vengarse cruelmente del desvío tenido con sus favores de una hora. El avión que una mañana brumosa del mes de junio de 1937 chocó contra un monte en las cercanías de Burgos, como el que se estrelló el 19 de julio de 1936 en una plaza de Portugal,  causando la muerte de Mola y Sanjurjo, acusaron con fuerte rasgo en la historia de España la presencia de un claro designio. Unos días después de la muerte de Mola manifesté a Sangroniz mi grave preocupación por ese hecho fatal. En mi opinión, apremiaba más que nunca la restauración de la Monarquía y le dije su conveniencia de plantear el tema en el cuartel general de Franco. -De ningún modo, me contestó. En estos momentos no se piensa allí más que en ganar la guerra. Hasta que no se acabe no puede plantearse ningún problema político, y menos de ese alcance. Años después lei en los archivos secretos de la Wlihemtrasse, que a la pregunta del embajador alemán Fauppel sobre la restauración de la monarquía a Franco, este le dijo que la cuestión de la monarquia no se plantería en España por muchos tiempo y que sería absolutamente prematuro preocuparse en serio de esa cuestión”.

Aplazada de formación del gobierno por el momento, unos meses después, y descartada la candidatura de Mola, al haber fallecido en accidente de aviación como hemos visto, Franco asumiría el cargo de Jefe del Gobierno en 1938, con lo que acapararía en sus manos todo el poder político y militar en España y de esta forma se convertiría en el Caudillo.

Aunque Escobar no habla del tema, sin embarga un interrogante me asalta. ¿Hubiera entrado Mola en el gobierno de Franco?

Dentro del mismo, y tras de Franco, destacaría la figura del Ministro del Interior, Jefe de la Junta política de FET y responsable de prensa y propaganda,  Ramón Serrano Suñer, quien para consolidar su poder, se rodearía de una serie de jóvenes intelectuales fuertemente fascistizados en aquellos momentos, entre los que destacaron Dionisio Ridruejo, José María Alfaro Polanco, Pedro Lain Entralgo, Antonio Tovar, Juan Antonio Maravall o Gonzalo Torrente Ballester.

Pero este poder de Serrano Suñer era mirado con recelo por muchos militares antifalangistas, como Kindelán o Varela, que consideraban a Franco como un igual,  por los carlistas y por los monárquicos alfonsinos, que al estallar la Segunda Guerra Mundial se posicionarían claramente al lado de Inglaterra, frente a la germanofilia del cuñadísimo.

La etapa seudofascistizante del régimen franquista, más coreográfica que real, terminaría con el cese de Serrano Suñer cuando ocupaba el cargo de Ministro de Asuntos Exteriores, y su sustitución por el aliadófilo Jordana, y el eclipse de sus colaboradores, tras los sucesos de Begoña de 1942, cuando en un acto carlista, unos militantes falangistas arrojaron bombas que causaron lesiones graves en algunos de los asistentes. A destacar que en el acto se encontraba el general Varela, a la sazón Ministro del Ejército, y del que ya hemos señalado su ideología tradicionalista, y que siempre creyó que el atentado iba dirigido a él.

Con la decisión salomónica de cesar a Serrano y a Varela, Franco asumió personalmente la jefatura de FET, y colocó en puestos claves del ejército a incondicionales suyos. A partir de ese momento nace lo que Amando de Miguel ha denominado franquismo sociológico o Régimen franquista, donde la figura en la sombra de Carrero Blanco jugaría un papel fundamental.

A partir de ese momento España pasaría de la no beligerancia a la neutralidad hasta el final de la Segunda Guerra mundial, jugando un papel fundamental Jordana, que encauzó positivamente las relaciones con el embajador de los Estados Unidos,  Hayes, como éste señala en su interesante libro Misión de guerra en España.

Acabada la guerra mundial el franquismo cambiaría su faceta fascistizada por lo que se denominó el nacionalcatolicismo, apoyándose en los acuerdos con el Vaticano primero y los Estados Unidos después. Y en esa labor tendría un papel fundamental el ministro de Asuntos Exteriores, de ideología demócrata-cristiana, Alberto Martín Artajo.

En cuanto a los monárquicos alfonsinos, tras el Manifiesto de Lausana de 1945 de don Juan de Borbón, tendrían una relación de amor-odio hacia Franco, aceptando, a su pesar, a don Juan Carlos como futuro rey. Su conspiración iniciada inmediatamente de proclamada la II República, alcanzaba sus objetivos, en 1969,  pero no en la persona de Don Juan, sino de su hijo.

Resumiendo, lo que se desprende del sincero, interesante, documentado  y bien escrito libro del monárquico alfonsino Escobar, es que muchos españoles se levantaron frente al gobierno del Frente Popular, pero teniendo posicionamientos distantes y distintos sobre el modelo de Estado que había de sucederle.

Dicho lo anterior, y desde mi personal punto de vista, en los primeros años del franquismo la doctrina política española se afanó en la concreción teórica del partido único español que surge del Decreto 255 de 19 abril de 1937. Fue un intento de equiparar a FET al resto de los partidos únicos totalitarios.

Reconociendo la labor  insurreccional de algunos grupos políticos contra el orden republicano, entiende que la labor propia insurreccional en España fue realizada por el ejército, por lo que su propio mando llevó a cabo la unificación de todos los grupos políticos en torno a Falange y al Requeté.

No obstante, la unificación necesitó la formación de una nueva conciencia común que suprimiese las posibles disparidades ideológicas, lo que para los ideólogos franquistas se logró al implantar los 26 puntos de la Falange como articulación del pensamiento político y moral de todos aquellos que se integraron en el partido único. La necesidad de estructurar un pensamiento único para la doctrina política franquista surge de la propia fuerza estimulante de la guerra civil como cruzada de independencia espiritual por el establecimiento del ideal católico de Estado.

En conclusión, en su primera etapa la doctrina política franquista se sitúa en una posición intermedia entre la concepción italiana de subordinación del partido al Estado y la alemana de preeminencia del partido sobre el aparato del Estado, fijando el carácter autónomo del partido único. Tendrá que reconocer su subordinación ante los propios fines e intereses del Estado, inclinándose de esta manera hacia la concepción italiana.

Iniciada la II Guerra Mundial y hasta en final de su Vida, Franco utilizaría a los distintos grupos políticos que se sublevaron: carlistas, falangistas, monárquicos o demócratas-cristianos, dependiendo de los vaivenes de la política internacional.

Por eso los politólogos no se ponen de acuerdo a la hora de definir al Régimen franquista y haya tantas interpretaciones dependiendo, muchas veces, de la ideología del especialista que aborda el tema.

 

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La gamba en fuga o viajar pule mucho

Parece un cuento infantil pero este hecho sucedió. En principio, esta es una historia real.

Erase una vez una gamba banana (atyopsis moluccensis) que era feliz en su acuario, tenía cubiertas sus necesidades y en general tenía una vida placentera ya que estaba bien alimentada y tenía posibilidad de relacionarse, explorar el entorno y en realidad no existía ninguna razón para sentir la necesidad de buscar otra alternativa.

Un día comenzó a considerar que aunque su espacio era enorme, tenía que haber algo más allá, claramente a través del cristal podía ver un mundo distinto y empezó a pensar cómo podría explorar ese otro mundo.

¿Cómo salir de su mundo? se preguntó la gamba banana y vio que el tubo del filtro ofrecía la perfecta vía de escapatoria, solamente tenía que trepar hasta el extremo superior y a partir de ahí, saltar. No era fácil pero la aventura lo merecía.

Como quiera que no tenía ni idea de qué iba a encontrar, planificó su huida, subiría por el filtro en la oscuridad, cuando los gigantes que a veces vislumbraba a través del cristal, desaparecieran. Como no tenía ni idea de qué iba a encontrar fuera de casa, decidió que haría gran acopio de agua en su caparazón antes de saltar y…. ¡viva la aventura!

Tal como lo planeó, lo hizo. En medio de la oscuridad consiguió saltar desde el filtro al abismo. El salto fue mucho más grande de lo que había calculado y realmente le dolían hasta las antenas pero había comenzado la gran aventura… el diferente entorno resultó mucho mas hostil de lo que esperaba pero, ya se sabe…. la aventura es la aventura.

En cuanto se recuperó, inició la marcha. No resulta fácil avanzar, el entorno es terriblemente duro y seco pero desde luego eso no la iba a amilanar. Ella es una gamba banana valiente y decidida.

Además de seco, el terreno carece de vegetación, de pronto encuentra unas gigantescas columnas que el gigante que provee la alimentación y el buen funcionamiento del acuario llamaría “patas de las sillas del comedor” pero que desde la perspectiva de una gamba banana, constituyen un paisaje sobrecogedor.

Pero ella quiere explorar y las incomodidades y los obstáculos no hacen que se acobarde, a pesar de estar asustada y un tanto desorientada porque no sabe ni dónde está y por supuesto, tampoco adónde va.

Su instinto hace que prosiga el camino, algo le dice que si sigue avanzando encontrará agua y después de horas y horas nota que ha alcanzado un terreno distinto, el gigante le diría que ha entrado en la cocina donde el suelo es diferente y hay posibilidades de encontrar agua.

Aquí el entorno es ligeramente más amistoso y puede reflexionar: ha visto y experimentado cosas que jamás llegó a imaginar, ha aprendido que el mundo es inmenso, siempre pensó que valdría la pena salir del acuario para saber qué había fuera pero realmente la realidad ha superado sus expectativas.

Se siente muy cansada y entonces entra en la cocina una gigante que apenas conoce, sin embargo la gigante no parece reconocerla y la cubre con un vaso, entonces es tanto el estrés que se desmaya.

Prácticamente sumida en la inconsciencia siente que su gigante amigo, ese que vela por su bienestar la recoge suavemente y la lleva de vuelta al acuario. ¿La aventura ha terminado?

Ha vuelto a su entorno y poco a poco recupera el conocimiento y entonces se dice a sí misma que ha regresado pero que es otra, conoce otras cosas y sobre todo ha aprendido como superar las adversidades y adaptarse a un entorno hostil. En el futuro esta gamba banana no será la misma.

Comienza a pensar que debe transmitir lo que ha experimentado a sus compañeras, hacer que comprendan que el mundo no empieza ni acaba en el cómodo entorno en el que viven y que a pesar del terrible agotamiento, se siente más viva que nunca.

Clara Campoamor o “La libertad se aprende ejerciéndola.”

pacpEs para mi un placer y un honor  contar de nuevo con la colaboración de  Francisco M. Rodríguez Layna quien tras algunas conversaciones compartidas sobre el significado del Día Internacional de la Mujer y la verdadera igualdad, como resultado de estas conversaciones, mi admirado Paco nos cuenta:

La lucha de la mujer española por la igualdad de derechos con los de los hombres tiene su pionera en Clara Campoamor por haber conseguido la concesión del voto a la mujer  plasmada en la Constitución de la II República de 1931 y que sería ejercido por primera vez  en las elecciones de 1933.

¿Quién fue Clara Campoamor y que papel jugó en la vida política española de los años treinta?

Hija de un contable y una modista, nació en Madrid en 1888, en el popular barrio de Maravillas, llamado hoy Malasaña. Perteneció a una familia sencilla y humilde, de pensamiento liberal, cercano al progresismo. Los recursos económicos procedían del trabajo de su padre en un periódico madrileño, y de los de su madre y abuela materna.

Por la prematura muerte de su padre se vio obligada a interrumpir sus estudios e inició su vida laboral a los trece años, ayudando a su madre como modista. Después pasa a ser dependienta de comercio hasta 1909, año en el que se presenta a unas oposiciones administrativas y obtiene una plaza en el cuerpo auxiliar de Telégrafos, uno de los pocos a los que podía aspirar por su condición de mujer. Así se convierte en funcionaria del cuerpo de Correos y Telégrafos, ejerciendo en Zaragoza y San Sebastián.

En 1914, se presenta y obtiene una plaza en unas oposiciones para profesora en las Escuelas de Adultos, pasando a ejercer en Madrid. A su trabajo como educadora añade el de secretaria del diario “La Tribuna”.

La estrechez económica que padeció en su infancia y juventud no fueron un impedimento para que en 1924, con treinta y seis años, obtuviera una licenciatura en Derecho en la Universidad de Madrid, habiendo pasado por Oviedo y Murcia.  En 1925 fue nombrada miembro del colegio de Abogados, fecha en la que inició sus actividades políticas.

Desde ese momento se manifiesta como una luchadora infatigable por la igualdad de derechos.  Tras el golpe militar de 1936, se exilió en Francia, Buenos Aires y posteriormente se radicó en Suiza, donde permaneció hasta su muerte en Laussanne en 1972, ya que el régimen franquista nunca le permitió regresar a España.

En 1923 expone sus ideas sobre el feminismo, en un ciclo organizado por la Juventud Universitaria Femenina, en la Universidad de Madrid.
En 1925 ya manifiesta en conferencias y escritos su preocupación por los derechos de la mujer.

En 1929 forma parte del Comité Organizador de la Agrupación Liberal Socialista, pasando más tarde a pertenecer al grupo político Acción Republicana, que posteriormente, se unirá al Partido Radical.

De la amplía actividad que desarrolla, destacaremos sus conferencias en la Universidad de Madrid y en la Academia de Jurisprudencia; el prólogo de Feminismo Socialista libro de la militante del PSOE, María Cambrils; la fundación de una Agrupación Liberal Socialista,; junto con otros miembros de la Escuela Nueva, trabaja en el grupo que daría origen al partido de Azaña (Acción Republicana) que abandona habiendo pertenecido a su Consejo Nacional; tras la rebelión de Jaca (en la que centenares de republicanos se encuentran encarcelados) Clara Campoamor asume la defensa de los procesados en San Sebastián; por último funda y preside la Agrupación Unión Republicana Femenina.

En 1930 un periódico le pregunta sobre sus ideas políticas y contesta:

«República, república siempre, la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos».

De su posicionamiento en la llegada de la II República tenemos este testimonio:

«Yo no advine a la República ni el 14 ni el 16 de abril. Me he formado en el clima paterno, de un hombre que batalló en las épocas difíciles de Menéndez Pallarés, Castrovido y Pi y Arsuaga. Durante la Monarquía ni tuve contactos ni acepté mercedes. Cuando en 1927 la Academia de Jurisprudencia me brindó, como a don Enrique Moret, la Gran Cruz de Alfonso XII –que varios republicanos, seguramente de los que no votaron a mi favor, lucieron y arrumbaron cuidadosos después- como corolario al premio extraordinario anual, rechacé la distinción. En la Dictadura ni acaté órdenes injustas ni acepté conexiones: cuando el dictador dio al Ateneo una Junta de real orden y en ella incluyó mi modesto nombre de ateneísta constante desde 1916, rechacé el nombramiento, con la consecuencia indirecta de tener que pedir la excedencia de mi cargo de Instrucción Pública perdiendo cien puestos en el Escalafón, que no recobré después; y cuando el Sr. Aunós, ministro de Trabajo de la Dictadura, quiso injertar en sus Comités paritarios la modernidad de savia femenina, ofreciendo a tres abogadas en Madrid, Victoria Kent, Matilde Huici y yo, tres flamantes nombramientos de asesores en otros tantos organismos, yo, con Matilde Huici, rehusé el fructífero honor, que otros sirvieron».

Junto a Margarita Nelken y Victoria Kent fueron las primeras mujeres en obtener un escaño en el primer Parlamento republicano, en el año 1931, elecciones a las que Clara Campoamor se presentó por el Partido Radical, siendo elegida diputada por Madrid.

Formó parte de la Comisión constitucional, destacando en la discusión que condujo a aprobar el artículo 36, que reconocía por vez primera el derecho de voto a las mujeres

Para defender su posición pronunció el siguiente discurso en las Cortes el 1 de octubre de 1931:

“Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos. Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. ¿Qué cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres? ¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer? Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su personalidad, afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo. No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre. Y en el Parlamento francés, en 1848, Victor Considerant se levantó para decir que una Constitución que concede el voto al mendigo, al doméstico y al analfabeto – que en España existe– no puede negárselo a la mujer. No es desde el punto de vista del principio, es desde el temor que aquí se ha expuesto, fuera del ámbito del principio –cosa dolorosa para un abogado–, como se puede venir a discutir el derecho de la mujer a que sea reconocido en la Constitución el de sufragio. Y desde el punto de vista práctico, utilitario, ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo, por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del señor Luzuriaga acerca del analfabetismo en España. Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta el año 1910, nada más, porque las estadísticas van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues dice que, tomando los números globales en el ciclo de 1860 a 1910, se observa que mientras el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir, ha aumentado en 73.082, el de la mujer analfabeta ha disminuido en 48.098; y refiriéndose a la proporcionalidad del analfabetismo en la población global, la disminución en los varones es sólo de 12,7 por cien, en tanto que en las hembras es del 20,2 por cien. Esto quiere decir simplemente que la disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. Eso en 1910. Y desde 1910 ha seguido la curva ascendente, y la mujer, hoy día, es menos analfabeta que el varón. No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la mujer la entrada en la obtención de este derecho. Otra cosa, además, al varón que ha de votar. No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la mujer. A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros. Desconocer esto es negar la realidad evidente. Negadlo si queréis; sois libres de ello, pero sólo en virtud de un derecho que habéis (perdonadme la palabra, que digo sólo por su claridad y no con espíritu agresivo) detentado, porque os disteis a vosotros mismos las leyes; pero no porque tengáis un derecho natural para poner al margen a la mujer. Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros; a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la revolución francesa, será indiscutiblemente una nueva fuerza que se incorpora al derecho y no hay sino que empujarla a que siga su camino. No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias. Salváis a la República, ayudáis a la República atrayéndoos y sumándoos esa fuerza que espera ansiosa el momento de su redención. Cada uno habla en virtud de una experiencia y yo os hablo en nombre de la mía propia. Yo soy diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino por cariño, y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia femenina muy superior a la masculina, y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que ponen en sus ideales. La mujer española espera hoy de la República la redención suya y la redención del hijo. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar; que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven; que ha sido simpatía y apoyo para los hombres que estaban en las cárceles; que ha sufrido en muchos casos como vosotros mismos, y que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt de que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella. Señores diputados, he pronunciado mis últimas palabras en este debate. Perdonadme si os molesté, considero que es mi convicción la que habla; que ante un ideal lo defendería hasta la muerte; que pondría, como dije ayer, la cabeza y el corazón en el platillo de la balanza, de igual modo Breno colocó su espada, para que se inclinara en favor del voto de la mujer, y que además sigo pensando, y no por vanidad, sino por íntima convicción, que nadie como yo sirve en estos momentos a la República española”.

El 1º de octubre se llega a un momento crucial: la radical-socialista Victoria Kent pide el voto negativo argumentando que el voto femenino debía aplazarse, que no era el momento de otorgarle el voto a la mujer española ·”porque si todas las mujeres fueran obreras, universitarias y estuvieran liberadas en su conciencia, ella se levantaría contra toda la cámara a pedir el voto femenino”

Le replica la Campoamor.

“Señorita Kent, comprendo la tortura de su espíritu al haber visto hoy el trance de negar el derecho a voto de la mujer. ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y universitarias no se está alabando su capacidad? ¿Se va a ignorar las que no pertenecen a una clase o a la otra? ¿No sufren estas y las otras las consecuencias de la legislación? Por qué el hombre al advenimiento de la República tiene que tener sus derechos y ha de ponerse un lazareto a la de las mujeres”.

Finalmente, por 161 votos contra 121 la mujer adquiere el derecho al voto. El socialista Prieto abandona la Cámara afirmando que «era una puñalada trapera para la República». La gran mayoría del Partido Radical, el partido de Clara, vota contra el sufragio femenino.

También Margarita Nelken, socialista y posteriormente comunista, y que tan lamentable papel jugara, pistolón en el cintura, durante la Guerra Civil, se manifestará contraria al voto de la mujer. Por lo que me parece una falta de respeto que tanto Pedro Sánchez como Irene Montero, para apuntarse un tanto, y falsificando la historia, la sitúen en el mismo plano que Clara Campoamor.

El 15 de octubre Campoamor se pronunciará a favor del derecho al divorcio, contra la opinión de Ossorio y Gallardo. El 1º de diciembre, aprovechando la circunstancia de que las derechas –apoyo fundamental del sufragio femenino– han abandonado la Cámara, se presenta una enmienda para que la mujer sólo pueda votar en las elecciones municipales. La enmienda se rechaza por muy escaso margen: 131 votos en contra y 127 a favor. Es la victoria de Clara Campoamor, la victoria, también, de medio país, de todas las mujeres españolas. De su actividad parlamentaria, reseñemos también que un año más tarde se pronunció a favor de la supresión del delito de adulterio.

Tras el éxito conseguido, Campoamor escribiría:

“Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de la mujer que no puede traicionar a su sexo… defendí esos derechos contra la oposición de los partidos republicanos, más numerosos del Parlamento, contra mis afines… triunfó la concesión del voto femenino por los votos del Partido Socialista (con destacadas deserciones) y otros pequeños grupos republicanos; catalanes, galleguistas, progresistas y Al Servicio de la República (de Ortega y Gasset) y en las primeras votaciones por las derechas, aunque en la última y definitiva votación, por la retirada de la derecha, sin sus votos. Finada la controversia parlamentaria con el reconocimiento total del derecho femenino, he sentido penosamente en torno mío palpitar el rencor… decían que el coto femenino había herido mortalmente a la República, que la mujer, entregada al confesionario, votará a favor de las derechas jesuíticas y monárquicas… en los pasillos del Parlamento, en sus escaños, en las reuniones del partido, en sus asambleas, en la calle, en público y en privado, a cada momento y en un tono de agresiva virulencia, los hombres y hasta mujeres consideraban obligado marcar su disconformidad; mi nefanda culpabilidad; por fatiga moral a reducir mi presencia en el Parlamento”

En 1935, se separa del Partido Radical, quejándose del descuido y la falta de apoyo que desde su partido se presta a los temas de la mujer.
En esa época, es nombrada Presidenta de la Organización Pro-Infancia Obrera, para atender a las niñas y los niños asturianos.  Al no encontrar ningún grupo político que apoye abiertamente los derechos de la mujer, pretende, sin éxito, organizar un partido político independiente y se le niega la entrada en el Partido de Izquierda Republicana. Considerada una de las “madres” del feminismo español, defendió la igualdad de los derechos de la mujer, además del sufragio femenino y también promovió la primera ley del divorcio.

De ideología liberal estará en contra tanto del fascismo como del comunismo y al inicio de la guerra civil estaría radicalmente en contra de que se hubiesen dado armas al pueblo por considerar que se acababa con ello con el espíritu la República nacida en 1931.

Contraria a la violencia que se ejercía en Madrid  por parte de milicianos de la FAI-CNT y también del PSOE y del PCE, contra ciudadanos sospechosos de simpatizar con los nacionales, abandonaría España, como lo hicieran Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Chaves Nogales, Juan Ramón Jiménez o Manuel de Falla, entre otros.

Y para defender su posicionamiento escribiría  La revolución española vista por una republicana, obra intencionadamente silenciada por los historiadores situados en lo “correctamente político”.

 «El bando vencedor verá nacer luchas internas entre los partidos tan contradictorios, pretendiendo cada uno de ellos cosechar solo para sí los frutos de la victoria».

Con esta frase, nuestra protagonista deja ya bien claro que el conflicto civil no fue un mero choque de rojos contra azules sino que son muchos los matices que entraron en juego y, por lo tanto, deja entrever que el debate actual de buenos y malos no sólo es erróneo, sino anodino e injusto con muchos de los protagonistas del Madrid revolucionario.

Cabe decir que Clara Campoamor se opuso por completo a los golpistas, manteniéndose fiel a la República. Sin embargo, con el estallido de la guerra, el Estado de derecho había sido quebrado y sus normas no sólo perdieron valor en el bando rebelde, sino también en el contrario. Puede parecernos obvio que en un estado de excepción como era este, cada gobierno tome medidas extraordinarias y asuma que las normas democráticas carecerían de sentido alguno, al menos hasta que el enemigo fuese derrotado.

El problema, y tema central por lo que Clara Campoamor comienza a escribir este diario, es que el gobierno de Madrid se había alejado por completo de los ideales de la República y comenzó a ser regido por unos líderes más preocupados en la revolución proletaria que en el bienestar del sistema y de los españoles. Cuando la ley pierde su poder y el apoyo de las instituciones, son los radicales los que ganan importancia en la sociedad.

En el bando nacional Falange Española se constituyó como el partido abanderado por la enorme avalancha de afiliados que se produjo. Mientras que en el republicano, con el apoyo político y financiero de Moscú, fueron los comunistas los que comenzaron a tomar la sartén por el mango.

Y contraria a la ideología totalitaria de ambos grupos, Clara Campoamor defendía una República liberal y parlamentaria.

Con los revolucionarios milicianos dominando Madrid, Clara Campoamor se fue dando cuenta cómo el término “fascista” se comenzó a usar de manera beligerante. Pero dejemos hablar a nuestra protagonista:

«Al principio se persiguió a los elementos fascistas. Luego la distinción se hizo borrosa. Se detenía y se fusilaba a personas pertenecientes a la derecha, luego a simpatizantes, más tarde a los miembros del partido radical de Lerroux, y luego –error trágico o venganza de clase- se incluyó a personas de izquierda republicana como el infeliz director de un colegio para muchachos, el Sr. Susaeta, hijo de un ex-diputado  radical socialista… Cuando se comprobaron aquellos errores, se echaba la culpa de los asesinatos a los fascistas y se continuaba.»

Stalin, como bien le enseñó Lenin, reconocía que los enemigos no sólo estaban más allá de las fronteras sino que cualquier persona cercana podía estar sirviendo secretamente al enemigo. Tildarlos genéricamente de fascistas no era más que una manera de purgar a aquellos contrarios que, aun siendo fieles a la República, podían poner en peligro su mando de poder.

Así Madrid fue convertida realmente en un soviet. Las milicias comunistas fueron armadas por el gobierno para que actuaran contra aquellos que cuestionaran el nuevo poder constituido, sea o no republicano. Las denuncias y acusaciones entre ciudadanos anónimos estuvieron a la orden del día; las detenciones con nocturnidad se daban a diario; cientos de mujeres inocentes fueron violadas y maltratadas por su condición ideológica o por la de su marido; miles de negocios fueron saqueados e incendiados por las autoridades revolucionarias. Mientras los rebeldes avanzaban sin pudor a sangre y fuego hacia la capital, en Madrid la revolución estaba acabando con cualquier vestigio de los principios de la democracia republicana.

Ante todo esto, Clara Campoamor perdió toda esperanza por volver a la situación anterior. La violencia con la que se desarrollaba la guerra en retaguardia había destrozado el ímpetu con el que la madrileña había luchado por una República al servicio de todos los españoles, una que convenciera y acogiera desde el más comprometido al mayor agnóstico del proyecto de 1931.

Las propias presiones que recibió desde la izquierda radical, donde Margarita Nelken jugaba un papel fundamental como ideóloga,  hicieron que Clara tuviera que exiliarse a París. Desconsolada, dolida y despreciada comenzó a escribir en 1937 el diario que aquí presentamos y profundamente recomendamos. De nuevo mostramos nuestro asombro, y en parte indignación, por cómo las vivencias de esta ilustre republicana han sido ignoradas por los propios españoles, republicanos o no. Unas palabras cargadas de polémica por nuestra constante vagueza intelectual respecto a esta época, sin embargo, la razón principal por la que aconsejamos esta lectura es porque Clara Campoamor sabe darle relieve a los matices con la intención de que los lectores recuperen su ilusión perdida por una República de todos, algo excepcional en aquellos bélicos meses.

Sobre el libro Andrés Trapiello en  Las armas y las letras, escribe:

«Clara Campoamor era, y lo fue durante todos los años del exilio y hasta fecha muy reciente, en que se la ha reivindicado un poco a hurto por su labor parlamentaria, una de esas personas que lo perdieron todo en la guerra, hasta el prestigio de los perdedores, sólo porque era una política liberal y porque su visión de las cosas no se avino a las versiones oficiales de unos y otros. El libro del que nos ocupamos no es […] un libro estrictamente literario, pero no por ello es menos sorprendente y valioso. Al contrario, la inteligencia de su autora y su escritura, sencilla e implacable, lo hace mucho más valioso que la mayoría de los que se publicaron entonces, ¡y después!, quizá porque abandonando la retórica dejaba de ser propagandístico. Se leerá, sin la menor duda, como un vertiginoso episodio nacional. […] Las ideas de Campoamor fueron netas, ponderadas y, acaso lo más prodigioso, con una meridiana lucidez, ya que las exponía en el mismo 1936. Lo que otros empezaron a admitir tantos años después, ella lo vio claro cuando solo habían transcurrido unas pocas semanas de lucha.»

Murió en 1972 en Lausana, a los 84 años. No había podido regresar a España, pero nos legó uno de los mayores avances en materia de derechos sociales, como es la igualdad entre sexos.

También nos ha legado las siguientes reflexiones:

 “La división tan sencilla como falaz hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas, para estimular al pueblo, no se corresponde con la verdad. La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada uno de los bandos (…) demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como anti demócratas en el bando gubernamental”.

«Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer que no puede traicionar a su sexo, si, como yo, se juzga capaz de actuación, a virtud de un sentimiento sencillo y de una idea clara que rechazan por igual: la hipótesis de constituir un ente excepcional, fenomenal; merecedor, por excepción entre las otras, de inmiscuirse en funciones privativas del varón, y el salvoconducto de la hetaira griega, a quien se perdonara cultura e intervención a cambio de mezclar el comercio del sexo con el espíritu».

«Los pueblos, como los individuos, debido a las prohibiciones de la naturaleza acaban a veces, a través de crisis crueles, creando sus propios organismos de defensa contra los elementos convertidos en dañinos».

Sirvan de lección para todos aquellos que nos dan continuamente lecciones de democracia y que pretenden cosificarnos.

 

 

Día Internacional de la Mujer

Las mujeres queremos belleza en nuestra vida y en el mundo

Isabel Allende

Ante este Día Internacional de la mujer que en mi opinión todos  y todas (como dirían los cursis) debemos conmemorar que no celebrar porque aún nos queda un largo camino por recorrer hacia la plena  igualdad, propongo algunas cuestiones para la reflexión.

En primer lugar, creo que debemos de repasar un poco la historia de esta efeméride, en 1975, la asamblea general de la ONU declaró oficialmente el 8 de marzo Día Internacional de la Mujer. ¿Por qué ese día? El origen no está muy claro y existen varias versiones. La más verosímil es que fue un 8 de marzo del año 1857 cuando un grupo de trabajadoras textiles decidió salir a las calles de Nueva York para protestar por las míseras condiciones en las que trabajaban. Sería una de las primeras manifestaciones para luchar por sus derechos laborales. Distintos movimientos y sucesos se sucedieron a partir de esa fecha.  Sería una de las primeras manifestaciones para luchar por los derechos de la mujer, aunque no el único.

El episodio más dramático se produjo, sin embargo, el 25 de marzo de 1911, cuando se incendió la fábrica de camisas Shirtwaist de Nueva York. Un total de 123 mujeres y 23 hombres murieron. La mayoría eran jóvenes inmigrantes que tenían entre 14 y 23 años. Los trabajadores no pudieron escapar porque los responsables de la fábrica habían cerrado todas las puertas de escaleras y de las salidas, una práctica habitual entonces para evitar robos. 

Fue el desastre industrial más terrible de la historia de la ciudad y supuso la introducción de nuevas normas de seguridad y salud laboral en EEUU.

En España la lucha por la igualdad se ha producido con mayor o menor éxito a lo largo de los años y, a día de hoy, todavía existen muchas asignaturas pendientes. Aunque la sociedad, de forma mayoritaria, ha tomado por fin conciencia de la desigualdad entre sexos y de la necesidad de erradicar cualquier tipo de discriminación o violencia sobre la mujer.

A pesar de que la sociedad está plenamente concienciada, a continuación se muestran algunas cifras que dan que pensar (*):

  • Durante 2018 el paro entre los hombres se redujo un 7,80% mientras que para las mujeres fue solo de un 3,78%.
  • En enero de 2019 el 72% de los nuevos desempleados fueron mujeres.
  • La diferencia salarial entre hombres y mujeres es del 14%.
  • El 59% de quienes se hacen cargo de los cuidados de mayores y enfermos crónicos de forma no profesional son mujeres.
  • El 92% de las excedencias por cuidado de menores o familiares son mujeres.

Por no hablar de otras cuestiones que reflejan que sigue existiendo un techo de cristal para las profesionales, una importante brecha salarial y que el cuidado de los niños, mayores y enfermos recae mayoritariamente en la mujer.

A lo mejor, muchas de las lectoras no se identifican con esta situación, indudablemente muchas somos afortunadas  y no sufrimos ninguna discriminación salarial o laboral y en nuestra vida personal ni nos planteamos la existencia de desigualdad porque realmente no la percibimos. Debemos de sentirnos orgullosas porque “yo lo valgo”

Sin embargo, no se puede bajar la guardia para no perder lo que se ha logrado, tampoco podemos olvidar que hay mujeres menos afortunadas y por las que tenemos que seguir buscando la igualdad en todos los aspectos de la vida.

(*) Fuente:Revista Yo Dona

Edgar Neville

Es para mi un placer y un honor  contar de nuevo con la colaboración de  Francisco M. Rodríguez Layna que nos ilustra, en esta ocasión, sobre otro de esos libros que de alguna manera podríamos considerar como “maldito”.

pacpPero, ¿por qué considera el profesor Rodríguez Layna que son libros “malditos”?  Puede que en esta época en la que estamos sometidos a la tiranía de la  corrección política, determinadas novelas sobre la  Guerra Civil española o posteriores a ésta, puede que no se ajusten a las corrientes ideológicas mayoritariamente aceptadas o bien porque la trayectoria de autor no se corresponda con el  prototipo de intelectual aceptado por lo  políticamente correcto.

Edgar Neville no fue incluido por lo general entre la nómina de intelectuales de la Generación del 27, como les ocurriría también a sus amigos escritores nacionales, como Miguel MihuraTonoEnrique Jardiel PoncelaÁlvaro de Laiglesia… en realidad perteneció a la generación del 36 pero sin mas preámbulos veamos que nos dice el profesor Rodríguez Layna sobre Neville.

Edgar Neville se consideraba discípulo del más mundano José Ortega y Gasset, seguidor de un Ramón Gómez de la Serna que le enseñó los caminos del humor y emocionado lector de la poesía de Antonio Machado y Rafael Alberti, que recomendaba a jóvenes como un  Agustín de Foxá y no dudaba a la hora de compartir la amistad de Manuel Altolaguirre y se sentía amigo, admirador y hasta protector de Federico García Lorca.[1]

En su novela Frente de Madrid, nos narra las historias de Javier Navarro  un joven que como muchos otros había soñado con la llegada de la República; pero «vino la República, con nubes de otro contorno y color. aún más irrespirables que las de antes, porque había destruido todo lo que tenía de grato el vivir antiguo».

Fue entonces cuando se oyeron gritos jóvenes que proclamaban la revolución al grito de “¡Arriba España!”

A partir de ese instante compartía su amor a Carmen con la militancia activa. Iniciada la guerra se marchó al frente. Desde allí un día el capitán le encomienda una misión: tiene que pasar a Madrid durante unas horas y entregar una carta.  Javier, con la esperanza de ver a Carmen, que se había quedado en Madrid, acepta.

Aquella noche emprendió la marcha a través de un túnel y llegó hasta una chabola en la que pasó la noche en Madrid y se dirigió a casa de Carmen.

Ésta le explicó a Javier la situación en Madrid. Ambos creen que la Falange es la solución para todos. Llegan a la dirección que indica la carta: el Comisariado político del Ejército y allí pregunta por Amalio Rodríguez. Se cita con éste para las cuatro de la tarde.

A esa hora acuden ambos a un piso de Rosales; desde allí se enviarían mensajes con cristales y reflejos del sol.  Javier tiene que regresar pero el conducto ha quedado bloqueado. Ante esto, acude a ver al Comisario. Se van a la zona lindante con Carabanchel. Allí los cuatro guardias con fusil son cuatro frailes. Invitan a Javier a que hable por el altavoz; de ese modo, Javier envía un mensaje en clave con una cita de Shakespeare: «procura que no me tiren; me paso esta noche» y que traduce como «el poder emana del pueblo porque el pueblo crea el poder».

Así salta el parapeto y llega a la otra zona. Durante los días siguientes no vio a Carmen asomarse al balcón y esto lo inquietó; además se supo que una organización de espionaje había sido descubierta; todos estos acontecimientos lo impulsaron a pasar de nuevo a Madrid.

Fue de nuevo hasta el pasadizo, pretendió dar el salto al parapeto enemigo pero no pudo. Lo han herido en el pecho y en una pierna. Junto a él llega, renqueando, un soldado de la otra zona. Está muy grave.  Javier le cuenta que él es de la calle Trujillos, dice que es estudiante; el otro, el soldado rojo, es encuadernador de oficio. Javier le pregunta si es socialista o comunista. El otro dice que ahora ya no son nada de eso; pero afirma que él no cree en la Falange, no quiere que Javier le haga propaganda de la Falange.

Y Javier insiste en el Madrid futuro:

«Un día Madrid se cubrirá de banderas. Y desfilarán por las calles legiones de hombres jóvenes con la camisa azul; llevarán el mismo paso, la misma dirección y el mismo interés, y no se sabrá a qué clase pertenecen ni de qué lado estuvieron en esta guerra. Madrid se llenará de alegría de su felicidad de siempre».

Y el soldado le suplica que le siga hablando de Madrid y Javier así lo hace hasta que muere en sus brazos. Poco a poco Javier también se va quedando sin fuerzas.

«En aquel último trance comprendió que lo más dulce que se llevaba de esta vida, lo único que justificaba su existencia había sido el amor». Y entonces pensó que «todo quedaba en orden tras de sí; su corazón y su patria. La guerra había salvado a España, uniendo a sus hijos para siempre»  «Le complacía morirse con su carne joven y sana, sin saberla emponzoñada y cubierta de larvas como los que se mueren enfermos en la cama. Se moría porque le faltaba la sangre y nada más».

Y recordó a Carmen y «le entró mucha prisa de morirse. El recuerdo de su belleza le trajo una sonrisa que se le quedó ya fija. Era de día, y las nubes pasaban sobre sus ojos inmóviles. El reloj del otro seguía en su ajetreado caminar».

A continuación nos fijamos en los personajes principales. Javier aparece como un joven, deseoso de reparar un error pasado: el haber creído en la República.  Ahora está ya muy próximo al ideario falangista. Posee un concepto purificador de la guerra lo que no le impide pasar miedo en más de una ocasión. Enamorado profundamente de Carmen, la cual es el motivo de su acción en el relato, cree en la reconciliación a pesar de la dureza de la posguerra. Es un hombre culto, con sentido del humor.

Ama a su tierra y es osado por su amor y por su patria. Cree que el amor ha sido el motivo de su vida. Manifiesta claramente sus deseos de reconciliación entre las dos Españas, pero para él la guerra es la salvación reconciliadora.

Al final desea la muerte con el fin de unirse con Carmen. Cuando Javier conoció a Carmen ella tenía 18 años. Ella fue quien le dijo a Javier que se hiciera de Falange, y ese mismo día estalló la guerra. Javier encuentra en casa de Carmen el hogar, la atmósfera en la que ya no es posible vivir. Así pues Carmen es una falangista valerosa, una activista comprometida con un ideal y no solo la novia del soldado; además es el móvil de la acción.

En cuanto a los militares aparecen dos, por un lado, los oficiales, cultos, con afición por la música (Mozart) y por la literatura (García Lorca). Por otro, los soldados de tropa, que viven igualmente en pésimas condiciones pero con ciertas concesiones a la diversión: el flamenco o las bromas. Existe en ambos bandos, un deseo, a veces tácito, de reconciliación.

La acción narrativa se desarrolla en un clima de compañerismo y amistad de manera que da la impresión al lector de que cada personaje actúa coherentemente, ocupando el lugar oportuno y con respeto a los valores en los que se cree y por los que lucha.

Del libro se hizo una película  con el mismo título que dirigió el propio Neville. El estreno tuvo lugar en Madrid el 23 de marzo de 1940, no sin sufrir diversos cortes de censura que sorprendieron a Neville. [2]

Autor y obra

María Luisa Burguera Nadal, especialista en la obra literaria de Edgar Neville traza esta breve biografía:

“Edgar Neville tuvo tiempo en la vida de ejercer la carrera de diplomático, disfrutar de los felices años, dedicarse al cine y escribir novela, teatro, cine, poesía yneville artículos de periódico. Nació en Madrid, el 28 de diciembre de 1899, hijo de la condesa de Berlanga del Duero y de un ingeniero inglés que había venido a Madrid para trabajar en la empresa Crosley. Su infancia transcurre entre La Granja, San Sebastián y Alfafar, pueblo cercano a Valencia donde su abuelo, el conde de Romrée poseía un magnífico palacete. Neville acudía al Colegio del Pilar. Eran los felices años y la suya fue una infancia feliz. Cuando se convierte en un adolescente, Madrid era una gran ciudad en la que competían las estrellas de variedades. Y lógicamente se sintió atraído por ese mundo; así su primera obra La Vía úictea fue un vodevil en medio acto estrenado en 1917 por la Chelito en el teatro Chantecler. En 1921 se alista en el Regimiento de Húsares y se marcha a Marruecos. A su regreso es presentado en el café de Pombo a Ramón Gómez de la Serna, el maestro indiscutible de toda una generación de inquietos adolescentes. Comienza aquí la primera etapa del autor en la que se vincula a los movimientos vanguardistas de la época; sus colaboraciones en revistas y periódicos son frecuentes y junto con López Rubio da sus primeros pasos serios en la escena teatral. En 1925 se casa con una joven de la buena sociedad malagueña, Angeles Rubio Arguelles y Alessandri. En aquellos años la vida de Neville transcurría de tertulia y su amistad con Ortega era ya conocida. Al poco tiempo, en 1928, es destinado como agregado diplomático a la embajada de Washington y en sus primeras vacaciones, atraído por el mundo del cine, chaplinmarcha a Hollywood. Allí comienza una de las etapas más divertidas y sugestivas de la vida del autor. Se suceden los viajes a España y los éxitos en el cine, pero pronto regresa a España y es enviado, en misión diplomática, a Uxda, en el Marruecos francés. Antes del 36 viaja a Hollywood y encuentra a la mujer que influirá de manera decisiva en su vida y en su obra: Conchita Montes. Sigue publicando por entonces colecciones de relatos cortos y haciendo películas. El 13 de julio de 1936 llega a Madrid. Al estallar la guerra presta servicios en la sección de Cifra del Ministerio. Logra marchar a la Embajada española en Londres; de allí a Bélgica y a San Juan de Luz. Cuando pudo regresar se va al frente de Madrid. Es entonces cuando comienza la segunda etapa del autor. En los años de posguerra se dedica casi exclusivamente al cine; sigue manteniendo un espléndido nivel de vida y es un asiduo asistente a la tertulia del Lyon d’Or.  El éxito le llegó en 1952 con El baile, una obra en la que el triunfo de la elegancia, la fantasía, la fina sensibilidad y el humor se hace evidente. Aquí comienza su etapa como autor de teatro. El autor concibe una estética teatral procedente tanto del pensamiento orteguiano y como de la tradición. Llega a la concepción de una pieza dramática en la que la aparece una visión desmitificadora, irónica, pero también elegante y humanizadora de la vida. El éxito de crítica y de público fue indiscutible y la Real Academia le concedió el Premio Fastenrath. A partir de 1964 Neville se dedica a la poesía y a la pintura. Su poesía cálida, intimista, nostálgica, andalucista, apenas si tiene repercusión. Comienza el olvido del autor, de un escritor impenitente que había odiado por encima de todo el tópico y el lugar común y que se había servido de un sentido del humor y de un ingenio poco frecuentes. Un día de primavera, el 23 de abril de 1967, murió Edgar Neville a consecuencia de un paro cardíaco” [3]

Carratalá, otro especialista en Neville, señala que era muy buen  relaciones públicas,  por su simpatía y ocurrencias, lo que le hacía ser el centro de las tertulias en que participaba.

“Daba la impresión de que había estado en los más variados lugares, con los más singulares personajes y en las más insospechadas facetas. Y era verdad, al menos en la medida necesaria para un sujeto poco riguroso a la hora de recordar Y entre risas, anécdotas y miradas, era capaz de coger una guitarra, recordar sus andanzas en compañía de Charles Chaplin o narrar algunas de sus aventuras

 “Vivió en un Madrid literario en plena ebullición, por cuyas calles y tertulias andaba con el último traje comprado en Londres y siempre con un artículo en el bolsillo, sin saber si lo entregaría en la redacción de la orteguiana Revista de Occidente o en la de Buen Humor. No era una cuestión de dudas, sino de amplitud de miras de quien supo granjearse amistades y simpatías en distintos círculos intelectuales y creativos”[4]

Frente de Madrid  incluye también los relatos La Calle MayorF.A.I., Las muchachas de Brunete y Don Pedro hambre.

En La calle mayor se nos relatan las vidas de unos personajes que habitan en un tranquilo pueblo,  Mudela del Río y lo que sucedió el 18 de julio de 1936. El hilo conductor del relato será la visita del cartero por las casas del pueblo para repartir la correspondencia. Ello da pie al retroceso en el tiempo y al relato de las vidas pasadas que se verán truncadas dramáticamente en el presente doloroso.

Las visitas del cartero son a tres hermanas llamadas Mercedes, Manuela y Fernandita, que han regresado al pueblo para pasar su vejez,  «Mal Bicho», que es un comunista que ha sido liberado de la cárcel por el Frente Popular y que al final del relato aparece entre los que van en los camiones aclamando a Rusia y al soviet,  al médico don José,  al Conde de Mudela  y finalmente a María Gaseó, una recién casada con un labrador que vive felizmente en el pueblo. María muere a causa de un disparo que se produce en el bullicio que se organiza cuando entran muchos camiones y gentes dando vivas a Rusia y al soviet.

La nostalgia y el deseo de recuperar un mundo ya perdido será el núcleo temático de este relato de tiempo detenido y finalmente precipitado hacia la muerte.

En el relato «F.A.l.» estamos en 1936, en Madrid. Es la historia de Antonio, un joven estudiante, que va en busca de un amigo; pero aquel día no encuentra a nadie en casa; la portera le dice que se los han llevado milicianos de la F.A.I. Luego, llama por teléfono a otra casa pero no localiza a los dueños; una criada le informa que los de la F.A.I están dentro. Se siente perseguido y se dirige al piso de una antigua niñera suya que lo esconde. Antes de dormir Antonio recordará muchas cosas:

 «La sola voz de Carmen le traía el recuerdo de su madre, pero no como era en la actualidad sino como en aquella época cuando venía a su cama a darle un beso, antes de salir para el Real, envuelta en tules y cintas y con una larga cola cuajada de reflejos»

Antonio aparece como un muchacho con una tremenda nostalgia por la niñez, por el paraíso perdido que es para él la infancia, el hogar, el barrio en el que vivía, la madre. Siente miedo, presiente la muerte, está solo. Adopta decisiones heroicas y rápidas y posee conciencia del sacrificio por la idea de la patria lo que no le impide actuar rápidamente para salvar la vida; pero no lo consigue y las predicciones se cumplen: la F.A.I. es la dueña de su destino.

El relato de «Las muchachas de Brunete» comienza en Brunete en un hospital militar donde una enfermera asiste a un soldado herido, mientras afuera se oye el fragor de las ametralladoras.

Dan la orden de evacuar al hospital pero las dos hermanas enfermeras se niegan a marchar y cuando llegan los soldados republicanos son  llevadas a Madrid. Después de diversas peripecias pasarán a la zona nacional. Es la conocida peripecia de las hermanas Larios.

Don Pedro hambre, es un relato sobre el tema del exiliado que desea regresar a España. Don Pedro malvive en París y frecuenta el café de la Regence  donde estaba su tertulia, donde el tema central  era el salvoconducto: el que lo poseía prometía, al llegar a Burgos, hacer todo lo posible por sus amistades. Pasaron los días y por fin llegó el salvoconducto  para Don Pedro.

Como señala Maria Luisa Burguera Nadal:

“Ante estos relatos de guerra de Edgar Neville no podemos olvidar que, en aquella búsqueda del nuevo amanecer de España, aquellos personajes nevillescos desvelaban una verdad literaria: impulsados por su amor a España y en la conquista de su propia libertad encontraron en muchas ocasiones en la muerte el sentido de su existencia. La mirada hacia Neville, como la mirada de todo creador, será siempre un encuentro con una época pasada con sus contradicciones y ambigüedades, con sus esperanzas y sus desesperanzas; hoy nos queda su creación artística, sus imágenes, sus palabras, su obra que ha permanecido y permanecerá en nuestra memoria”.

Para suerte de sus lectores, en el año 2017 se rescató una obra menor suya, pero no exenta de cierta ternura y que se lee con agrado. Se trata de “La familia Mínguez”  relato que apareció en “La Codorniz” a partir del 27 de julio de 1941 y como libro se publicó en 1946.

La obra, que podemos incluir dentro del género costumbrista, lleva un breve  prólogo, del doctor Gregorio. Marañón en el que reivindica la necesidad de la alegría y de la generosidad para que podamos convivir  y valora la historia de la familia Mínguez como “un tratado de antropología hispánica”.

Neville retrata a la burguesía de la época “con sabia tibia y sin árnica” en cada uno de los capítulos, donde los personajes son una familia de clase media de los años cuarenta: el padre, don Eusebio Mínguez, probo oficinista, la madre  con ínfulas de grandeza doña Encarnación Rivas de Mínguez y el niño Luisito, el único espíritu libre, un poco rebelde y espejo fiel de otros muchos niños de ese periodo.

A través de sus páginas, de  fácil lectura, se recrea el juego de “el rayo”, expresiones de entonces como “vaya litri”, prendas como los tirantes o “el hombrecillo de lana” que usaban los caballeros o el veraneo en los balneario, que describe así:

¡Ay, los balnearios son muy aburridos! La mañana se la pasa una llamando a la criada del piso y la tarde, se divide en dos: la primera parte, antes que pase la vaca, y la segunda parte, después que ha pasado la vaca”.

[1] Andrés Trapiello en su libro ya mencionado de Las armas y las letras, menciona que en 1967, Neville envió a un periodista de ABC unas páginas sobre la muerte de Lorca, con motivo del suplemento que este diario iba a publicar sobre el escritor. Ese texto había permanecido inédito. En esa carta, titulada Otra vez Lorca, Neville daba a entender que los detalles del asesinato de Lorca eran conocidos por mucha gente, aunque “no es el momento oportuno de lanzarlos al vuelo. Todos saben o creen saber quién denunció el refugio en que se hallaba, todos sabían que R.A. –en alusión a Ruiz Alonso, padre de Emma Penella– mandaba el pelotón que lo prendió, el nombre del chófer que lo condujo hasta el lugar de la ejecución, quién pudo salvarlo y no quiso, quién recogió su cartera y su reloj y dio aire legal al crimen, su nombre y sus señas”, decía Neville. Neville afirma también que García Lorca no murió de una “descarga” sino de “un tiro de pistola en la nuca“. Para Neville, el asesinato de Lorca “fue un hecho aislado en aquella isla que fue Granada los primeros meses de guerra”. También señala que cuando Franco formó su primer gobierno ordenó una investigación sobre el caso, cuyo expediente o fue destruido o estará en algún cajón olvidado. La carta termina así: ”Por el mismo amor a la justicia que nos mueve a averiguar los detalles del hecho, queremos librar de una culpabilidad a quien no tuvo arte ni parte en aquella salvajada, y no dejar resquicio para que repitan aquello de “los españoles lo mataron”… No, no es cierto, unos cuantos miserables cuyo nivel intelectual era lo bastante elevado para saber el valor de su presa y su total inocencia e inocuidad política, se dieron el gusto de atravesar con un plomo aquella cabeza llena de ideas, de belleza y de bondad. Edgar Neville”. A día de hoy siguen sin encontrarse sus restosSobran las palabras.

[2]El argumento de Frente de Madrid responde a lo escrito en el relato original de Edgar Neville. El protagonista es  el joven falangista, combatiente en la Ciudad Universitaria al que se le encomienda adentrarse en la capital, a través de una alcantarilla, para entregar un mensaje a sus camaradas quintacolumnistas. En el Madrid republicano reencuentra a su novia, interpretada por una Conchita Montes que debutaba en el cine. Cumple su misión y, al regresar a su unidad, observa que la alcantarilla ha sido obstruida por una mina. Tras muchas vicisitudes, se refugia malherido en una hondonada cerca del Parque del Oeste, en la que encuentra a un miliciano agonizante. Transcurren horas de angustiosa e inútil espera intentando auxiliarse mutuamente. Al final, ambos mueren abrazados en aquella simbólica tierra de nadie. Juan Antonio Ríos Carratalá, en un artículo titulado,  Edgar Neville: biografía de un «Bon vivant», escribe: “El rodaje de Frente de Madrid (1939) tuvo lugar en un ambiente de entusiasmo propio de quienes se sentían vencedores. La película estaba basada en una novela de Edgar Neville que había sido traducida al italiano y, como en otras obras del mismo período, mezclaba la inevitable carga propagandística con elementos autobiográficos, siempre hábilmente manejados a la búsqueda de un lugar legítimo entre los vencedores. También terminaba con un abrazo simbólico entre un falangista y un miliciano condenados a morir en tierra de nadie. Algunos lo consideran propio de un espíritu de reconciliación. El deseo del espectador o el lector alumbra interpretaciones con una base equívoca. Edgar Neville, en la línea de Dionisio Ridruejo y unos pocos más, pensaba por entonces que el nuevo régimen podía integrar a una parte de los vencedores, a aquellos que manifestaran su arrepentimiento y se dejaran alumbrar por «la Verdad Suprema […] al grito de ¡Arriba España!». Otros, más drásticos y en el poder, optaron por una división tajante que sería mantenida durante décadas. Una de las primeras pruebas la tendría el director de Frente de Madrid cuando la película se estrenó en España tras haber realizado un nuevo montaje. Las opiniones favorables que cosechó en la Italia fascista y en la Alemania hitleriana se transformaron en frialdad y reservas cuando fue exhibida en el Palacio de la Música, aunque el público respondiera positivamente. Hubo críticos que lamentaban lo blando de la película en su retrato del ambiente republicano. Otros cuestionaban el simbólico desenlace… El resultado fue una silenciosa desaparición de la versión española, sin que el director osara levantar la voz en público. Acababa de ser readmitido en la carrera diplomática, estaba en Madrid con Conchita Montes y su pasado le aconsejaba sobreactuar en otra dirección. Muchos años después, en una entrevista concedida a Marino Gómez-Santos, todavía mantuvo silencios sobre un episodio ejemplar para entender la dureza y la cerrazón de la posguerra, incluso entre quienes militaron en el bando vencedor”.

[3] Los relatos de guerra de Edgar Neville: Frente de Madrid (1941) María Luisa Burguera Nadal.]

[4] Juan Antonio Ríos Carratalá, o.c.

 

 

LOS BUENOS PROPÓSITOS PARA EL AÑO ENTRANTE

feliz año

Nos enfrentamos a un nuevo año y me asaltan varias reflexiones y la primera de ellas es que parece que el tiempo aparentemente me dura menos y que los años se pasan volando.  Siente que fue ayer cuando saludé a 2018.

Otra cuestión es la de los buenos propósitos para este año entrante. ¿Vale la pena plantearlos? ¿se trata de objetivos o solo son buenos deseos? Aquí ya comienza a complicarse el tema porque si yo quiero organizar mi casa y mi despacho y simplemente lo lanzo al aire, posiblemente se quedará en un deseo que se cumplirá o no aleatoriamente.

CARACTERÍSTICAS DE UN OBJETIVOAhora bien si me planteo seriamente la idea de organizar correctamente mi casa y mi despacho, tendré que pensar en primer lugar qué es lo que quiero hacer de modo específico ¿se trata de una organización real o solamente de conseguir que todo se vea más bonito a primera vista? Si es mi objetivo, tendré que definir este aspecto de manera clara y concreta.

Además tendré que preguntarme si voy a ser capaz de organizar, con qué medios cuento (por ejemplo cuanto tiempo puedo dedicar a la organización, si cuento con ayuda familiar,  elementos que pueden facilitar la labor como organizadores de documentos, scanner para digitalizar todo aquello que no hace falta conservar en papel,  una destructora de papel….) para que este objetivo sea realizable.

Finalmente, no puedo plantearme un objetivo que no tenga una fecha de cumplimiento que me obligará a dedicar el tiempo y esfuerzo necesario, de otra manera, si me lo planteo sin fecha, sine die, lo más probable es que no llegue a terminar nunca.

Cuando acabe el año os contaré si cumplí mi propósito para 2019.

 

 

 

 

 

 

¿PERVERSIONES DEL IDIOMA? ¿NOS COMUNICAMOS PEOR?

Vaya por delante que considero que el idioma español (mi lengua materna) es mi mejor herramienta de comunicación y no creo ser una rareza aunque si seguimos por el camino que vamos, pronto lo seré.

Según el Instituto Cervantes, el español es la segunda lengua   por número de usuarios ya que más de 572 millones de personas hablan español en el mundo, de los que 477 son hablantes nativos solo superada por el chino mandarín (950 millones).

No cabe duda que todos los hispano-parlantes deberíamos sentirnos enormemente orgullosos y sin embargo, parece que nos avergonzamos de nuestro patrimonio cultural y cada día nuestro uso del idioma es más pobre, especialmente en España.

Un ciudadano medio español no utiliza más allá de 1.000 palabras y sólo los muy cultos alcanzan los 5.000 vocablos. Hay estudios  que afirman que una camarera bogotana o un policía chileno utilizan al menos mil palabras más. Cervantes en ‘El Quijote’ empleó casi 23.000 palabras diferentes.

Al empobrecimiento del lenguaje hay que añadir el desmesurado uso de anglicismos, ¿por qué hay que decir “face to face” en lugar de cara a cara o “App” en lugar de aplicación o “fake news” para referirnos a noticias falsas o bulos? Solo por citar algunas.  Me pregunto por qué lo hacemos, será por aparentar una cultura superior o por mimetismo o un cierto complejo de inferioridad frente a los anglo-parlantes.

Desde luego, los medios de comunicación parece que no ayudan y se publican y se ven cosas en televisión que me mantienen en perpetuo estado de estupefacción.  Por ejemplo, están anunciando un programa que se llama “Cuatro Weddings”, ¿tanto costaba llamarlo “Cuatro bodas?, También anuncian “La voz kids” y de nuevo me pregunto es tan difícil llamar al programa “La voz niños” o mejor aún “La voz infantil”?

Como conclusión,  regreso al inicio de este artículo, el español es mi mejor herramienta de comunicación aunque no la única, que duda cabe que también comunico mediante el lenguaje no verbal y paraverbal .

Y aquí también es importante cómo utilizo el lenguaje, si mi vocabulario es amplio y cuidado, transmito mejor imagen que si utilizo un lenguaje pobre y a lo mejor, vulgar, de modo que de forma no verbal estoy transmitiendo unos determinados valores,  nivel cultural e incluso mi respeto hacia el interlocutor.

Si algo es maravilloso, no es lo mismo decir que me encanta que me mola.  Lo de los adjetivos es todavía peor, se tiende a decir que algo es guay cuando podría utilizarse un sinfín de vocablos: bonito, genial, fantástico…

 

 

COMUNICACION PORCENTAJES

Aunque como puede verse, los expertos solo dan un 7% al lenguaje verbal y un gran porcentaje al lenguaje no verbal así como al paraverbal,  lo que se dice es fundamental.

Invito a los lectores a reflexionar sobre su propio uso del idioma y a compartir su opinión al respecto de lo expuesto.

 

Libros malditos: Checas de Madrid, de Tomás Borrás.

Como en ocasiones anteriores, es para mi un placer y un honor  contar con la colaboración de  Francisco M. Rodríguez Layna que nos ilustra, en esta ocasión, sobre otro de esos libros que de alguna manera podríamos considerar como “maldito”.

Pero, ¿por qué considera el profesor Rodríguez Layna que son libros “malditos”?  Puede que en esta época en la que estamos sometidos a la tiranía de la  corrección política, determinadas novelas sobre la  Guerra Civil española puede que no se ajusten a las corrientes ideológicas mayoritariamente aceptadas o bien porque la trayectoria de autor no se corresponda con el  prototipo de intelectual aceptado por lo  políticamente correcto.

Checas de Madrid, de Tomás Borrás.

 “La madre se estremece de frío, aunque la madrugada llega tibia, envuelta en olores de acacia. Mira por una y otra de las rendijas de la persiana, rayas de luz con caricias trémulas del árbol del callejeo madrileño. Enfrente, los bultos de tres milicianos de la vigilancia nocturna pateando el asfalto, toses y blasfemias de Dios; oyen pasos y sacan el revólver de entre las mantas cameras que les abrigan. El níquel da su espejo frío. -¡Anda, si es el Poca, su ágüela, y trai churros! Por poco te damos el paseo. Ríen, forzando la brutalidad de la risa para que se entere la calle, se alejan hacia un banco del jardincillo y echan a disputar a gritos; voces agria, manoteo, pistolas empuñadas. A la puerta del frontón está, como abandonado, un automóvil negro. -¡Que nos traerá el día, Dios mío! –suspira la madre. Tiene los ojos rojos, sus dientes entrechocan. En el rincón de la cómoda y la pared, da su llama humilde la lamparilla. No alumbra a ninguna imagen. La estampa de Nuestra señora de los Dolores hubo de quemarla, “por si vinieran”. Para la madre, la Dolorosa está allí, y la lamparilla es ofrenda al óvolo afligido por aquellos puñales que traspasan el corazón. “El devoto de la Virgen de los Dolores anhela el sufrimiento para purificarse en esta vida”, creía la madre. La Virgen le ha dado en pocos días tanta pena, que no tiene fuerza física para soportarla; agotada, enferma, eso acrece su angustia. –Si falto yo, si tiene que cuidarme, ¿qué va a ser de mi hijo? El hijo ha salido de la alcoba al oír la descarga, que retumba: trueno en la bóveda del frontón. Fusilan todas las madrugadas en la cancha. Sobre la puerta del edificio, bandera roja, hoz y martillo recortados en blanco; bandera flátida, sin viento, que cuelga, entraña ensangrentada, sobre el rótulo: “Radio comunista, número, 6”. Otra descarga seca, otra casi simultánea. La madre, cae de rodillas, se retuerce los dedos: -¡Ay, Virgen Santísima! ¡Virgen Santa! ¡Cuántos serán los de hoy! ¡Dales valor, Dios mío; dales valor, Dios mío! La cólera de os fusiles la responde. Nuevamente, su chasquido seco. Después, detonaciones sueltas, más débiles. –El tiro de gracia –piensa el hijo. Y cuenta-: Uno, dios, tres- ¡Once solo aquí! En algún piso de la vecindad lloran con sollozos convulsivos. Una voz enérgica se impone. La madrugada queda en silencio. El hijo se inclina sobre la mujer y la levanta en brazos. –Madre, no has dormido. ¿Qué adelantas con pasarte la noche escuchando la calle? La mujer coge la cara fresca y aniñada del muchacho y la mira con ojos escaldados, que el horror hace más grandes: -¡Tú no, hijo mío! ¡Tú no!… Un motor estremece los vidrios, y el muchacho va, rápido a mirar. El camión se detiene ante la checa comunista. El mecánico se amodorra, de bruces, sobre el volante. Brincan al suelo milicianos de zamarra, gorro cuartelero y fusil. El muchacho aparta a viva fuerza a la mujer, abatida. -¡No lo veas, no te atormentes más! Ha acudido el grupo de los vigilantes de noche al interés de la maniobra. Un sereno también; de algunos portales brotan, restregándose las manos, hombres de pelambre revuelta que dejan la cama; alguno lleva la librea azul o verdosa: porteros que no quieren perderse el espectáculo. Se reúnen, levantando el puño, fraternizan, entran todos en el frontón. El sereno queda en la calle para “echar el ato! Y avisar “si ocurriese novedad”. A poco, el mecánico, saliendo del sueño, ponen en marcha el motor. Sacan los cadáveres. Un miliciano agarra la cabeza, otro los pies; balancean el cuerpo muerto y lo arrojan al camión con golpetazo de cráneo. Porteros y milicianos comentan a voces. Una manera de exhibir su gustazo de ser los amos de todos, es hablar a gritos, señorear también con el vocablo, comprobar que, ante su frase, nadie rechista. –Ya ves tú, a ese le denuncié yo; tanto orgullo, que apenas si saludaban al salir, y ahora se hace la cusca. La carga de asesinatos colma el camión. –Es que hay más que setas. –Yo no sé de donde sale tanto carca. Otro se engríe de poder hablar con los responsables de Radio comunista. –Las casas están llenas; así nos tenían de oprimidos. –Pues a matar a todos; que cada cual denuncie a los suyos. Un responsable les mira autoritario y repite, con énfasis, dialécticas de periódico: ¡Hay que liquidar ahora totalmente la lucha de clases; así el proletariado queda libre de enemigos para siempre. Si por falso sentimentalismo dejamos burgueses entre nosotros, nos harán la guerra de una manera u otra. Cuanto antes acabemos con ellos, antes triunfará la causa, y en definitiva. Es la consigna revolucionaria que tenéis que obedecer”.[1]

Con esta prosa que vaga despacio entre numerosas pausas y que es capaz de transitar en el mismo párrafo aspectos vanguardistas y detalles (sutiles detalles, más bien) modernistas, inicia sus Checas de Madrid.

La novela lleva a cabo, a través de la experiencia del joven falangista Federico una detenida exposición de la represión llevada a cabo en Madrid al comienzo de la guerra por los milicianos de las distintas organizaciones revolucionarias, que, por su minuciosidad, supone una descripción del sufrimiento y de sus manifestaciones.[2]

Constituye uno de los documentos más vivos y extraordinarios que en relación con las persecuciones desarrolladas por el marxismo en la roja zona se han escrito. Por sus páginas o, mejor dicho, por sus paneles, el lector se pierde en una angustiante y oscura Madrid plagada de muertos durante los primeros compases de la Guerra Civil. Dicho así, no parece ninguna novedad, pues se sumaría a la serie de relatos sobre el conflicto que se atesoran a lo largo del siglo XX.

La novela comienza relatándonos la preocupación que siente doña Fuenciscla por la seguridad de su hijo de dieciséis años, y termina cuando ella se dirige al Ateneo Libertario de Vallecas, en el que su hijo ha sido asesinado; los milicianos anarquistas le ocultan el hecho, y le dicen, con malignidad, que «su chico pide tabaco»: así podrán fumar a costa de un vil engaño.

El eje de toda la novela es la producción del espacio. El narrador relata los arrestos, las torturas, los asesinatos, los saqueos, la incautación de casas, los paseos de que son víctima los madrileños afectos al bando nacional. Por decirlo con certeras palabras de Engenio de Nora, se trata de una «visión alucinada de una capital del terror, entre torturada y vesánica». Tales itinerarios de la violencia tienen como punto de referencia un sitio en el que se simboliza el espacio republicano y el mal que encarna: las checas.

Ahora bien, las expectativas cambian cuando vemos que el punto de vista está en los ojos del joven falangista y que las cuadrillas que representa al Frente Popular se distorsionan en feroces milicianos sedientos de sangre, cuyo único objetivo es purgar todo lo que no consideran parte del proletariado.  

Para Borrás,  los milicianos no sólo aniquilan a sus oponentes; también destruyen la ciudad. Los espacios, los lugares, los itinerarios y los mapas de los milicianos conforman por todo ello una cartografía del mal. Los lugares de Madrid que describe Borras son absolutamente grotescos, sin ninguna ley aparente. En primer término, son lugares desordenados; en ellos, los objetos aparecen aislados; no hay ninguna ley que establezca entre ellos alguna norma de coexistencia.

“La novela denuncia la formación de espacios transgresores de la ley del lugar. Los republicanos alteran de un modo radical el sentido estable, tradicional, de los lugares. La eliminación de los límites entre lo elevado y lo vulgar, junto con el cambio de funciones de los lugares, es una característica fundamental de los lugares republicanos. La belleza clásica y la subyacente ética clasista de los lugares se superpone con el mal gusto y la amoralidad de sus nuevos habitantes, lo cual origina unos lugares grotescos, escandalosos. La reescritura grotesca del espacio modifica su significado previo: la producción espacial republicana implica necesariamente una subversión semántica. La estética de lo grotesco de la que deriva dicha subversión está en íntima relación, en Checas de Madrid, con una ética del mal: en casi todos los lugares republicanos descritos en la novela se llevan a cabo torturas y asesinatos. El desorden espacial, la estética de lo grotesco y los actos amorales conllevan un desorden simbólico y semántico. Esta estrecha asociación entre lugares grotescos y actos amorales indica claramente que el mal de los republicanos es, simultáneamente, ético y estético. En otras palabras, los republicanos han rescrito la ley del lugar, con lo cual han configurado un espacio rio tanto en su apariencia estética como en su dimensión ética. En el sistema espacial republicano, el significado de los lugares viene determinado por su uso” [3]

La importancia del espacio en el franquismo se manifiesta con fuerza desde la guerra civil. El espacio es el tema o el principio constructivo de una abrumadora cantidad de textos ensayísticos y literarios falangistas.

La conquista bélica se corresponde con una conquista simbólica del espacio. A modo de ejemplo, se pueden espigar, entre muchos otros, los siguientes títulos: Madrid, de corte a checa (1938), de Agustín de Foxá; Madridgrado (1939), de Francisco Camba; La ciudad (1939), de Manuel Iribarren; Frente de Madrid (1941), de Edgar Neville; Madrid bajo el terror, 1936-1937. Impresiones de un evadido, que estuvo a punto de ser fusilado (1937), de Adelardo Fernández Arias; Madrid recobrado. Crónicas de antes y después del veintiocho de marzo (1939), de José-Vicente Puente; Checas de Madrid (1939), de Tomás Borrás; Retaguardia. Imágenes de vivos y de muertos (1937), de Concha Espina; y Poema de la Bestia y el Ángel (1938), de José María Pemán.

El espacio también ejerce un papel fundamental en la poética y en la estética falangista. E. Giménez Caballero, por citar uno de los casos más ilustres y destacados, ve en la arquitectura «la más viril, constructiva, imperial, de todas las artes»; en su superposición de Roma con el fascismo italiano y con su propio ideal fascista, sostiene Giménez Caballero que «el arte esencial al Imperio fue siempre la arquitectura»; y añade, en términos que sintetizan lo dicho hasta ahora a propósito del franquismo y del espacio:

«Estructurar, edificar, ordenar son los verbos del Estado. Verbos arquitectónicos. Toda resurrección de lo estatal en la historia significa un resucitamiento de lo arquitectónico. Primacía del Estado; primacía de la Arquitectura./Arquitectura: arte de Estado, función de Estado, esencia del Estado./ Ha llegado la hora de una nueva arquitectura, de un estilo constructor.

Porque la hora de un Estado nuevo genio de Roma, jerárquico, ordenador ha llegado al mundo./ Que las otras artes […] se disciplinen y preparen para ocupar su rango de combate y ordenamiento. La Arquitectura tiene el puesto de mando»

En la novela, los republicanos carecen de posiciones ideológicas auténticas; más que por sus opiniones políticas, se caracterizan por el desenfreno, la bestialidad, la abyección, la depravación y el materialismo; semejante caracterización de los republicanos es común, cabe añadir, en la narrativa fascista.

A los milicianos no les cohíbe ningún sistema moral, ningún compromiso ético con los demás. Están libres de toda atadura y se lanzan a la satisfacción de sus instintos más primarios, desde las pulsiones sexuales hasta las homicidas. Esta asociación entre la liberación de determinadas fuerzas primarias y la praxis revolucionaria relaciona intertextualmente a Checas de Madrid con Demonios, de Dostoievski.

Checas de Madrid señala explícitamente ese vínculo con el autor ruso. Uno de los portavoces autoriales, Fadrique de Lorenzana, afirma lo siguiente después de mencionar a Dostoievski:

«El alma tiene su digestión; come, asimila y expulsa, lo mismo que el cuerpo. Pero no vemos los residuos. Si se corporeizaran no podríamos ahora movernos más que nadando en mierda. ¡Eso es todo! ¡Detritus del alma! ¡Las almas vertiendo su cieno sobre Madrid! ¡Madrid, inundado de suciedades de alma!»

La visión de una manifestación a los inicios de la guerra civil es de una gran crudeza descriptiva, y ha sido considerada por los analistas de la obra, como uno de los pasajes clave para entender las pretensiones de Borrás al escribir su novela:

“Venían los gritos espaciados, uniformes, en compás cantando por millares de gargantas unánimes. –U, hace, pe! ¡U, hache, pe! ¡U, hache, pe! La manifestación inundaba la glorieta de Atocha, canalizándose Prado arriba, para bajar por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol. El suburbio afluía, marea de la miseria y el andrajo. Los Carabancheles, la carretera de San Isidro, Mataderos y el cuartel de los Gitanos, Basureros y la orilla derecha del Manzanares, las rondas y los barrios bajos, cuyo eje es la calle de Toledo, vomitaban en el lujoso centro de la capital sus heces turbias, Mujeres aviejadas, saco liado al esqueleto, pingo en la pelambre, manos encarnadas de coger ladrillos en el tejar; vendedoras de verduras, y aguardiente, y gallinejas; comadres de casa de vecindad con críos al pecho; hampones en traje de prendería, tizne de obreros de andamio, el pozo negro y la fragua; niños encanijados, en camisa, vientre inflamado y piernecillas de hilo; carreteros y corsarios de faja y faca;  huertanos del riego con agua de alcantarilla;  familias descalzas de traperos, el cacroma entre la costra, seguidos de perros feroces; maleantes de ficha política; palurdos satisfechos de mandonear en los paseos que antes les cohibían por la finura de su concurrencia; achulados con cara estragada capitaneando cortos rebaños de hembras, lúbricos mascarones de afeite barato; tipos de Casa del Pueblo, intentando dirigir y organizar la espesura de muchedumbre; muchachos vestidos de mecánico, de los talleres del Pacífico”.

Al describir la estación del Mediodía, el narrador afirma:

«La estación, metáfora vulgar de precisión, exactitud y orden, estaba desordenada, estruendosa, confusa como en feria».

Un teatro se convierte en una checa dirigida por un antiguo apuntador resentido con los actores. En un momento de la acción, el apuntador sale al escenario vestido de época y empieza a actuar; al final de su actuación, obliga a los presos, alineados en la platea, a aplaudir. Es importante notar que en esta checa se les prohíbe a los presos hablar y moverse; de este modo, se pervierte una norma de cortesía habitual en casi todos los teatros, y que se resume con el ruego de «silencio, por favor» mientras se representa la obra en el escenario. En este teatro, el actor es un chequista; el público, detenidos que seguramente van a ser ejecutados.

Aparte de esa visión dramática y dantesca del funcionamiento de las checas, destaca en la narración de la novela la descripción del “paseo”, por unas masas enloquecidas, de la cabeza del general López Ochoa, encargado de sofocar la revolución de Asturias de 1934, y a quien se le achacaba la responsabilidad de la represión de los mineros.

La situación de los chequistas es cada vez más insoportable, conforme avanza la acción narrativa. Hace muchas semanas que no tienen agua para lavarse y apenas se les da comida. Para animar el ambiente en una de las celdas, un médico falangista cuenta anécdotas cortas a sus compañeros. Una de ellas habla de dos alemanes, combatientes de la Legión Cóndor, que –al igual que los chequistas– están ahora encarcelados en una checa madrileña.

El médico, que goza de cierta popularidad entre los chequistas, propone pues:

“¡Concurso de cuentos! Premio, cinco pellejos de habichuelas por barba, cuando tengamos de menú pellejos de habichuelas. Empezaré yo. Otto y Fritz vienen a España en la Legión Cóndor, esa que les pone chalupas a los rojetes, y caen prisioneros. La mujer de Fritz recibe la siguiente carta: «Querida Elsa: He tenido la suerte de incorporarme al territorio del gobierno legítimo de la República. Me tratan divinamente y estoy lleno de satisfacción. Por la mañana me entran el desayuno a la cama, a eso de las diez y media, un desayuno hermoso: chocolate, leche, bollos y cigarrillos. Después de bañarme, porque estoy en un hotel hermoso, hago gimnasia y monto a caballo, lo mismo que los demás prisioneros, y me divierto de un modo hermoso. Luego paseamos por las calles, que están animadísimas y llenas de una vida muy hermosa, y compramos cosas, y reímos, y vamos a tomar un hermoso aperitivo. Y luego al comedor, donde nos sirven cinco platos y dos postres, hermosísima comida, y luego al café con amigos prisioneros, y bebemos licor, y fumamos puros hermosos. Después duermo la siesta, y luego juego al ajedrez, y voy a tomar la merienda, que es una merienda hermosa y grande, y luego a bailar hasta las nueve, en que nos dan la hermosa y grande cena, y después de beber licor y fumar los puros, vamos a una sesión de cine, o vamos al teatro, y nos acostamos a media noche después de tomar té para tener un sueño hermoso. Por eso te digo que estoy entusiasmado y lleno de satisfacción por haber venido al territorio del gobierno legítimo de la República, que es el único legítimo. Te quiere, Fritz». Posdata: «Dile a la mujer de Otto que a Otto le han fusilado por no querer escribir una carta como ésta.»

En la novela, Madrid se ha convertido en otra ciudad, bolchevique, en el Madridgrado de las charlas radiofónicas del general Queipo de Llano. Una ciudad que en la puerta de Alcalá aparecen fotografías de tres líderes soviéticos, entre los que se encuentra, como no, Stalin.

“Las calles estaban sólo pobladas por gesticulantes carteles. Desde los muros, llamaban a los transeúntes, atronándoles los ojos con lo enérgico de sus imperativos; les clavaban repetidas, machaconas, una vez y otra vez, cortas consignas en el cerebro; ascendían sus frases entre admiraciones gordas como cohetes: ¡Fortificad! “¡Todos los hombres al frente!” “¡Madrid será la tumba del fascismo!” “¡La U.U.R.S. está con nosotros!” “¡Fortificad!” “¡Fortificad!” “¡Fortificad!” “Para acabar con la quinta columna basta un cuchillo o un puñal” “Contra la guerra imperialista y el fascismo” “¡Vivan los soviets chinos!” (…) Calles blancas de madrugada, opacas de silencio, vacías de movimientos de carruajes, ajenadas al chorrear de chafarrinones artificiosos de sus paredes, y a las hipérboles políticas estampadas sobre su cal cadavérica y sobre sus heridas de obús; muertas calles suspensas, con lividez de antesol, disfrazadas con las percalinas reteñidas de la propaganda”

El final es el que corresponde a esta dura y en todo momento angustiosa novela.

“La madre lleva tres viajes, tres días, al caserón en soledad, tierra agostada del Puente de Vallecas. Está muy lejos para ir arrastras los pies, para ir arrastrándose toda, tan lenta. El hijo está allí, se lo dijeron en el Ateneo Libertario, se lo confirmó la guardia del casón, y pide cosas, pide todo lo que pueda llevarle tapado por su manto pobrecito, acariciado, porque es para él, por sus manos de gruesas venas azules. –No le harán ustedes nada, ¿verdad? Porque él no ha hecho nada. ¡Si no ha cumplido dieciséis años!… Es un niño…-La madre dice el supremo argumento, el que la tranquiliza. Nadie se enseña, nadie hace sufrir a los niños- -Esta tía loca se cree que le íbamos a tener aquí…Hay que largarla… -Deja, que así trae cosas y nos llena el buche. –Su chico pide tabaco. Que se espabile, usté, viejales, y que le traiga cajetillas. La madre sonríe, camino de arrastras, encorvada: -¡Pero este hijo! ¡Si no fumaba! Pero se me va haciendo mayor…,¡y lo que le aburrirán ahí los infelices!… ¿Cómo voy a tener dinero? ¿Dónde habrá tabaco?… Tú me ayudas, ayúdame, Virgen de los Dolores…”

Autor y obra

Tomás Borrás nació en Madrid, hijo de tarraconense y de segoviana. Cursó el bachillerato en el Instituto de San Isidro y posteriormente comenzó la carrera de leyes, que abandonó pronto debido principalmente a su falta de vocación. Ya desde joven comenzó a escribir. Fue tertuliano del Café de Pombo y como tal aparece en el célebre cuadro de José Gutiérrez Solana.4

Estuvo casado con la tonadillera y cupletista Aurora Purificación Mañanos Jaufrett, conocida como «La Goya». Una mujer clave en los momentos de la clandestinidad en que vivían los militantes de Falange tras su ilegalización. Ella era la que hacía de trasmisora de los comunicados que desde la cárcel remitía José Antonio.

Borrás entró en el mundo del periodismo, e inicialmente tuvo colaboraciones periodísticas en el diario oficioso La Nación durante la Dictadura de Primo de Rivera, aunque en 1930 ingresó en el diario ABC y en su publicación anexa, la revista Blanco y Negro.

Militó inicialmente en las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) y luego en Falange Española. ​

Iniciada la guerra civil, como otros escritores falangistas como Jacinto Miquelarena, Rafael Sánchez Mazas o José María Alfaro, buscó  refugio en una embajada. En su caso, la de Checoslovaquia..

Durante el Régimen franquista colaboró con publicaciones como Vértice, y posteriormente pasó a dirigir los diarios F.E. de Sevilla y España de Tánger y llegó a ser cronista oficial de la Villa de Madrid. ​

Literariamente se le puede considerar dentro del modernismo y hay que destacar su fuerte implicación en una de las compañías más renovadoras de la escena española, el Teatro de arte dirigido por Gregorio Martínez Sierra. En particular su pantomima El sapo enamorado, estrenada en 1916 con música de Pablo Luna y decorados de José Zamora, forma parte de una de las propuestas más innovadoras (junto a El amor brujo o El corregidor y la molinera, las otras dos pantomimas representadas en el Teatro Eslava) de la escena madrileña del momento. La pared de tela de araña (1924), La mujer de sal (1925, ) El rey de los Estados Unidos (1935). Checas de Madrid (1940), La sangre de las almas (1947) y Luna de enero y el amor primero (1953)

Escribió una obra fundamental sobre Ramiro Ledesma Ramos, que sigue siendo hoy imprescindible para conocer la personalidad del fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas.

En cuanto a Checas de Madrid, era un libro que había quedado relegado del canon de estudios literarios por su presunto, para casi todos los manuales de literatura, corte fascista, hasta su rescate en el año 2016 debido a la edición preparada por Emilio Peral Vega y Álvaro López Fernández, que conforma el texto de la versión de 1939, con algunos cambios introducidos por Tomás Borrás en 1963 y que son señalados entre corchetes.

Lejos de cualquier filiación o fobia política, resulta doblemente importante la salida de Checas. Primero por el hecho de rescatar cualquier texto, hasta el momento sepultado por el tiempo, es un síntoma positivo; y segundo, porque la salida de este tipo de literatura del bando «nacional», lejos de cualquier cristal ideológico, posibilita la recuperación de parte del patrimonio artístico olvidado y que permite trazar un mapa sobre la realidad literaria existente durante la Guerra Civil

Esta obra, hay que tomarla, como ya hemos señalado, como un reportaje de la crudeza de las checas y para reflejarlo está desarrollado como un compendio de la maldad republicana, todo ello haciendo uso de una estilística del horror en que la deshumanización y el entusiasmo por la técnica, se hallan unidas de una manera macabra.

He aquí, presentada en fragmentación vanguardista la descripción de las víctimas de la vivisección:

“Apagadas las luces del portalón del Asilo, las linternas eléctrica rasgaban la tinta de la negrura; aparecían súbitamente hombres deslumbrados tapándose los ojos; o las espaldas de los que iban hacia la calle invisibles con cadáveres a cuestas. La desnudez de los asesinados era yesosa en la ducha de luz; sus manos colgaban de los brazos y los brazos del tronco; balanceándose, secas ya las heridas, emplastos de color de chocolate. Algunos, con medio rostro arrancado, como en las láminas de anatomía; ramales de músculos, blancos hilos de nervios y la esfera del ojo estupizada, a una pierna abierta con resección de hueso, vaciándose de algodones al arrastrar el largo vendaje. Los mozos del furgón, la enorme caja funeraria, repugnaba los disecados por las vivisecciones. –Pero ¡qué les hacéis? –El médico, un extranjero mu sabio, como tós los extranjeros, está inventando no sé qué, y a eso se prestan. Callada la noche, el motor rompía a estornudar. Las despedidas: -¿Cuántos hubo ayer? –Quinientos siete; no sabemos ya donde echarlos. –Esto va bueno. Hacia el Depósito Judicial se dirigía el enorme féretro negro rebotando oleadas de carne. –Quinientos siete ayer… -Más de medio mil todas las noches en el Depósito Judicial…Los diarios imprimían a la misma hora sus imperativos excitantes: “Detened”… “Denunciad”… “Hay que limpiar la retaguardia”… Los carteles, idénticos gritos en los muros; la radio, los discursos de mitin esperaban su momento para repetirlo: “Desconfía”… “Vigila”… “Quinta columna”… “Hay que limpiar la retaguardia”…”

En el centro del episodio que sucede en la estación de trenes encontramos una escena de tortura, que para impresionar al que lee la novela se narra haciendo uso de los medios visuales del cine expresionista. Así aparecen efectos de luz como el contraste de claroscuros o las ráfagas, cambios de perspectiva entre tomas de cerca y de lejos, montajes de fragmentos y detalles, así como efectos espaciales geométrico cubistas.

“Muelles y tinglados, cuartelillos de milicianos que discutían alrededor de charcos de luz. En vagones de viajeros, mujeres azacanadas improvisando lecho para niños lloriqueantes de sueño, junto a tazones con lamparillas de óleo. Se iban las barras de plata de las vías, ilimitadamente, cruzándose, entrecruzándose, oblicuas unas a otras, reunidas después para desaparecer en una, naciendo otra, tangentes a las obstinadas paralelas, jeroglífica geometría de tronco y ramas (…) Filas de vagones de mercancías abandonados, vacíos, sucios de lluvias de hollín”.

En este tétrico ambiente dos milicianos encuentran en un vagón abandonado a un perseguido:

“-Aquí, en éste –mandó el jefe de correaje de artillero. Era un furgón que aún retenía dulzonas calenturas de establo. Penosamente, a tropezones, por entrevías y palancas de agujas, el joven había recorrido aquel trozo de noche; hierro y carbón para sus pies, melancolía de cielo indiferente para sus miradas. Por hábito de educado, disculpábase: -No puedo más si no me detengo. Llevo varios días sin comer. El vulgo del miliciano se rezagaba; el joven sentíase alzado por el cuello de la chaqueta, y así seguía, medio en vilo. Gateó el jefe al furgón, entre los dos izaron al reo y el otro miliciano cayó dentro, a salto. El disco de luz con reflejo de lata iluminó al joven derribado: negros ropa, cabello, ojos; blanco el rostro enharinado de terror”

El relato que sigue es de una gran crudeza y muestra las intenciones de Borrás de señalar la brutalidad que utilizaron los milicianos contra los que consideraban sus enemigos. Los planos rápidos y la focalización de los instrumentos de tortura sugieren una intensificación del horror: el fusil, el brazo desnudo, la lima. Los torturadores se abalanzan sobre la víctima, cuyo martirio queda ilustrado óptica y acústicamente.

En penumbra, detrás de la pupila del farol, los dos milicianos atendían aquel rostro despavorido, payaso que ve la muerte. Hasta entonces no habían hablado. –Vas a decirnos donde está el jesuita –pidió el jefe. En la lividez de la cara se movieron los labios- -No sé… no sé…-Ahora vas a ver si lo sabes. Del cinturón se arrancaba la baqueta del fusil. El brazo desnudo del compañero se interpuso: -Eso no sirve de nada. Sujétalo y verás. Empuñaba una lima. El joven dio un ronquido, retrocedió, arrastrándose; al caer sobre él santiguose rápidamente, y quieto, abiertos los ojos a la noche que estaba a la puerta del furgón, impasible, se dejó manipular. El jefe, sentado sobre su pecho, le trababa las muñecas; el otro miliciano, ganchos las piernas entre las de la víctima, le agarrotaba un pie bajo su antebrazo. Empezó a limarle el hueso del tobillo: redondel sanguinolento, rotos del calcetín y de la piel: el hueso daba un chirrido áspero al roce de la lima; el cuerpo se sacudía con latigazos de dolor. ¡Virgen María! ¡Virgen María! –pidió a la noche. El miliciano seguía limando el hueso, ya pringadas las manos de esquirlas y fibras de nervios y músculos. Se detuvo: -¿Sabes ya donde está el jesuita? Levantose el jefe; los dos le dejaron libre: el joven yacía inmóvil. -¿Es que se ha muerto? El jefe le tomó el pulso. –Yo no entiendo, está frío. -¿Tan pronto? No resisten nada. Son unos tísicos”

Sobre la novela, señala Fernando Castillo en su libro Madridgrado:

“A través de una personal geografía de la capital, Borrás recorre lo que considera el trueno político de la sociedad madrileña y la carne de cañón de la revolución con un estilo tan frío como expresivo, y con unas imágenes que dejan entrever un regusto por lo escrito…Lleva a cabo, a través de la experiencia de Federico, su protagonista en el Madrid republicano de los primeros meses de la guerra, una detenida exposición de la represión, que, por su minuciosidad, supone una apología de la estética de la crueldad, una descripción del sufrimiento y de sus manifestaciones que tiene un contenido muy próximo al fascismo…Aunque la obra está editada al finalizar la guerra civil, es un buen ejemplo de novela de guerra, de literatura de combate y choque, que tiene como objeto el Madrid republicano. En ella no se deja ningún resquicio para que pueda deslizarse la esperanza de la reconciliación, auqneue fuera en su manifestación más elemental, como tampoco se detecta nostalgia alguna por el Madrid perdido, anterior a la guerra, que pudiera sustentar cualquier aproximación entre los antiguos amigos y luego enemigos. Al contrario, es una obra de suma y sigue, casi de incitación al ajuste de cuentas al final de la contienda…La novela es un verdadero compendio de los elementos que conformaron la imagen del Madrid rojo entre los sublevados a lo largo de la guerra. Es una enciclopedia de horrores que ofrece una visión de la ciudad muy desmesurada y que es probablemente la más cercana al fascismo en su culto a la violencia más extrema, es decir, la tortura, por la presencia de la técnica y, sobre todo, por el intenso odio de clase que manifiesta”

Y para Nil Santiáñez:

 “Una novela que integra una estética de lo horrendo con notas vanguardistas, escenas melodramáticas y disposición maniquea de un poder totalitario frente a unos ojos que otean, día tras día, el amanecer tras una ventana. Por eso la lectura de la novela no deja indiferente a nadie; el lector se inmiscuye como un testigo invisible en las checas para ver de primera mano los escenarios tortuosos por donde se arrastran los personajes” [5]

Terminados los avisos terrenales, empieza lo sobrenatural –como en el Hamlet- a actuar en su conflicto. Se le aparecen fantasmas que le cierran el paso, el presentimiento le llena de melancolía el corazón, ve su próximo fin. Un labrador, invisible en Aparte de escritor, Borrás destacó en su labor de conferenciante:

“Por toda España se encuentra a Lope de Vega. Se puede explicar la psicología de los españoles destilándola de las comedias de Lope, pintor de una galería de retratos morales tan extensa, que las figuras que falten es que no existen en la Península. De Olmedo, en tierras de zumo castellano, surge como uno de los fantasmas de su drama, el triste esclavo del pundonor, D. Alonso Manrique: Que de noche le mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo. Sombras le avisaron que no saliese y le aconsejaron que no se fuese, el caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo. Tal es la canción popular que Lope de Vega glosa en El Caballero de Olmedo. Don Alonso Manrique es “apuesto y galán”, como se decía entonces. En Medina del Campo se celebran justas donde luce y enamora. La dama que le favorece y con la cual dispone casarse, es a la vez solicitada por otro cortejador, al que despide. El rival de D. Alonso hace los imposibles por derrotarle, tanto en la liza como en el favor de la dama. Todo es inútil. El Caballero de Olmedo no tiene par. Entonces, despechado y humillado, decide matarle. Don Alonso ha de volver a Olmedo entrada la noche. Su enemigo le prepara una celada. Como contrata asesinos y habla de sus proyectos a varia gente, la noticia deja de ser secreta y llega a oídos del Caballero de Olmedo. Aquí entra el interés psicológico de la figura. Don Alonso Manrique, va. Primeramente su escudero le aconseja que dilate el regreso por otro día. Don Alonso no cede. Después le suplica que se procure una escolta. Don Alonso rechaza la propuesta por dos razones: porque no concibe que un hidalgo, como lo es su enemigo, apele a tan malas artes, y porque aunque así sea seguro, un caballero como él no ha de tener pavor a los peligros. Sin embargo, D. Alonso sí que tiene pavorla noche, canta su muerte poetizada como si ya hubiese ocurrido. Don Alonso escucha, estremeciéndose lo propio que en los días siguientes habrá de ser tema de acento popular: Que de noche le mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo. Y D. Alonso Manrique va. Aparta al fiel criado, escucha las voces del cielo, baja la cabeza ante las figuras de ultratumba, se detiene a escuchar el relato de su muerte que da al aire el labrador de camino pero sigue, irreducible, empecinado, recto. En una glorieta de pinos, el puñal, escondido en sombra, hace su faena, y el Caballero de Olmedo cae, certificando que eran seguros avisos y consejos Tal es la canción popular que Lope de Vega glosa en El Caballero de Olmedo. Don Alonso Manrique es “apuesto y galán”, como se decía entonces. En Medina del Campo se celebran justas donde luce y enamora. La dama que le favorece y con la cual dispone casarse, es a la vez solicitada por otro cortejador, al que despide. El rival de D. Alonso hace los imposibles por derrotarle, tanto en la liza como en el favor de la dama. Todo es inútil. El Caballero de Olmedo no tiene par. Entonces, despechado y humillado, decide matarle. Don Alonso ha de volver a Olmedo entrada la noche. Su enemigo le prepara una celada. Como contrata asesinos y habla de sus proyectos a varia gente, la noticia deja de ser secreta y llega a oídos del Caballero de Olmedo. Aquí entra el interés psicológico de la figura. Don Alonso Manrique, va. Primeramente su escudero le aconseja que dilate el regreso por otro día. Don Alonso no cede. Después le suplica que se procure una escolta. Don Alonso rechaza la propuesta por dos razones: porque no concibe que un hidalgo, como lo es su enemigo, apele a tan malas artes, y porque aunque así sea seguro, un caballero como él no ha de tener pavor a los peligros. Sin embargo, D. Alonso sí que tiene pavor. Terminados los avisos terrenales, empieza lo sobrenatural –como en el Hamlet- a actuar en su conflicto. Se le aparecen fantasmas que le cierran el paso, el presentimiento le llena de melancolía el corazón, ve su próximo fin. Un labrador, invisible en la noche, canta su muerte poetizada como si ya hubiese ocurrido. Don Alonso escucha, estremeciéndose lo propio que en los días siguientes habrá de ser tema de acento popular: Que de noche le mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo. Y D. Alonso Manrique va. Aparta al fiel criado, escucha las voces del cielo, baja la cabeza ante las figuras de ultratumba, se detiene a escuchar el relato de su muerte que da al aire el labrador de camino pero sigue, irreducible, empecinado, recto. En una glorieta de pinos, el puñal, escondido en sombra, hace su faena, y el Caballero de Olmedo cae, certificando que eran seguros avisos y consejos combate, perdían terreno por inferioridad numérica, o de armamento, o de estrategia, se contestaban: “No importa”, y seguían. Si de la derrota no quedaba más que un reducidísimo grupo, el grupo, en presencia del desastre, comentaba: “No importa”, y perseveraba. Éste es un gran estilo de la raza hispana, el tesón para salvar hasta lo último (hasta el aniquilamiento total) las calidades. Un español así es depositario de una suma de honor de la cual tiene que responder ante los demás. Podrá morir, pero muriendo devuelve el depósito intacto a los que le siguen, y esto es lo verdaderamente importante, puesto que la vida no es más que un accidente. Lo que distingue a un hombre así de un fenicio, es que el hombre del “No importa” elige voluntaria y libremente, colocado entre su bien particular o la intangibilidad de la ley moral, lo que está fuera de él y pertenece a todos, elige la parte de divino que hay en cada uno: el alma. El alma de un caballero como don Alonso Manrique es cumplir su palabra y no tener miedo. Don Alonso Manrique, sabiendo que va a ser asesinado, puede ir a Olmedo, o no ir. No yendo, salva su carne, pero su caballerosidad desaparece en la cobardía. Y D. Alonso va. Habrán podido matarle, pero no han podido los asesinos destruir lo que no es sólo suyo, sino de los bien nacidos, el honor. La parte de honor de D. Alonso queda incólume, avalorada más todavía esa religión de la hidalguía”

 

[1]El estudio más extenso sobre la novela sigue siendo el prólogo de J. Entrambasaguas en Las mejores novelas contemporáneas, vol. 6., Planeta.

[2]Acerca del origen, naturaleza, organización y funcionamiento de las checas de Madrid, tan importantes en la novela de Borrás, ver J. Cervera, Madrid en guerra y Violencia política: La retaguardia de Madrid. También es de interés la obra de Cesar Vidal, Checas de Madrid.

[3]Nil Santiáñez, Cartografía crítica del fascismo español: Checas de Madrid de Tomás Borrás. “El espacio es el tema o el principio constructivo de una abrumadora cantidad de textos ensayísticos y literarios fascistas. La conquista bélica se corresponde con una conquista simbólica del espacio. A modo de ejemplo, se pueden espigar, entre muchos otros, los siguientes títulos: Madrid, de corte a checa (1938), de Agustín de Foxá; Madridgrado (1939), de Francisco Camba; La ciudad (1939), de Manuel Iribarren; Frente de Madrid (1941), de Edgar Neville; Madrid bajo el terror, 1936-1937. Impresiones de un evadido, que estuvo a punto de ser fusilado (1937), de Adelardo Fernández Arias; Madrid recobrado. Crónicas de antes y después del veintiocho de marzo (1939), de José-Vicente Puente; Checas de Madrid (1939), de Tomás Borrás; Retaguardia. Imágenes de vivos y de muertos (1937), de Concha Espina; y Poema de la Bestia y el Ángel (1938), de José María Pemán. El espacio también ejerce un papel fundamental en la poética y en la estética fascistas. E. Giménez Caballero, por citar uno de los casos más ilustres y destacados, ve en la arquitectura «la más viril, constructiva, imperial, de todas las artes»; en su superposición de Roma con el fascismo italiano y con su propio ideal fascista, sostiene Giménez Caballero que «el arte esencial al Imperio fue siempre la arquitectura»; y añade, en términos que sintetizan lo dicho hasta ahora a propósito del franquismo y del espacio”.

[4]Literatura y cautiverio: el caso de las embajadas madrileñas durante la guerra civil, de José María Martínez Cachero.

[5]Nil Santiáñez, o.c.

 

 

 

 

 

EL TÍPICO CASO DEL CAMARERO CANSINO O “NO QUIERO CLIENTES”

Este es un caso que todos hemos vivido especialmente en verano.  Nos sentamos en una terraza, posiblemente somos clientes asiduos y de repente nos damos cuenta de que somos invisibles para el camarero, que de repente se ha convertido en ciego y sordo.

Sin duda, el camarero cansino no es el propietario de la cafetería y ni siquiera la camareroposibilidad de una propina es un acicate para él.  Su visión es muy cortoplacista, solo desea que los clientes lleguen uno a uno y que no molesten porque para este tipo de camareros, cualquier petición del cliente, por muy legitima que pueda ser, es un ataque a su comodidad, ya que en realidad, él quiere cobrar un sueldo y no quiere clientes.  Sería interesante conocer la opinión del propietario pero no sabemos quién es o dónde está porque si fuera alguien pendiente de su negocio, el comportamiento del camarero sería muy diferente.

Una empresa sin clientes no es una empresa y si pensamos que cada uno de nosotros tenemos que considerar nuestra profesión como nuestro negocio y  patrimonio (también el camarero cansino), debemos cuidar a nuestros clientes y clientes potenciales  y sobre todo fidelizarlos.

Y, ¿quiénes son nuestros clientes? Si somos profesionales que trabajan por cuenta ajena se pueden enumerar con bastante claridad: nuestros jefes, los compañeros, los proveedores y como no, los clientes de la empresa.

En el caso de los trabajadores por cuenta  propia, parece mucho más fácil definir quien es el cliente y sin embargo, con frecuencia olvidamos que todo aquel con el que nos relacionamos puede convertirse en un cliente potencial.

Últimamente observo una cierta dejadez en la atención al cliente, no se si como consecuencia de la “estivalidad” o por el deterioro de determinadas cuestiones.

La atención al cliente requiere una serie de competencias, tanto técnicas como emocionales que son las que realmente permiten la excelencia en la atención al cliente.  Por supuesto,  cada área de actividad tiene sus propios requisitos técnicos.

Sin embargo, en cuanto a las competencias emocionales, me atrevería a decir que son comunes a cualquier sector.  Entre estas competencias hay que citar las competencias de eficacia personal, las relativas al logro, las competencias de influencia, las gerenciales  y por supuesto, las de ayuda o servicio.

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La atención al cliente requiere que sepamos controlarnos, sentir confianza en nosotros mismos, no dejarnos vencer por los fracasos y por supuesto, compromiso con lo que hacemos.

 

COMPETENCIA logro

Las personas que disponen de estas competencias  fijan las propias metas de forma ambiciosa, por encima de los estándares y expectativas, teniendo especial cuidado en no cometer errores y evadiendo obstáculos que impidan obtener sus objetivos con éxito. 

influencia

 

Son aquellas personas  con la capacidad de despertar ciertas emociones en los demás, son capaces de sentir las reacciones de quienes escuchan su mensaje y se anticipan a dichas reacciones.

La persuasión tiene mucho que ver con la empatía puesto que no es posible influir en los demás si no se trata de comprender su punto de vista y sus deseos.

Facilita mucho las cosas la identificación de un factor común que sirva de vínculo, si mediante un comportamiento empático, se entiende como se siente el interlocutor y se expresa la comprensión de sus sentimientos por compartirlos, sin duda alguna se ha establecido un magnífico punto de partida para tener un efecto persuasivo sobre esa persona.

gerenciales

 

Aunque hasta hace poco se consideraba que estas competencias eran patrimonio exclusivo de la dirección, actualmente se considera que todos los profesionales, sea cual sea su nivel deben estar en posesión, en mayor o menor medida de las denominadas competencias gerenciales.

servicio

 

Engloba este epígrafe aquellas competencias orientadas a la comprensión de las necesidades e intereses de los demás (sensibilidad interpersonal o empatía) y al trabajo para satisfacerlas (orientación al servicio al cliente).

 En resumen, todos independientemente de la situación personal, tenemos que cuidar nuestro negocio y nuestros clientes.  A lo mejor si el camarero cansino decidiera poner en valor las competencias aquí expuestas, su futuro sería mucho más brillante.

BIBLIOGRAFIA

NO SIN MI CLIENTE

COMO SOBREVIVIR AL CAMBIO: INTELIGENCIA EMOCIONAL Y SOCIAL EN LA EMPRESA

 

 

RESCATE DE UNA NOVELA MALDITA: MADRID DE CORTE A CHECA

Hoy vuelvo a tener el placer y el honor de contar con la colaboración de Francisco M. Rodríguez Layna que nos ilustra, en esta ocasión, sobre un libro de aquellos que podríamos considerar como “maldito”.

Rescate de una novela maldita: Madrid de corte a checa

Se suele decir de los escritores Ridruejo, Edgar Neville, Foxá, Rosales, Panero, Adriano del Valle, Luís Felipe Vivanco, García Serrano, Tomás Borrás, Ximénez de Sandoval, Fernández Flores o Rafael Sánchez Mazas, ganaron la guerra pero perdieron las páginas de los manuales de literatura, que o no los estudiaban, o si lo hacían era para estigmatizarlos..

Pero últimamente se reconoce el valor literario por encima de lo político, y algunas obras emblemáticas están siendo reeditadas. Es el caso de una de las mejores novelas escritas sobre la II República y la Guerra Civil, Madrid de Corte a Checa, escrita por Agustín de Foxá, y que voy a analizar a continuación.

Agustín de Foxá escribió esta novela casi íntegramente en el primitivo y profundo café “Novelty” de Salamanca (en plena Plaza Mayor) y lo hizo un poco a vuela pluma entre tertulias literarias y ecos del Cuartel General del Generalísimo en 1937.

La primera edición de “Madrid de corte a checa” fue publicada en abril de 1938 por Ediciones Jerarquía en San Sebastián, aunque en la edición no se cita la fecha ni el lugar. En la portada aparece el palacio Real con una semicorona de flores y en la página siguiente dice: “Episodios Nacionales, por Agustín Conde de Foxá”, y esto quiere decir que el autor pensó continuar una serie novelesca más en la línea del Valle-Inclán de “El Ruedo Ibérico”, que de Galdós, teniendo como telón de fondo la España posterior al Alzamiento; pero no escribió más que este primer volumen.

Agustín de Foxá narra una historia de amor entre José Félix Carrillo (que podría ser un trasunto del autor), hijo de un coronel conservador, que le expulsa de su casa por revolucionario y Pilar, hija de un conde, a la que sus padres casan con Miguel Solís, linajudo y adinerado personaje, aunque calavera; pero válido para emparentar con esta nobleza arruinada.

Las peripecias de la relación amorosa se acompasan al “tempo” histórico que marcan las tres partes de la novela.

En “Flores de lis” refleja los días finales de la monarquía, que son los momentos de desorientación ideológica del protagonista, la boda de Pilar y el consiguiente despecho. José Félix durante el reinado de Alfonso XIII juega a hacer la revolución. Él y sus amigos se encierran en la universidad y se dedican a hacer gamberradas. A la hora de comer, todo se interrumpe y vuelven a casa, a la manera de los universitarios en los años 70. Tras las elecciones del 31, Alfonso XIII abdica, ante el estupor general de la familia y los allegados de José Félix, todos aristócratas o gente adinerada. Ellos y muchos otros postergan su vuelta a España tras el veraneo, expectantes ante los acontecimientos. Finalmente, todos regresan a cuentagotas, dispuestos a retomar sus vidas.

Escrita con un costumbrismo casi amable, esta parte del libro ofrece imágenes de un Madrid donde los novios pasean por un parque del Retiro recién regado y viven en casas en las que, naturalmente, hay una pianola. Aparecen calles, bares, personajes y acontecimientos fácilmente reconocibles: Chicote, Bergamín y hasta el propio Foxá.

En “Himno de Riego”, el asentamiento de la República, que marca el inicio de las decepciones políticas y de la crisis matrimonial de Pilar Rivera (nótense las connotaciones políticas del apellido), a la que solamente la existencia de su hija impedirá caer en los brazos de José Félix. José Félix se ha aburrido de la revolución, que han abrazado otros personajes más oscuros. Se suceden los episodios violentos, mientras que la aristocracia, empachada de comodidad, no se entera de nada. Un grupo de jóvenes falangistas hace frente a los revolucionarios, por los que el autor siente un desdén que no oculta. El tono del libro se recrudece, y todo estalla con el asesinato de Calvo Sotelo y el posterior pronunciamiento militar.

En esta parte de la novela José Féliz se acerca a la Falange y así se narra así la composición de su himno, el Cara al sol, en los sótanos del restaurante “Or-Kompon”: “José Félix, al entrar en aquel local, iba recordando los restos de la antigua decoración debida al enano arquitecto Mercadal. Como conocedor del sitio les explicaba: -Vamos a los bajos porque allí hay un piano. Era una especie de cueva vasca, con acuarelas de Guipúzcoa en los zócalos. carros de bueyes rojos, con la lana sobre el testuz, caseros de boina, frontones, maizales y curas con paraguas, bajo los cielos plomizos de Loyola. -Hola, José Antonio, ¿qué tal, Jacinto? Allí estaba el marqués de Bolarque, don Pedro Mourlane , Rafael Sánchez Mazas, Agustín Foxá, José María Alfaro y Dionisio Ridruejo. Hablaban del “Joven piloto”, una zarzuela de Luis Bolarque y Jacinto Miquelarena. Jaleo de vasos. Trajeron chacolí, sidra y bacalao. -Vamos a hacer una sangría. Después de la cena, el maestro se puso al piano. Tocaba pasodobles y tangos. -Oye, toca ese que hiciste el otro día. Sonó una música enérgica, alegre y guerrera. -¿Te gusta, José Antonio? -No está mal. A ver, ¿cuántos poetas hay aquí?; podríamos hacer un himno para que lo cantaran los chicos. Bajó el mozo unas cuartillas y los poetas se desperdigaron por las mesas. -Tú, José Félix, dame un lápiz. Bolarque, entre la música, hacía los “monstruos”. “Adiós, adiós, el capitán se va”. José Antonio trazó el plan. -Tiene que ser un himno sencillo. En la primera parte debe hablarse de la novia, después de decir que no importa la muerte, haciendo una alusión a la Guardia eterna de las estrellas, y luego algo sobre la Victoria y sobre la Paz”.

En “Hoz y martillo”, estallido de la guerra y persecución de las gentes de orden en Madrid. El marido de Pilar (Miguel Solís) muere a manos de sus braceros, que vengan así los años de esclavitud. José Félix y su antigua novia quedan canónicamente libres para reanudar sus amores; pero son detenidos y condenados a muerte, y un antiguo falangista (infiltrado entre los milicianos, Pedro Otaño) los salva y se ponen a buen recaudo al otro lado de la frontera y después logran pasar a la zona nacional.

Los burgueses y los aristócratas se ven frente a frente con la realidad. Se suceden las redadas, las detenciones y los asesinatos. Foxá consigue que el lector sensible se indigne ante la brutalidad de los milicianos, que meten a sus enemigos en pozos, los rocían con gasolina y los queman vivos. Pero no sólo a ellos: “Ya no caían, sólo, los falangistas, los sacerdotes, los militares, los aristócratas. Ya la ola de sangre llegaba hasta los burgueses pacíficos, a los empleadillos de treinta duros y a los obreros no sindicados. Se fusilaba por todo, por ser de Navarra, por tener cara de fascista, por simple antipatía”.

Foxá refleja crudamente el intento revolucionario de aplastar toda manifestación aristocrática, sea de condición o de espíritu. Es la misma reflexión que realizó de forma teórica Edmund Burke tras la Revolución Francesa, o el Albert Camus que dice que la justicia que reclaman los rebeldes exige la suspensión de la libertad, y “el terror, pequeño o grande, viene entonces a coronar la revolución”.

Estos autores nos descubren que la mentalidad revolucionaria es vengativa, más cercana a la brutalidad que a la utopía. Como dice Foxá: “Eran creyentes vueltos del revés”.

En este ambiente hostil, José Félix madura y descubre en sí mismo valores nobles. Al igual que en la literatura de muchos de estos autores, surge la voluntad del individuo contra la represión. Antes de que la barbarie se apodere de la narración, vemos un Madrid variopinto, donde los cafés son el ágora en el que las opiniones se contraponen mediante coplas, gritos y algún tortazo.

Este es el testimonio que nos deja Agustín de Foxá sobre el Madrid de principios de los años 30, tan diferente a al mundo de hoy, donde en nombre de la corrección se rescinde la libertad de expresión. El lector que sienta interés por la literatura de la Guerra Civil hará bien en leer este libro (también a Max Aub o a Arturo Barea) y sacar sus propias conclusiones. A través de la peripecia vital y amorosa de José Félix- intelectual y político muy relacionado con las figuras de su tiempo- Foxá nos muestra la agitada vida madrileña de unos años de gran atractivo, tanto para la historia, como para la literatura.

El estallido de la guerra civil, es en la novela un eco lejano, de hecho Franco sólo sale en la última página. Al centrarse la acción en un Madrid sitiado y en manos de los sectores más radicales de la izquierda, Foxá logra poner a los falangistas como los verdaderos resistentes contra el orden establecido republicano.

La intervención de los milicianos en el asalto del Cuartel de la Montaña es reflejado en la novela así: “Las masas armadas invadían la ciudad. Bramaban los camiones abarrotados con mujeres vestidas con “monos”, desgreñadas, chillonas, y obreros renegridos, con pantalones azules y alpargatas, despechugados, con guerreras de oficiales, correajes manchados de sangre y cascos. Iban vestidos con los despojos del cuartel de la Montaña. Y entre ellos, como una visión soviética de marineros de Kronstad, los marineros de blanco, con los puños cerrados, gritando, tremolando las banderas rojas y negras de la F. A. I. Pasaban los camiones y los taxis erizados de fusiles. Un miliciano echado en el estribo apuntaba a las gentes de la acera. -¡Fuera de los balcones! Iban arrebatados, borrachos de sangre. Porque la habían visto a raudales correr por el suelo del patio del Cuartel de la Montaña. Como peleles, más de quinientos oficiales y falangistas estaban tirados en el suelo, arrugados, despojados, en mil posiciones, sobre un brazo, boca arriba, encogidos, con las cabezas ensangrentadas. Habían entrado brutalmente al ver la bandera blanca, atropellándose. Ya un grupo de guardias de Asalto llevaba en filas de dos a los rendidos. Y saltó un pocero, cogió a uno de los soldados por el pelo, y le disparó un tiro en la nuca. Cayó contraído, manchándole los dedos de sesos. Aquello enardeció a la masa. Dejaron de ser menestrales, obreros de Madrid, carpinteros, panaderos, chóferes, cerrajeros. Un sueño milenario les arrebataba. Les resucitaba una sangre viejísima, dormida durante siglos; ¡alegría de la caza y de la matanza! Eran peor que salvajes porque habían pasado por el borde de la civilización y de las grandes ciudades y complicaban sus instintos resucitados con residuos turbios de películas, de lecturas, de consignas. Joaquín Mora estaba en el Cuarto de Banderas, con los oficiales, cuando los soldados izaron la bandera blanca. -No podemos resistir -afirmaba el sargento García-; ese cañón que han puesto en la plaza de España va a derribar el cuartel. Volaba sobre ellos un aeroplano arrojándoles bombas. Cuando entraron las turbas, con un griterío de abordaje, Joaquín Mora se metió con otros soldados en una caseta de ladrillo, rompiendo el cristal del montante. La puerta estaba cerrada por fuera. Horrorizados, oían las descargas en el patio, los gritos y los estertores de los heridos, y los insultos de las mujeres. Una gritaba: -A ese que levanta el puño. No hacerle caso. Es un fascista. Se les acercó un soldado, con la angustia pintada en la cara. -Oye, se acercan hacia aquí. Los milicianos golpeaban ya la puerta. Joaquín Mora tuvo un momento de inspiración. Chilló desde dentro. -¡Animo, camaradas! Abridnos. Nos tenían encerrados. ¡Viva la revolución! Rompieron el cerrojo con las culatas. Los soldados comprendieron. Y tuvieron que abrazarse con aquellos asesinos, y cuando salieron al patio, sonreían fingiendo alborozo, en medio de los cadáveres de sus compañeros con los cráneos saltados (…) El temor se extendía por todo Madrid. Cruzaban las calles cientos de camiones, erizados de fusiles. Empezaban los registros; la angustia y el martirio de la ciudad”.

A lo largo de la novela aparecen personajes reales que figuran con sus nombres y con los cargos que ocupan, a quienes Foxá describe con dos o tres trazos.

Este es el terrible retrato de Manuel Azaña: “Era árido y de metáforas apagadas. Se veía la carga enorme de rencor y desilusión, que era su motor y su fuerza. Era un lírico del odio, un polemista de la venganza”.

No mejor parado deja a Santiago Casares Quiroga: “Era huesudo, seco, de sudor frío, con esa crueldad enfermiza de los hombres cuyos pulmones están mal oxigenados. Le entusiasmaba la ferocidad de la “mantis religiosa”.

Frente a estos gobernantes se alzaba, serena, la figura de José Antonio Primo de Rivera y sus falangistas: “Era un muchacho joven, guapo, agradable. Tenía la voz un poco nasal y exponía las ideas con justeza jurídica. Usaba metáforas brillantes”.

Aparecen, también, con sus nombres reales intelectuales y artistas del momento, a quienes retrata con justeza.

Esto dice de Ramón Gómez de la Serna en su tertulia de Pombo: “Se levantaba rechoncho, con su pipa de cenicientas brasas, la chalina de seda moteada y la voz chillona.

De Federico García Lorca dice: “Era moreno, aceitunado, de grandes pómulos, gran calavera y cara redonda (…), presumía de gitano. Era un magnífico poeta”.

A José Bergamín lo describe así: “Católico-marxista y sobre todo un pequeño miserable (…) Era un alma malvada y miserable, que amaba lo deforme, y llenaba de podredumbre sus revistas”.

La novela es netamente urbana, teniendo como escenario de la crónica, la trama y los acontecimientos la ciudad de Madrid. El centro, el barrio de Salamanca y el acarreo humano de los barrios extremos, principalmente Cuatro Caminos y Tetuán son los lugares más transitados por los personajes reales y ficticios. De tal forma esto es así que el gran protagonista colectivo de la novela es la ciudad de Madrid con sus gentes, la aristocracia decadente, la clase media y el proletariado. Solamente en las vacaciones estivales la trama se aleja de Madrid, porque los aristócratas pasan las vacaciones en San Sebastián, San Juan de Luz y Biarritz, mientras que la clase media veranea en la Sierra (Cercedilla y aledaños). En el veraneo de 1931 los aristócratas prolongaron las vacaciones para ver si pasaba la “nicetada”(don Niceto Alcalá-Zamora, Presidente de la República), pero tuvieron que regresar al Madrid democrático, que había recuperado el liberalismo suprimido por primo de Rivera en 1923. Nuevamente en el verano de 1936 la familia de José Félix y otros aristócratas y terratenientes se van de vacaciones a Portugal: Lisboa y alrededores. Y al final de la 3ª parte José Félix y Pilar salen de Madrid para Valencia, cruzan la frontera francesa y luego pasan a la zona liberada por Irún y se incorporan a la toma de Madrid.

En cuanto al tiempo, Foxá narra los hechos acaecidos desde los estertores de la dictadura del general Dámaso Berenguer, los años de la República hasta septiembre de 1937 en Salamanca, donde firma la novela. Son pues 8 años convulsos de la vida de España, donde transitan los personajes reales y ficticios que forman la trama.

En la novela, Foxá maneja en la primera, e incluso en la segunda parte, una prosa poética que da cuenta del fin de una época con una mezcla de alegría pero también de tristeza por las cosas que no volverán.

Lo que más sorprende es el conocimiento que Agustín de Foxá tenía de la situación del Madrid republicano: están los asesinatos de la Modelo, la checa de la Casa de Campo, García Atadell, el teniente Moreno, uno de los asesinos de Calvo Sotelo y que dice en la novela que se fue a la sierra buscando la muerte.

El valor de Madrid, de Corte a checa reside en que nos muestra con toda su crudeza la manifestación de la justicia rebelde. La narración es partidista pero también apasionada y conmovedora. El testimonio del horror saca la novela del ámbito de lo cotidiano y la enmarca en cierta literatura propia del siglo XX que trata sobre la arbitrariedad totalitaria, más cerca del desafío de Solzhenitsyn que del absurdo de Platonov, de la esperanza de Semprún que de la desesperación de Primo Levi.

Ninguneada por cierto sectarismo profesoral, de la novela de Foxá ha escrito Trapiello: “Aprovecha, desde luego, el esperpento, y negarle méritos de acción, lenguaje y cuadros vivísimos, sería absurdo. Salen todos: literatos, políticos, vesánicos, idealistas, aturdidos. Logreros y pisaverdes, rumbosos y feriantes. Con nombre y apellidos. Cientos. Es un cuadro de época, equivocado o no, de primera mano”.

Fco. M. Rodríguez Layna

Biografía de Foxá

Agustín de Foxá y Torroba, Conde de Foxá y Marqués de Armendáriz, nació en Leganés, Madrid, el 26 de febrero de 1903. Falangista de primera hora, escritor, periodista y diplomático. Estudió Derecho y en 1930 ingresó en la carrera diplomática y fue destinado a Sofía (Bulgaria) y Bucarest (Rumanía). Posteriormente, también estuvo destinado como Embajador en Inglaterra, Grecia y Francia. Su camarada y amigo Edgar Neville fue una de sus primeras amistades literarias. Colaboró en revistas como La Gaceta Literaria, Héroe y Mundial,y en la prensa diaria. Su primer libro fue La niña del caracol, editado y prologado por Manuel Altolaguirre, en 1933, con dedicatorias a Ramón Gómez de la Serna, María Zambrano y a Antonio Marichalar Rodríguez Monreal de Codes y San Clemente, Marqués de Montesa. Antes de la Cruzada sólo publicó otro libro: El toro, la muerte y el agua, con prólogo de Manuel Machado. El Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Madrid, donde acababa de tributársele un homenaje con motivo de haber sido destinado al Consulado de España en Bombay. A la postre marchó a Bucarest como Secretario de Embajada en la Representación Diplomática de la república, desde donde se incorporó a la Zona Nacional. Como diplomático estuvo destinado en Bucarest, Roma, Helsinki, y Buenos Aires. Ingresó en las filas de Falange Española en los años treinta. Recibió el Premio Mariano de Cavia en 1948 y en 1959 fue nombrado Académico de Número de la Real Academia Española en el sillón Z, aunque no llegó a tomar posesión. Fue un gran amigo de José Antonio Primo de Rivera, e integrante de aquella corte literaria que rodeaba a José Antonio. Estuvo vinculado a la Falange y colaboró, junto a Rafael Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Jacinto Miquelarena y otros, en la creación y redacción de las estrofas del himno falangista Cara al sol. Fue también cotidiano contertulio en la tertulia literaria “La ballena alegre”, a la que asistían José Antonio Primo de Rivera y destacados falangistas de primera hora. Trabajó y colaboró en diferentes periódicos y revistas nacionales, como Jerarquía y Vértice junto a intelectuales de la talla de Alfonso García Valdecasas, Pedro Laín Entralgo, Ángel María Pascual, Gonzalo Torrente Ballester, Dionisio Ridruejo, Eugenio D´Ors, el pintor Sáenz de Tejada, Ernesto Giménez Caballero, José María Pemán, Edgar Neville, José María Castroviejo, Álvaro Cunqueiro, etc. Fundó Legiones y Falanges, editada desde Roma y donde colaboraron escritores destacados como el crítico y autor teatral Alfredo Marqueríe, Rafael García Serrano, Azorín, Eugenio Montes y, el por entonces joven estudiante, Camilo José Cela. Foxá cultivó gran número de géneros literarios, destacando en especial su poesía, con libros como: La niña del caracol (1933); El almendro y la espada (1940); Poemas a Italia. Antología poética 1933-1948 (1948); y El gallo y la muerte (1949). También se acercó al teatro, escrito a veces en verso: Cui-Ping-Sing (1940); y El beso a la bella durmiente (1948); aunque también escribió teatro en prosa como el drama Baile en capitanía (1944); o la comedia Gente que pasa (1943), premiada por la Real Academia Española. Destacar que realizó el prólogo al libro de poemas Cristal sobre los aires, de su buena amiga y camarada Sarah Demaris, pseudónimo de la escritora, poetisa, periodista y actriz de la Sección Femenina, Sara Barranco Soro. El reconocimiento del gran público le llegó con Madrid, de Corte a checa. Las Obras completas de Agustín de Foxá fueron publicadas en Madrid por Prensa Española, entre los años 1963 y 1964. Foxá era una persona muy ingeniosa, de gran inteligencia y sentido del humor. Estaba casado con una mujer bellísima que llamaba ciertamente la atención. Pero ya sabemos que la envidia es el pecado nacional por excelencia, y se empezó a comentar que su mujer le engañaba. Cierto día, ya harto de esos chismes, dijo: “prefiero una maravilla para dos que una mierda para mí sólo”. Prolífico en el cultivo de diversos géneros, destacó sobremanera como conversador de altos vuelos. Fue, entre otras cosas, un insigne escritor. La fama de su calidad expresiva de viva voz llegó al extremo de que era suficiente que cualquier anfitrión al invitar a sus comensales pronunciara el “viene Foxá” para garantizarse plena asistencia. Durante su paso por Italia tuvo ocasión de asistir a la histórica entrevista de Franco con Mussolini que tuvo lugar en Bordighera. Allí fue testigo del argumento que el Caudillo esgrimió ante el Duce, mediante el cual afirmaba la negativa a sumarse a la causa del Eje. La base argumental la desarrolló Franco mostrando a Mussolini un pan negro habitual en el consumo de los españoles de aquellos años. Le dijo que generalmente las guerras comenzaban comiendo pan blanco y terminaban comiendo pan como el que le enseñaba. Con ello quería Franco hacer hincapié en la imposibilidad de que, comenzando por lo que debía ser el final, un país como España entrara en la guerra. Además de Roma dejó estela de su paso por Bucarest, Helsinki, Montevideo, Buenos Aires, La Habana y una luz efímera en Manila de donde abatido por la enfermedad tuvo que ser trasladado a Madrid para vivir sus últimos días. Los meses transcurridos en la capital finlandesa alcanzaron notoriedad debido al éxito alcanzado por la obra de “Curzio Malaparte Kaputt”. La arrogancia de este condotiero de la pluma le llevó a decir años después de la publicación de esta obra, modelo dentro de la literatura de escándalo, refiriéndose a Foxá: “el conde Agustín de Foxá, a quien hice célebre con Kaputt…”. Lo cierto es que junto con Himmler, Isabel Colonna o la princesa Luisa de Prusia, Foxá es una de las figuras destacadas del libro pero, por otra parte, brillaba con luz propia, proponiéndoselo o espontáneamente. Una excursión desde Buenos Aires, donde estuvo destinado, le llevó al altiplano boliviano, y como contagiado por el efecto alucinógeno de la coca que mastican los indios como remedio infalible para combatir el soroche o mal de altura, dejó esta pincelada ilustrativa de toda una cultura: “Fui a Bolivia, donde las indias van vestidas de lagarteranas pero con bombín de Charlot y pendientes de diamantes entre sus trenzas. Llevan siete sayas de diferentes colores y, cuando bailan, se irisan entre las llamas de ojos de mujer y caderas tan voluptuosas que obligarían a dictar una disposición a los Virreyes prohibiendo a los indios pastores del altiplano conducirlas si no iban bien acompañados de sus mujeres. Así nació el pecado nefando que no mereció la anatema de la Biblia porque Jehová nunca vino a América…”. Acerca de Foxá una conspiración de silencio ha pretendido ocultarlo a la curiosidad de cuantos puedan tener interés por conocer a los auténticos valores de la literatura española del siglo XX. Ha sido obra de la inteligencia encargada de expender pasaporte de progresía con criterios dignos de los mejores tiempos del estalinismo. Se atribuye a Baroja la afirmación de que “la intransigencia de los liberales y de los que en España se llaman avanzados” ha instalado una alcabala para cobrar peaje a los señalados como conservadores, fascistas, reaccionarios y otras caprichosas lindezas. Muchas frases y ocurrencias suyas fueron muy celebradas en su tiempo. A César González Ruano le contaba cómo fueron los milicianos rojos a detenerle después del 18 de julio de 1.936: “Me salvé de milagro. Enseñé el pasaporte diplomático de Cónsul de España en Bombay. Creyeron aquellos tipejos que Bombay era mi sede habitual y que ejercía de Cónsul en España. Uno dijo: “Bueno, vámonos, de poco nos cargamos a un indio’, los muy ignorantes… Al decretar las Naciones Unidas el aislamiento a España, en vísperas de Postdam, comentó: “Vais a ver la patada que le dan a Franco en nuestras posaderas”. Igualmente, en julio de 1.945, en el relevo en el Ministerio de Asuntos Exteriores de José Félix de Lequerica Erquiza por Alberto Martín Artajo, éste le pidió su casaca de Ministro a su predecesor por no tener él una para la Jura, ante lo cual afirmó Foxá: “He visto muchas veces cambiar a un Ministro de chaqueta, pero nunca hasta hoy a una chaqueta cambiar de ministro”. Y siguiendo con este tema, cierto día le dijo a un diplomático que se había marchado siendo Ministro Ramón Serrano Suñer, y volvió cuando lo era el citado Alberto Martín Artajo, que era de la “Santa Casa” o de Acción Católica, de la que llegó a ser Presidente: “Antes, al entrar al despacho del Ministro, se gritaba ‘¡Arriba España’! En cambio, ahora hay que decir ‘Ave María Purísima’” Al Embajador de Gran Bretaña le espetó cierta vez: “Los españoles están dispuestos a morir por la dama de sus pensamientos o por un punto de honra, pero morir por la democracia les parece tan tonto como morir por el sistema métrico decimal…” Célebre también fue su respuesta a la esposa de un diplomático hispanoamericano que durante una comida oficial no cesaba de despotricar contra España y el Descubrimiento y Conquista de América: “Pues mire, o desciende usted de españoles o todavía se le notan las plumas de sus antecesores en la cabeza.” Otro día estaban algunos dando largas explicaciones técnicas a un diplomático hispanoamericano sobre los pactos de España con los Estados Unidos y con el Vaticano, y él se lo resumió de esta forma: “Se trata de que los españoles hemos conseguido para cada uno 10 dólares y 3 días de indulgencia.” Y hablando de Hispanoamérica, en un teatro de un país hermano, durante un recital, el público comenzó a tirar huevos podridos. Agustín de Foxá, sin inmutarse, oliendo los restos de uno de esos huevos podridos que se había estrellado en su esmoquin, dijo en alta voz: “¡Los que tiraron ayer estaban mucho más frescos!” Estando en Cuba, comentó: “Estoy contentísimo en Cuba, ya que soy ingenioso y Cuba es la única nación del mundo donde un “ingenio” puede hacer rico a un hombre”. Hay que aclarar que en Cuba se llama “ingenios” a los cañamerales, es decir, a las fincas donde se cultiva la caña de azúcar. En una tertulia de La Habana, se hacían algunos comentarios irónicos sobre España. El que dirigía la conversación era un gran industrial azucarero de Cuba, persona de las más influyentes de La Habana. Súbitamente, lanzó Foxá la tremenda andanada: “Para presumir de genio y para hablar mal de España hay que tener mucho ingenio y el suyo… sólo es de caña”