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Acerca de londonomateus

Autora de los libros “Guía para la Secretaria Ejecutiva” (3ª Ed.) y ”Habilidades de Gestión para la Secretaria Eficaz” (3ª Ed.), “Atención al Cliente y Gestión de Reclamaciones: En busca del Grial” (2ª Ed.), y “Cómo Sobrevivir al Cambio: Inteligencia Emocional y Social en la Empresa” (2ª Edición), “Buscar trabajo es un trabajo” y “No sin mi cliente”, Hablar en público sin miedo y Marca personal y Profesional todos de FC Editorial. Diseña e imparte cursos especializados en la formación del secretariado, fundamentalmente orientados al perfeccionamiento de las competencias emocionales y técnicas del secretariado, la organización y a la atención al cliente, tanto presenciales como en la modalidad e-learning. Es presidenta de la Junta Directiva de la Asociación del Secretariado Profesional de Madrid.

Libros malditos: Checas de Madrid, de Tomás Borrás.

Como en ocasiones anteriores, es para mi un placer y un honor  contar con la colaboración de  Francisco M. Rodríguez Layna que nos ilustra, en esta ocasión, sobre otro de esos libros que de alguna manera podríamos considerar como “maldito”.

Pero, ¿por qué considera el profesor Rodríguez Layna que son libros “malditos”?  Puede que en esta época en la que estamos sometidos a la tiranía de la  corrección política, determinadas novelas sobre la  Guerra Civil española puede que no se ajusten a las corrientes ideológicas mayoritariamente aceptadas o bien porque la trayectoria de autor no se corresponda con el  prototipo de intelectual aceptado por lo  políticamente correcto.

Checas de Madrid, de Tomás Borrás.

 “La madre se estremece de frío, aunque la madrugada llega tibia, envuelta en olores de acacia. Mira por una y otra de las rendijas de la persiana, rayas de luz con caricias trémulas del árbol del callejeo madrileño. Enfrente, los bultos de tres milicianos de la vigilancia nocturna pateando el asfalto, toses y blasfemias de Dios; oyen pasos y sacan el revólver de entre las mantas cameras que les abrigan. El níquel da su espejo frío. -¡Anda, si es el Poca, su ágüela, y trai churros! Por poco te damos el paseo. Ríen, forzando la brutalidad de la risa para que se entere la calle, se alejan hacia un banco del jardincillo y echan a disputar a gritos; voces agria, manoteo, pistolas empuñadas. A la puerta del frontón está, como abandonado, un automóvil negro. -¡Que nos traerá el día, Dios mío! –suspira la madre. Tiene los ojos rojos, sus dientes entrechocan. En el rincón de la cómoda y la pared, da su llama humilde la lamparilla. No alumbra a ninguna imagen. La estampa de Nuestra señora de los Dolores hubo de quemarla, “por si vinieran”. Para la madre, la Dolorosa está allí, y la lamparilla es ofrenda al óvolo afligido por aquellos puñales que traspasan el corazón. “El devoto de la Virgen de los Dolores anhela el sufrimiento para purificarse en esta vida”, creía la madre. La Virgen le ha dado en pocos días tanta pena, que no tiene fuerza física para soportarla; agotada, enferma, eso acrece su angustia. –Si falto yo, si tiene que cuidarme, ¿qué va a ser de mi hijo? El hijo ha salido de la alcoba al oír la descarga, que retumba: trueno en la bóveda del frontón. Fusilan todas las madrugadas en la cancha. Sobre la puerta del edificio, bandera roja, hoz y martillo recortados en blanco; bandera flátida, sin viento, que cuelga, entraña ensangrentada, sobre el rótulo: “Radio comunista, número, 6”. Otra descarga seca, otra casi simultánea. La madre, cae de rodillas, se retuerce los dedos: -¡Ay, Virgen Santísima! ¡Virgen Santa! ¡Cuántos serán los de hoy! ¡Dales valor, Dios mío; dales valor, Dios mío! La cólera de os fusiles la responde. Nuevamente, su chasquido seco. Después, detonaciones sueltas, más débiles. –El tiro de gracia –piensa el hijo. Y cuenta-: Uno, dios, tres- ¡Once solo aquí! En algún piso de la vecindad lloran con sollozos convulsivos. Una voz enérgica se impone. La madrugada queda en silencio. El hijo se inclina sobre la mujer y la levanta en brazos. –Madre, no has dormido. ¿Qué adelantas con pasarte la noche escuchando la calle? La mujer coge la cara fresca y aniñada del muchacho y la mira con ojos escaldados, que el horror hace más grandes: -¡Tú no, hijo mío! ¡Tú no!… Un motor estremece los vidrios, y el muchacho va, rápido a mirar. El camión se detiene ante la checa comunista. El mecánico se amodorra, de bruces, sobre el volante. Brincan al suelo milicianos de zamarra, gorro cuartelero y fusil. El muchacho aparta a viva fuerza a la mujer, abatida. -¡No lo veas, no te atormentes más! Ha acudido el grupo de los vigilantes de noche al interés de la maniobra. Un sereno también; de algunos portales brotan, restregándose las manos, hombres de pelambre revuelta que dejan la cama; alguno lleva la librea azul o verdosa: porteros que no quieren perderse el espectáculo. Se reúnen, levantando el puño, fraternizan, entran todos en el frontón. El sereno queda en la calle para “echar el ato! Y avisar “si ocurriese novedad”. A poco, el mecánico, saliendo del sueño, ponen en marcha el motor. Sacan los cadáveres. Un miliciano agarra la cabeza, otro los pies; balancean el cuerpo muerto y lo arrojan al camión con golpetazo de cráneo. Porteros y milicianos comentan a voces. Una manera de exhibir su gustazo de ser los amos de todos, es hablar a gritos, señorear también con el vocablo, comprobar que, ante su frase, nadie rechista. –Ya ves tú, a ese le denuncié yo; tanto orgullo, que apenas si saludaban al salir, y ahora se hace la cusca. La carga de asesinatos colma el camión. –Es que hay más que setas. –Yo no sé de donde sale tanto carca. Otro se engríe de poder hablar con los responsables de Radio comunista. –Las casas están llenas; así nos tenían de oprimidos. –Pues a matar a todos; que cada cual denuncie a los suyos. Un responsable les mira autoritario y repite, con énfasis, dialécticas de periódico: ¡Hay que liquidar ahora totalmente la lucha de clases; así el proletariado queda libre de enemigos para siempre. Si por falso sentimentalismo dejamos burgueses entre nosotros, nos harán la guerra de una manera u otra. Cuanto antes acabemos con ellos, antes triunfará la causa, y en definitiva. Es la consigna revolucionaria que tenéis que obedecer”.[1]

Con esta prosa que vaga despacio entre numerosas pausas y que es capaz de transitar en el mismo párrafo aspectos vanguardistas y detalles (sutiles detalles, más bien) modernistas, inicia sus Checas de Madrid.

La novela lleva a cabo, a través de la experiencia del joven falangista Federico una detenida exposición de la represión llevada a cabo en Madrid al comienzo de la guerra por los milicianos de las distintas organizaciones revolucionarias, que, por su minuciosidad, supone una descripción del sufrimiento y de sus manifestaciones.[2]

Constituye uno de los documentos más vivos y extraordinarios que en relación con las persecuciones desarrolladas por el marxismo en la roja zona se han escrito. Por sus páginas o, mejor dicho, por sus paneles, el lector se pierde en una angustiante y oscura Madrid plagada de muertos durante los primeros compases de la Guerra Civil. Dicho así, no parece ninguna novedad, pues se sumaría a la serie de relatos sobre el conflicto que se atesoran a lo largo del siglo XX.

La novela comienza relatándonos la preocupación que siente doña Fuenciscla por la seguridad de su hijo de dieciséis años, y termina cuando ella se dirige al Ateneo Libertario de Vallecas, en el que su hijo ha sido asesinado; los milicianos anarquistas le ocultan el hecho, y le dicen, con malignidad, que «su chico pide tabaco»: así podrán fumar a costa de un vil engaño.

El eje de toda la novela es la producción del espacio. El narrador relata los arrestos, las torturas, los asesinatos, los saqueos, la incautación de casas, los paseos de que son víctima los madrileños afectos al bando nacional. Por decirlo con certeras palabras de Engenio de Nora, se trata de una «visión alucinada de una capital del terror, entre torturada y vesánica». Tales itinerarios de la violencia tienen como punto de referencia un sitio en el que se simboliza el espacio republicano y el mal que encarna: las checas.

Ahora bien, las expectativas cambian cuando vemos que el punto de vista está en los ojos del joven falangista y que las cuadrillas que representa al Frente Popular se distorsionan en feroces milicianos sedientos de sangre, cuyo único objetivo es purgar todo lo que no consideran parte del proletariado.  

Para Borrás,  los milicianos no sólo aniquilan a sus oponentes; también destruyen la ciudad. Los espacios, los lugares, los itinerarios y los mapas de los milicianos conforman por todo ello una cartografía del mal. Los lugares de Madrid que describe Borras son absolutamente grotescos, sin ninguna ley aparente. En primer término, son lugares desordenados; en ellos, los objetos aparecen aislados; no hay ninguna ley que establezca entre ellos alguna norma de coexistencia.

“La novela denuncia la formación de espacios transgresores de la ley del lugar. Los republicanos alteran de un modo radical el sentido estable, tradicional, de los lugares. La eliminación de los límites entre lo elevado y lo vulgar, junto con el cambio de funciones de los lugares, es una característica fundamental de los lugares republicanos. La belleza clásica y la subyacente ética clasista de los lugares se superpone con el mal gusto y la amoralidad de sus nuevos habitantes, lo cual origina unos lugares grotescos, escandalosos. La reescritura grotesca del espacio modifica su significado previo: la producción espacial republicana implica necesariamente una subversión semántica. La estética de lo grotesco de la que deriva dicha subversión está en íntima relación, en Checas de Madrid, con una ética del mal: en casi todos los lugares republicanos descritos en la novela se llevan a cabo torturas y asesinatos. El desorden espacial, la estética de lo grotesco y los actos amorales conllevan un desorden simbólico y semántico. Esta estrecha asociación entre lugares grotescos y actos amorales indica claramente que el mal de los republicanos es, simultáneamente, ético y estético. En otras palabras, los republicanos han rescrito la ley del lugar, con lo cual han configurado un espacio rio tanto en su apariencia estética como en su dimensión ética. En el sistema espacial republicano, el significado de los lugares viene determinado por su uso” [3]

La importancia del espacio en el franquismo se manifiesta con fuerza desde la guerra civil. El espacio es el tema o el principio constructivo de una abrumadora cantidad de textos ensayísticos y literarios falangistas.

La conquista bélica se corresponde con una conquista simbólica del espacio. A modo de ejemplo, se pueden espigar, entre muchos otros, los siguientes títulos: Madrid, de corte a checa (1938), de Agustín de Foxá; Madridgrado (1939), de Francisco Camba; La ciudad (1939), de Manuel Iribarren; Frente de Madrid (1941), de Edgar Neville; Madrid bajo el terror, 1936-1937. Impresiones de un evadido, que estuvo a punto de ser fusilado (1937), de Adelardo Fernández Arias; Madrid recobrado. Crónicas de antes y después del veintiocho de marzo (1939), de José-Vicente Puente; Checas de Madrid (1939), de Tomás Borrás; Retaguardia. Imágenes de vivos y de muertos (1937), de Concha Espina; y Poema de la Bestia y el Ángel (1938), de José María Pemán.

El espacio también ejerce un papel fundamental en la poética y en la estética falangista. E. Giménez Caballero, por citar uno de los casos más ilustres y destacados, ve en la arquitectura «la más viril, constructiva, imperial, de todas las artes»; en su superposición de Roma con el fascismo italiano y con su propio ideal fascista, sostiene Giménez Caballero que «el arte esencial al Imperio fue siempre la arquitectura»; y añade, en términos que sintetizan lo dicho hasta ahora a propósito del franquismo y del espacio:

«Estructurar, edificar, ordenar son los verbos del Estado. Verbos arquitectónicos. Toda resurrección de lo estatal en la historia significa un resucitamiento de lo arquitectónico. Primacía del Estado; primacía de la Arquitectura./Arquitectura: arte de Estado, función de Estado, esencia del Estado./ Ha llegado la hora de una nueva arquitectura, de un estilo constructor.

Porque la hora de un Estado nuevo genio de Roma, jerárquico, ordenador ha llegado al mundo./ Que las otras artes […] se disciplinen y preparen para ocupar su rango de combate y ordenamiento. La Arquitectura tiene el puesto de mando»

En la novela, los republicanos carecen de posiciones ideológicas auténticas; más que por sus opiniones políticas, se caracterizan por el desenfreno, la bestialidad, la abyección, la depravación y el materialismo; semejante caracterización de los republicanos es común, cabe añadir, en la narrativa fascista.

A los milicianos no les cohíbe ningún sistema moral, ningún compromiso ético con los demás. Están libres de toda atadura y se lanzan a la satisfacción de sus instintos más primarios, desde las pulsiones sexuales hasta las homicidas. Esta asociación entre la liberación de determinadas fuerzas primarias y la praxis revolucionaria relaciona intertextualmente a Checas de Madrid con Demonios, de Dostoievski.

Checas de Madrid señala explícitamente ese vínculo con el autor ruso. Uno de los portavoces autoriales, Fadrique de Lorenzana, afirma lo siguiente después de mencionar a Dostoievski:

«El alma tiene su digestión; come, asimila y expulsa, lo mismo que el cuerpo. Pero no vemos los residuos. Si se corporeizaran no podríamos ahora movernos más que nadando en mierda. ¡Eso es todo! ¡Detritus del alma! ¡Las almas vertiendo su cieno sobre Madrid! ¡Madrid, inundado de suciedades de alma!»

La visión de una manifestación a los inicios de la guerra civil es de una gran crudeza descriptiva, y ha sido considerada por los analistas de la obra, como uno de los pasajes clave para entender las pretensiones de Borrás al escribir su novela:

“Venían los gritos espaciados, uniformes, en compás cantando por millares de gargantas unánimes. –U, hace, pe! ¡U, hache, pe! ¡U, hache, pe! La manifestación inundaba la glorieta de Atocha, canalizándose Prado arriba, para bajar por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol. El suburbio afluía, marea de la miseria y el andrajo. Los Carabancheles, la carretera de San Isidro, Mataderos y el cuartel de los Gitanos, Basureros y la orilla derecha del Manzanares, las rondas y los barrios bajos, cuyo eje es la calle de Toledo, vomitaban en el lujoso centro de la capital sus heces turbias, Mujeres aviejadas, saco liado al esqueleto, pingo en la pelambre, manos encarnadas de coger ladrillos en el tejar; vendedoras de verduras, y aguardiente, y gallinejas; comadres de casa de vecindad con críos al pecho; hampones en traje de prendería, tizne de obreros de andamio, el pozo negro y la fragua; niños encanijados, en camisa, vientre inflamado y piernecillas de hilo; carreteros y corsarios de faja y faca;  huertanos del riego con agua de alcantarilla;  familias descalzas de traperos, el cacroma entre la costra, seguidos de perros feroces; maleantes de ficha política; palurdos satisfechos de mandonear en los paseos que antes les cohibían por la finura de su concurrencia; achulados con cara estragada capitaneando cortos rebaños de hembras, lúbricos mascarones de afeite barato; tipos de Casa del Pueblo, intentando dirigir y organizar la espesura de muchedumbre; muchachos vestidos de mecánico, de los talleres del Pacífico”.

Al describir la estación del Mediodía, el narrador afirma:

«La estación, metáfora vulgar de precisión, exactitud y orden, estaba desordenada, estruendosa, confusa como en feria».

Un teatro se convierte en una checa dirigida por un antiguo apuntador resentido con los actores. En un momento de la acción, el apuntador sale al escenario vestido de época y empieza a actuar; al final de su actuación, obliga a los presos, alineados en la platea, a aplaudir. Es importante notar que en esta checa se les prohíbe a los presos hablar y moverse; de este modo, se pervierte una norma de cortesía habitual en casi todos los teatros, y que se resume con el ruego de «silencio, por favor» mientras se representa la obra en el escenario. En este teatro, el actor es un chequista; el público, detenidos que seguramente van a ser ejecutados.

Aparte de esa visión dramática y dantesca del funcionamiento de las checas, destaca en la narración de la novela la descripción del “paseo”, por unas masas enloquecidas, de la cabeza del general López Ochoa, encargado de sofocar la revolución de Asturias de 1934, y a quien se le achacaba la responsabilidad de la represión de los mineros.

La situación de los chequistas es cada vez más insoportable, conforme avanza la acción narrativa. Hace muchas semanas que no tienen agua para lavarse y apenas se les da comida. Para animar el ambiente en una de las celdas, un médico falangista cuenta anécdotas cortas a sus compañeros. Una de ellas habla de dos alemanes, combatientes de la Legión Cóndor, que –al igual que los chequistas– están ahora encarcelados en una checa madrileña.

El médico, que goza de cierta popularidad entre los chequistas, propone pues:

“¡Concurso de cuentos! Premio, cinco pellejos de habichuelas por barba, cuando tengamos de menú pellejos de habichuelas. Empezaré yo. Otto y Fritz vienen a España en la Legión Cóndor, esa que les pone chalupas a los rojetes, y caen prisioneros. La mujer de Fritz recibe la siguiente carta: «Querida Elsa: He tenido la suerte de incorporarme al territorio del gobierno legítimo de la República. Me tratan divinamente y estoy lleno de satisfacción. Por la mañana me entran el desayuno a la cama, a eso de las diez y media, un desayuno hermoso: chocolate, leche, bollos y cigarrillos. Después de bañarme, porque estoy en un hotel hermoso, hago gimnasia y monto a caballo, lo mismo que los demás prisioneros, y me divierto de un modo hermoso. Luego paseamos por las calles, que están animadísimas y llenas de una vida muy hermosa, y compramos cosas, y reímos, y vamos a tomar un hermoso aperitivo. Y luego al comedor, donde nos sirven cinco platos y dos postres, hermosísima comida, y luego al café con amigos prisioneros, y bebemos licor, y fumamos puros hermosos. Después duermo la siesta, y luego juego al ajedrez, y voy a tomar la merienda, que es una merienda hermosa y grande, y luego a bailar hasta las nueve, en que nos dan la hermosa y grande cena, y después de beber licor y fumar los puros, vamos a una sesión de cine, o vamos al teatro, y nos acostamos a media noche después de tomar té para tener un sueño hermoso. Por eso te digo que estoy entusiasmado y lleno de satisfacción por haber venido al territorio del gobierno legítimo de la República, que es el único legítimo. Te quiere, Fritz». Posdata: «Dile a la mujer de Otto que a Otto le han fusilado por no querer escribir una carta como ésta.»

En la novela, Madrid se ha convertido en otra ciudad, bolchevique, en el Madridgrado de las charlas radiofónicas del general Queipo de Llano. Una ciudad que en la puerta de Alcalá aparecen fotografías de tres líderes soviéticos, entre los que se encuentra, como no, Stalin.

“Las calles estaban sólo pobladas por gesticulantes carteles. Desde los muros, llamaban a los transeúntes, atronándoles los ojos con lo enérgico de sus imperativos; les clavaban repetidas, machaconas, una vez y otra vez, cortas consignas en el cerebro; ascendían sus frases entre admiraciones gordas como cohetes: ¡Fortificad! “¡Todos los hombres al frente!” “¡Madrid será la tumba del fascismo!” “¡La U.U.R.S. está con nosotros!” “¡Fortificad!” “¡Fortificad!” “¡Fortificad!” “Para acabar con la quinta columna basta un cuchillo o un puñal” “Contra la guerra imperialista y el fascismo” “¡Vivan los soviets chinos!” (…) Calles blancas de madrugada, opacas de silencio, vacías de movimientos de carruajes, ajenadas al chorrear de chafarrinones artificiosos de sus paredes, y a las hipérboles políticas estampadas sobre su cal cadavérica y sobre sus heridas de obús; muertas calles suspensas, con lividez de antesol, disfrazadas con las percalinas reteñidas de la propaganda”

El final es el que corresponde a esta dura y en todo momento angustiosa novela.

“La madre lleva tres viajes, tres días, al caserón en soledad, tierra agostada del Puente de Vallecas. Está muy lejos para ir arrastras los pies, para ir arrastrándose toda, tan lenta. El hijo está allí, se lo dijeron en el Ateneo Libertario, se lo confirmó la guardia del casón, y pide cosas, pide todo lo que pueda llevarle tapado por su manto pobrecito, acariciado, porque es para él, por sus manos de gruesas venas azules. –No le harán ustedes nada, ¿verdad? Porque él no ha hecho nada. ¡Si no ha cumplido dieciséis años!… Es un niño…-La madre dice el supremo argumento, el que la tranquiliza. Nadie se enseña, nadie hace sufrir a los niños- -Esta tía loca se cree que le íbamos a tener aquí…Hay que largarla… -Deja, que así trae cosas y nos llena el buche. –Su chico pide tabaco. Que se espabile, usté, viejales, y que le traiga cajetillas. La madre sonríe, camino de arrastras, encorvada: -¡Pero este hijo! ¡Si no fumaba! Pero se me va haciendo mayor…,¡y lo que le aburrirán ahí los infelices!… ¿Cómo voy a tener dinero? ¿Dónde habrá tabaco?… Tú me ayudas, ayúdame, Virgen de los Dolores…”

Autor y obra

Tomás Borrás nació en Madrid, hijo de tarraconense y de segoviana. Cursó el bachillerato en el Instituto de San Isidro y posteriormente comenzó la carrera de leyes, que abandonó pronto debido principalmente a su falta de vocación. Ya desde joven comenzó a escribir. Fue tertuliano del Café de Pombo y como tal aparece en el célebre cuadro de José Gutiérrez Solana.4

Estuvo casado con la tonadillera y cupletista Aurora Purificación Mañanos Jaufrett, conocida como «La Goya». Una mujer clave en los momentos de la clandestinidad en que vivían los militantes de Falange tras su ilegalización. Ella era la que hacía de trasmisora de los comunicados que desde la cárcel remitía José Antonio.

Borrás entró en el mundo del periodismo, e inicialmente tuvo colaboraciones periodísticas en el diario oficioso La Nación durante la Dictadura de Primo de Rivera, aunque en 1930 ingresó en el diario ABC y en su publicación anexa, la revista Blanco y Negro.

Militó inicialmente en las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) y luego en Falange Española. ​

Iniciada la guerra civil, como otros escritores falangistas como Jacinto Miquelarena, Rafael Sánchez Mazas o José María Alfaro, buscó  refugio en una embajada. En su caso, la de Checoslovaquia..

Durante el Régimen franquista colaboró con publicaciones como Vértice, y posteriormente pasó a dirigir los diarios F.E. de Sevilla y España de Tánger y llegó a ser cronista oficial de la Villa de Madrid. ​

Literariamente se le puede considerar dentro del modernismo y hay que destacar su fuerte implicación en una de las compañías más renovadoras de la escena española, el Teatro de arte dirigido por Gregorio Martínez Sierra. En particular su pantomima El sapo enamorado, estrenada en 1916 con música de Pablo Luna y decorados de José Zamora, forma parte de una de las propuestas más innovadoras (junto a El amor brujo o El corregidor y la molinera, las otras dos pantomimas representadas en el Teatro Eslava) de la escena madrileña del momento. La pared de tela de araña (1924), La mujer de sal (1925, ) El rey de los Estados Unidos (1935). Checas de Madrid (1940), La sangre de las almas (1947) y Luna de enero y el amor primero (1953)

Escribió una obra fundamental sobre Ramiro Ledesma Ramos, que sigue siendo hoy imprescindible para conocer la personalidad del fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas.

En cuanto a Checas de Madrid, era un libro que había quedado relegado del canon de estudios literarios por su presunto, para casi todos los manuales de literatura, corte fascista, hasta su rescate en el año 2016 debido a la edición preparada por Emilio Peral Vega y Álvaro López Fernández, que conforma el texto de la versión de 1939, con algunos cambios introducidos por Tomás Borrás en 1963 y que son señalados entre corchetes.

Lejos de cualquier filiación o fobia política, resulta doblemente importante la salida de Checas. Primero por el hecho de rescatar cualquier texto, hasta el momento sepultado por el tiempo, es un síntoma positivo; y segundo, porque la salida de este tipo de literatura del bando «nacional», lejos de cualquier cristal ideológico, posibilita la recuperación de parte del patrimonio artístico olvidado y que permite trazar un mapa sobre la realidad literaria existente durante la Guerra Civil

Esta obra, hay que tomarla, como ya hemos señalado, como un reportaje de la crudeza de las checas y para reflejarlo está desarrollado como un compendio de la maldad republicana, todo ello haciendo uso de una estilística del horror en que la deshumanización y el entusiasmo por la técnica, se hallan unidas de una manera macabra.

He aquí, presentada en fragmentación vanguardista la descripción de las víctimas de la vivisección:

“Apagadas las luces del portalón del Asilo, las linternas eléctrica rasgaban la tinta de la negrura; aparecían súbitamente hombres deslumbrados tapándose los ojos; o las espaldas de los que iban hacia la calle invisibles con cadáveres a cuestas. La desnudez de los asesinados era yesosa en la ducha de luz; sus manos colgaban de los brazos y los brazos del tronco; balanceándose, secas ya las heridas, emplastos de color de chocolate. Algunos, con medio rostro arrancado, como en las láminas de anatomía; ramales de músculos, blancos hilos de nervios y la esfera del ojo estupizada, a una pierna abierta con resección de hueso, vaciándose de algodones al arrastrar el largo vendaje. Los mozos del furgón, la enorme caja funeraria, repugnaba los disecados por las vivisecciones. –Pero ¡qué les hacéis? –El médico, un extranjero mu sabio, como tós los extranjeros, está inventando no sé qué, y a eso se prestan. Callada la noche, el motor rompía a estornudar. Las despedidas: -¿Cuántos hubo ayer? –Quinientos siete; no sabemos ya donde echarlos. –Esto va bueno. Hacia el Depósito Judicial se dirigía el enorme féretro negro rebotando oleadas de carne. –Quinientos siete ayer… -Más de medio mil todas las noches en el Depósito Judicial…Los diarios imprimían a la misma hora sus imperativos excitantes: “Detened”… “Denunciad”… “Hay que limpiar la retaguardia”… Los carteles, idénticos gritos en los muros; la radio, los discursos de mitin esperaban su momento para repetirlo: “Desconfía”… “Vigila”… “Quinta columna”… “Hay que limpiar la retaguardia”…”

En el centro del episodio que sucede en la estación de trenes encontramos una escena de tortura, que para impresionar al que lee la novela se narra haciendo uso de los medios visuales del cine expresionista. Así aparecen efectos de luz como el contraste de claroscuros o las ráfagas, cambios de perspectiva entre tomas de cerca y de lejos, montajes de fragmentos y detalles, así como efectos espaciales geométrico cubistas.

“Muelles y tinglados, cuartelillos de milicianos que discutían alrededor de charcos de luz. En vagones de viajeros, mujeres azacanadas improvisando lecho para niños lloriqueantes de sueño, junto a tazones con lamparillas de óleo. Se iban las barras de plata de las vías, ilimitadamente, cruzándose, entrecruzándose, oblicuas unas a otras, reunidas después para desaparecer en una, naciendo otra, tangentes a las obstinadas paralelas, jeroglífica geometría de tronco y ramas (…) Filas de vagones de mercancías abandonados, vacíos, sucios de lluvias de hollín”.

En este tétrico ambiente dos milicianos encuentran en un vagón abandonado a un perseguido:

“-Aquí, en éste –mandó el jefe de correaje de artillero. Era un furgón que aún retenía dulzonas calenturas de establo. Penosamente, a tropezones, por entrevías y palancas de agujas, el joven había recorrido aquel trozo de noche; hierro y carbón para sus pies, melancolía de cielo indiferente para sus miradas. Por hábito de educado, disculpábase: -No puedo más si no me detengo. Llevo varios días sin comer. El vulgo del miliciano se rezagaba; el joven sentíase alzado por el cuello de la chaqueta, y así seguía, medio en vilo. Gateó el jefe al furgón, entre los dos izaron al reo y el otro miliciano cayó dentro, a salto. El disco de luz con reflejo de lata iluminó al joven derribado: negros ropa, cabello, ojos; blanco el rostro enharinado de terror”

El relato que sigue es de una gran crudeza y muestra las intenciones de Borrás de señalar la brutalidad que utilizaron los milicianos contra los que consideraban sus enemigos. Los planos rápidos y la focalización de los instrumentos de tortura sugieren una intensificación del horror: el fusil, el brazo desnudo, la lima. Los torturadores se abalanzan sobre la víctima, cuyo martirio queda ilustrado óptica y acústicamente.

En penumbra, detrás de la pupila del farol, los dos milicianos atendían aquel rostro despavorido, payaso que ve la muerte. Hasta entonces no habían hablado. –Vas a decirnos donde está el jesuita –pidió el jefe. En la lividez de la cara se movieron los labios- -No sé… no sé…-Ahora vas a ver si lo sabes. Del cinturón se arrancaba la baqueta del fusil. El brazo desnudo del compañero se interpuso: -Eso no sirve de nada. Sujétalo y verás. Empuñaba una lima. El joven dio un ronquido, retrocedió, arrastrándose; al caer sobre él santiguose rápidamente, y quieto, abiertos los ojos a la noche que estaba a la puerta del furgón, impasible, se dejó manipular. El jefe, sentado sobre su pecho, le trababa las muñecas; el otro miliciano, ganchos las piernas entre las de la víctima, le agarrotaba un pie bajo su antebrazo. Empezó a limarle el hueso del tobillo: redondel sanguinolento, rotos del calcetín y de la piel: el hueso daba un chirrido áspero al roce de la lima; el cuerpo se sacudía con latigazos de dolor. ¡Virgen María! ¡Virgen María! –pidió a la noche. El miliciano seguía limando el hueso, ya pringadas las manos de esquirlas y fibras de nervios y músculos. Se detuvo: -¿Sabes ya donde está el jesuita? Levantose el jefe; los dos le dejaron libre: el joven yacía inmóvil. -¿Es que se ha muerto? El jefe le tomó el pulso. –Yo no entiendo, está frío. -¿Tan pronto? No resisten nada. Son unos tísicos”

Sobre la novela, señala Fernando Castillo en su libro Madridgrado:

“A través de una personal geografía de la capital, Borrás recorre lo que considera el trueno político de la sociedad madrileña y la carne de cañón de la revolución con un estilo tan frío como expresivo, y con unas imágenes que dejan entrever un regusto por lo escrito…Lleva a cabo, a través de la experiencia de Federico, su protagonista en el Madrid republicano de los primeros meses de la guerra, una detenida exposición de la represión, que, por su minuciosidad, supone una apología de la estética de la crueldad, una descripción del sufrimiento y de sus manifestaciones que tiene un contenido muy próximo al fascismo…Aunque la obra está editada al finalizar la guerra civil, es un buen ejemplo de novela de guerra, de literatura de combate y choque, que tiene como objeto el Madrid republicano. En ella no se deja ningún resquicio para que pueda deslizarse la esperanza de la reconciliación, auqneue fuera en su manifestación más elemental, como tampoco se detecta nostalgia alguna por el Madrid perdido, anterior a la guerra, que pudiera sustentar cualquier aproximación entre los antiguos amigos y luego enemigos. Al contrario, es una obra de suma y sigue, casi de incitación al ajuste de cuentas al final de la contienda…La novela es un verdadero compendio de los elementos que conformaron la imagen del Madrid rojo entre los sublevados a lo largo de la guerra. Es una enciclopedia de horrores que ofrece una visión de la ciudad muy desmesurada y que es probablemente la más cercana al fascismo en su culto a la violencia más extrema, es decir, la tortura, por la presencia de la técnica y, sobre todo, por el intenso odio de clase que manifiesta”

Y para Nil Santiáñez:

 “Una novela que integra una estética de lo horrendo con notas vanguardistas, escenas melodramáticas y disposición maniquea de un poder totalitario frente a unos ojos que otean, día tras día, el amanecer tras una ventana. Por eso la lectura de la novela no deja indiferente a nadie; el lector se inmiscuye como un testigo invisible en las checas para ver de primera mano los escenarios tortuosos por donde se arrastran los personajes” [5]

Terminados los avisos terrenales, empieza lo sobrenatural –como en el Hamlet- a actuar en su conflicto. Se le aparecen fantasmas que le cierran el paso, el presentimiento le llena de melancolía el corazón, ve su próximo fin. Un labrador, invisible en Aparte de escritor, Borrás destacó en su labor de conferenciante:

“Por toda España se encuentra a Lope de Vega. Se puede explicar la psicología de los españoles destilándola de las comedias de Lope, pintor de una galería de retratos morales tan extensa, que las figuras que falten es que no existen en la Península. De Olmedo, en tierras de zumo castellano, surge como uno de los fantasmas de su drama, el triste esclavo del pundonor, D. Alonso Manrique: Que de noche le mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo. Sombras le avisaron que no saliese y le aconsejaron que no se fuese, el caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo. Tal es la canción popular que Lope de Vega glosa en El Caballero de Olmedo. Don Alonso Manrique es “apuesto y galán”, como se decía entonces. En Medina del Campo se celebran justas donde luce y enamora. La dama que le favorece y con la cual dispone casarse, es a la vez solicitada por otro cortejador, al que despide. El rival de D. Alonso hace los imposibles por derrotarle, tanto en la liza como en el favor de la dama. Todo es inútil. El Caballero de Olmedo no tiene par. Entonces, despechado y humillado, decide matarle. Don Alonso ha de volver a Olmedo entrada la noche. Su enemigo le prepara una celada. Como contrata asesinos y habla de sus proyectos a varia gente, la noticia deja de ser secreta y llega a oídos del Caballero de Olmedo. Aquí entra el interés psicológico de la figura. Don Alonso Manrique, va. Primeramente su escudero le aconseja que dilate el regreso por otro día. Don Alonso no cede. Después le suplica que se procure una escolta. Don Alonso rechaza la propuesta por dos razones: porque no concibe que un hidalgo, como lo es su enemigo, apele a tan malas artes, y porque aunque así sea seguro, un caballero como él no ha de tener pavor a los peligros. Sin embargo, D. Alonso sí que tiene pavorla noche, canta su muerte poetizada como si ya hubiese ocurrido. Don Alonso escucha, estremeciéndose lo propio que en los días siguientes habrá de ser tema de acento popular: Que de noche le mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo. Y D. Alonso Manrique va. Aparta al fiel criado, escucha las voces del cielo, baja la cabeza ante las figuras de ultratumba, se detiene a escuchar el relato de su muerte que da al aire el labrador de camino pero sigue, irreducible, empecinado, recto. En una glorieta de pinos, el puñal, escondido en sombra, hace su faena, y el Caballero de Olmedo cae, certificando que eran seguros avisos y consejos Tal es la canción popular que Lope de Vega glosa en El Caballero de Olmedo. Don Alonso Manrique es “apuesto y galán”, como se decía entonces. En Medina del Campo se celebran justas donde luce y enamora. La dama que le favorece y con la cual dispone casarse, es a la vez solicitada por otro cortejador, al que despide. El rival de D. Alonso hace los imposibles por derrotarle, tanto en la liza como en el favor de la dama. Todo es inútil. El Caballero de Olmedo no tiene par. Entonces, despechado y humillado, decide matarle. Don Alonso ha de volver a Olmedo entrada la noche. Su enemigo le prepara una celada. Como contrata asesinos y habla de sus proyectos a varia gente, la noticia deja de ser secreta y llega a oídos del Caballero de Olmedo. Aquí entra el interés psicológico de la figura. Don Alonso Manrique, va. Primeramente su escudero le aconseja que dilate el regreso por otro día. Don Alonso no cede. Después le suplica que se procure una escolta. Don Alonso rechaza la propuesta por dos razones: porque no concibe que un hidalgo, como lo es su enemigo, apele a tan malas artes, y porque aunque así sea seguro, un caballero como él no ha de tener pavor a los peligros. Sin embargo, D. Alonso sí que tiene pavor. Terminados los avisos terrenales, empieza lo sobrenatural –como en el Hamlet- a actuar en su conflicto. Se le aparecen fantasmas que le cierran el paso, el presentimiento le llena de melancolía el corazón, ve su próximo fin. Un labrador, invisible en la noche, canta su muerte poetizada como si ya hubiese ocurrido. Don Alonso escucha, estremeciéndose lo propio que en los días siguientes habrá de ser tema de acento popular: Que de noche le mataron al caballero, la gala de Medina, la flor de Olmedo. Y D. Alonso Manrique va. Aparta al fiel criado, escucha las voces del cielo, baja la cabeza ante las figuras de ultratumba, se detiene a escuchar el relato de su muerte que da al aire el labrador de camino pero sigue, irreducible, empecinado, recto. En una glorieta de pinos, el puñal, escondido en sombra, hace su faena, y el Caballero de Olmedo cae, certificando que eran seguros avisos y consejos combate, perdían terreno por inferioridad numérica, o de armamento, o de estrategia, se contestaban: “No importa”, y seguían. Si de la derrota no quedaba más que un reducidísimo grupo, el grupo, en presencia del desastre, comentaba: “No importa”, y perseveraba. Éste es un gran estilo de la raza hispana, el tesón para salvar hasta lo último (hasta el aniquilamiento total) las calidades. Un español así es depositario de una suma de honor de la cual tiene que responder ante los demás. Podrá morir, pero muriendo devuelve el depósito intacto a los que le siguen, y esto es lo verdaderamente importante, puesto que la vida no es más que un accidente. Lo que distingue a un hombre así de un fenicio, es que el hombre del “No importa” elige voluntaria y libremente, colocado entre su bien particular o la intangibilidad de la ley moral, lo que está fuera de él y pertenece a todos, elige la parte de divino que hay en cada uno: el alma. El alma de un caballero como don Alonso Manrique es cumplir su palabra y no tener miedo. Don Alonso Manrique, sabiendo que va a ser asesinado, puede ir a Olmedo, o no ir. No yendo, salva su carne, pero su caballerosidad desaparece en la cobardía. Y D. Alonso va. Habrán podido matarle, pero no han podido los asesinos destruir lo que no es sólo suyo, sino de los bien nacidos, el honor. La parte de honor de D. Alonso queda incólume, avalorada más todavía esa religión de la hidalguía”

 

[1]El estudio más extenso sobre la novela sigue siendo el prólogo de J. Entrambasaguas en Las mejores novelas contemporáneas, vol. 6., Planeta.

[2]Acerca del origen, naturaleza, organización y funcionamiento de las checas de Madrid, tan importantes en la novela de Borrás, ver J. Cervera, Madrid en guerra y Violencia política: La retaguardia de Madrid. También es de interés la obra de Cesar Vidal, Checas de Madrid.

[3]Nil Santiáñez, Cartografía crítica del fascismo español: Checas de Madrid de Tomás Borrás. “El espacio es el tema o el principio constructivo de una abrumadora cantidad de textos ensayísticos y literarios fascistas. La conquista bélica se corresponde con una conquista simbólica del espacio. A modo de ejemplo, se pueden espigar, entre muchos otros, los siguientes títulos: Madrid, de corte a checa (1938), de Agustín de Foxá; Madridgrado (1939), de Francisco Camba; La ciudad (1939), de Manuel Iribarren; Frente de Madrid (1941), de Edgar Neville; Madrid bajo el terror, 1936-1937. Impresiones de un evadido, que estuvo a punto de ser fusilado (1937), de Adelardo Fernández Arias; Madrid recobrado. Crónicas de antes y después del veintiocho de marzo (1939), de José-Vicente Puente; Checas de Madrid (1939), de Tomás Borrás; Retaguardia. Imágenes de vivos y de muertos (1937), de Concha Espina; y Poema de la Bestia y el Ángel (1938), de José María Pemán. El espacio también ejerce un papel fundamental en la poética y en la estética fascistas. E. Giménez Caballero, por citar uno de los casos más ilustres y destacados, ve en la arquitectura «la más viril, constructiva, imperial, de todas las artes»; en su superposición de Roma con el fascismo italiano y con su propio ideal fascista, sostiene Giménez Caballero que «el arte esencial al Imperio fue siempre la arquitectura»; y añade, en términos que sintetizan lo dicho hasta ahora a propósito del franquismo y del espacio”.

[4]Literatura y cautiverio: el caso de las embajadas madrileñas durante la guerra civil, de José María Martínez Cachero.

[5]Nil Santiáñez, o.c.

 

 

 

 

 

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EL TÍPICO CASO DEL CAMARERO CANSINO O “NO QUIERO CLIENTES”

Este es un caso que todos hemos vivido especialmente en verano.  Nos sentamos en una terraza, posiblemente somos clientes asiduos y de repente nos damos cuenta de que somos invisibles para el camarero, que de repente se ha convertido en ciego y sordo.

Sin duda, el camarero cansino no es el propietario de la cafetería y ni siquiera la camareroposibilidad de una propina es un acicate para él.  Su visión es muy cortoplacista, solo desea que los clientes lleguen uno a uno y que no molesten porque para este tipo de camareros, cualquier petición del cliente, por muy legitima que pueda ser, es un ataque a su comodidad, ya que en realidad, él quiere cobrar un sueldo y no quiere clientes.  Sería interesante conocer la opinión del propietario pero no sabemos quién es o dónde está porque si fuera alguien pendiente de su negocio, el comportamiento del camarero sería muy diferente.

Una empresa sin clientes no es una empresa y si pensamos que cada uno de nosotros tenemos que considerar nuestra profesión como nuestro negocio y  patrimonio (también el camarero cansino), debemos cuidar a nuestros clientes y clientes potenciales  y sobre todo fidelizarlos.

Y, ¿quiénes son nuestros clientes? Si somos profesionales que trabajan por cuenta ajena se pueden enumerar con bastante claridad: nuestros jefes, los compañeros, los proveedores y como no, los clientes de la empresa.

En el caso de los trabajadores por cuenta  propia, parece mucho más fácil definir quien es el cliente y sin embargo, con frecuencia olvidamos que todo aquel con el que nos relacionamos puede convertirse en un cliente potencial.

Últimamente observo una cierta dejadez en la atención al cliente, no se si como consecuencia de la “estivalidad” o por el deterioro de determinadas cuestiones.

La atención al cliente requiere una serie de competencias, tanto técnicas como emocionales que son las que realmente permiten la excelencia en la atención al cliente.  Por supuesto,  cada área de actividad tiene sus propios requisitos técnicos.

Sin embargo, en cuanto a las competencias emocionales, me atrevería a decir que son comunes a cualquier sector.  Entre estas competencias hay que citar las competencias de eficacia personal, las relativas al logro, las competencias de influencia, las gerenciales  y por supuesto, las de ayuda o servicio.

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La atención al cliente requiere que sepamos controlarnos, sentir confianza en nosotros mismos, no dejarnos vencer por los fracasos y por supuesto, compromiso con lo que hacemos.

 

COMPETENCIA logro

Las personas que disponen de estas competencias  fijan las propias metas de forma ambiciosa, por encima de los estándares y expectativas, teniendo especial cuidado en no cometer errores y evadiendo obstáculos que impidan obtener sus objetivos con éxito. 

influencia

 

Son aquellas personas  con la capacidad de despertar ciertas emociones en los demás, son capaces de sentir las reacciones de quienes escuchan su mensaje y se anticipan a dichas reacciones.

La persuasión tiene mucho que ver con la empatía puesto que no es posible influir en los demás si no se trata de comprender su punto de vista y sus deseos.

Facilita mucho las cosas la identificación de un factor común que sirva de vínculo, si mediante un comportamiento empático, se entiende como se siente el interlocutor y se expresa la comprensión de sus sentimientos por compartirlos, sin duda alguna se ha establecido un magnífico punto de partida para tener un efecto persuasivo sobre esa persona.

gerenciales

 

Aunque hasta hace poco se consideraba que estas competencias eran patrimonio exclusivo de la dirección, actualmente se considera que todos los profesionales, sea cual sea su nivel deben estar en posesión, en mayor o menor medida de las denominadas competencias gerenciales.

servicio

 

Engloba este epígrafe aquellas competencias orientadas a la comprensión de las necesidades e intereses de los demás (sensibilidad interpersonal o empatía) y al trabajo para satisfacerlas (orientación al servicio al cliente).

 En resumen, todos independientemente de la situación personal, tenemos que cuidar nuestro negocio y nuestros clientes.  A lo mejor si el camarero cansino decidiera poner en valor las competencias aquí expuestas, su futuro sería mucho más brillante.

BIBLIOGRAFIA

NO SIN MI CLIENTE

COMO SOBREVIVIR AL CAMBIO: INTELIGENCIA EMOCIONAL Y SOCIAL EN LA EMPRESA

 

 

RESCATE DE UNA NOVELA MALDITA: MADRID DE CORTE A CHECA

 Hoy  vuelvo a tener el placer  y el honor de contar con la colaboración de  Francisco M. Rodríguez Layna que nos ilustra, en esta ocasión, sobre un libro de aquellos que podríamos considerar como “maldito”.

Rescate de una novela maldita: Madrid de corte a checa

Se suele decir de los escritores Ridruejo, Edgar Neville, Foxá, Rosales, Panero, Adriano del Valle, Luís Felipe Vivanco, García Serrano, Tomás Borrás, Ximénez de Sandoval, Fernández Flores o Rafael Sánchez Mazas, ganaron la guerra pero perdieron las páginas de los manuales de literatura, que o no los estudiaban, o si lo hacían era para estigmatizarlos..

Pero últimamente se reconoce el valor literario por encima de lo político, y algunas obras emblemáticas están siendo reeditadas. Es el caso de una de las mejores novelas escritas sobre la II República y la Guerra Civil, Madrid de Corte a Checa, escrita por Agustín de Foxá, y que voy a analizar a continuación.

Agustín de Foxá escribió esta novela casi íntegramente en el primitivo y profundo café “Novelty” de Salamanca (en plena Plaza Mayor) y lo hizo un poco a vuela pluma entre tertulias literarias y ecos del Cuartel General del Generalísimo en 1937.

La primera edición de “Madrid de corte a checa” fue publicada en abril de 1938 por Ediciones Jerarquía en San Sebastián, aunque en la edición no se cita la fecha ni el lugar. En la portada aparece el palacio Real con una semicorona de flores y en la página siguiente dice: “Episodios Nacionales, por Agustín Conde de Foxá”, y esto quiere decir que el autor pensó continuar una serie novelesca más en la línea del Valle-Inclán de “El Ruedo Ibérico”, que de Galdós, teniendo como telón de fondo la España posterior al Alzamiento; pero no escribió más que este primer volumen.

Agustín de Foxá narra una historia de amor entre José Félix Carrillo (que podría ser un trasunto del autor), hijo de un coronel conservador, que le expulsa de su casa por revolucionario y Pilar, hija de un conde, a la que sus padres casan con Miguel Solís, linajudo y adinerado personaje, aunque calavera; pero válido para emparentar con esta nobleza arruinada.

Las peripecias de la relación amorosa se acompasan al “tempo” histórico que marcan las tres partes de la novela.

En “Flores de lis” refleja los días finales de la monarquía, que son los momentos de desorientación ideológica del protagonista, la boda de Pilar y el consiguiente despecho. José Félix durante el reinado de Alfonso XIII juega a hacer la revolución. Él y sus amigos se encierran en la universidad y se dedican a hacer gamberradas. A la hora de comer, todo se interrumpe y vuelven a casa, a la manera de los universitarios en los años 70. Tras las elecciones del 31, Alfonso XIII abdica, ante el estupor general de la familia y los allegados de José Félix, todos aristócratas o gente adinerada. Ellos y muchos otros postergan su vuelta a España tras el veraneo, expectantes ante los acontecimientos. Finalmente, todos regresan a cuentagotas, dispuestos a retomar sus vidas.

Escrita con un costumbrismo casi amable, esta parte del libro ofrece imágenes de un Madrid donde los novios pasean por un parque del Retiro recién regado y viven en casas en las que, naturalmente, hay una pianola. Aparecen calles, bares, personajes y acontecimientos fácilmente reconocibles: Chicote, Bergamín y hasta el propio Foxá.

En “Himno de Riego”, el asentamiento de la República, que marca el inicio de las decepciones políticas y de la crisis matrimonial de Pilar Rivera (nótense las connotaciones políticas del apellido), a la que solamente la existencia de su hija impedirá caer en los brazos de José Félix. José Félix se ha aburrido de la revolución, que han abrazado otros personajes más oscuros. Se suceden los episodios violentos, mientras que la aristocracia, empachada de comodidad, no se entera de nada. Un grupo de jóvenes falangistas hace frente a los revolucionarios, por los que el autor siente un desdén que no oculta. El tono del libro se recrudece, y todo estalla con el asesinato de Calvo Sotelo y el posterior pronunciamiento militar.

En esta parte de la novela José Féliz se acerca a la Falange y así se narra así la composición de su himno, el Cara al sol, en los sótanos del restaurante “Or-Kompon”: “José Félix, al entrar en aquel local, iba recordando los restos de la antigua decoración debida al enano arquitecto Mercadal. Como conocedor del sitio les explicaba: -Vamos a los bajos porque allí hay un piano. Era una especie de cueva vasca, con acuarelas de Guipúzcoa en los zócalos. carros de bueyes rojos, con la lana sobre el testuz, caseros de boina, frontones, maizales y curas con paraguas, bajo los cielos plomizos de Loyola. -Hola, José Antonio, ¿qué tal, Jacinto? Allí estaba el marqués de Bolarque, don Pedro Mourlane , Rafael Sánchez Mazas, Agustín Foxá, José María Alfaro y Dionisio Ridruejo. Hablaban del “Joven piloto”, una zarzuela de Luis Bolarque y Jacinto Miquelarena. Jaleo de vasos. Trajeron chacolí, sidra y bacalao. -Vamos a hacer una sangría. Después de la cena, el maestro se puso al piano. Tocaba pasodobles y tangos. -Oye, toca ese que hiciste el otro día. Sonó una música enérgica, alegre y guerrera. -¿Te gusta, José Antonio? -No está mal. A ver, ¿cuántos poetas hay aquí?; podríamos hacer un himno para que lo cantaran los chicos. Bajó el mozo unas cuartillas y los poetas se desperdigaron por las mesas. -Tú, José Félix, dame un lápiz. Bolarque, entre la música, hacía los “monstruos”. “Adiós, adiós, el capitán se va”. José Antonio trazó el plan. -Tiene que ser un himno sencillo. En la primera parte debe hablarse de la novia, después de decir que no importa la muerte, haciendo una alusión a la Guardia eterna de las estrellas, y luego algo sobre la Victoria y sobre la Paz”.

En “Hoz y martillo”, estallido de la guerra y persecución de las gentes de orden en Madrid. El marido de Pilar (Miguel Solís) muere a manos de sus braceros, que vengan así los años de esclavitud. José Félix y su antigua novia quedan canónicamente libres para reanudar sus amores; pero son detenidos y condenados a muerte, y un antiguo falangista (infiltrado entre los milicianos, Pedro Otaño) los salva y se ponen a buen recaudo al otro lado de la frontera y después logran pasar a la zona nacional.

Los burgueses y los aristócratas se ven frente a frente con la realidad. Se suceden las redadas, las detenciones y los asesinatos. Foxá consigue que el lector sensible se indigne ante la brutalidad de los milicianos, que meten a sus enemigos en pozos, los rocían con gasolina y los queman vivos. Pero no sólo a ellos: “Ya no caían, sólo, los falangistas, los sacerdotes, los militares, los aristócratas. Ya la ola de sangre llegaba hasta los burgueses pacíficos, a los empleadillos de treinta duros y a los obreros no sindicados. Se fusilaba por todo, por ser de Navarra, por tener cara de fascista, por simple antipatía”.

Foxá refleja crudamente el intento revolucionario de aplastar toda manifestación aristocrática, sea de condición o de espíritu. Es la misma reflexión que realizó de forma teórica Edmund Burke tras la Revolución Francesa, o el Albert Camus que dice que la justicia que reclaman los rebeldes exige la suspensión de la libertad, y “el terror, pequeño o grande, viene entonces a coronar la revolución”.

Estos autores nos descubren que la mentalidad revolucionaria es vengativa, más cercana a la brutalidad que a la utopía. Como dice Foxá: “Eran creyentes vueltos del revés”.

En este ambiente hostil, José Félix madura y descubre en sí mismo valores nobles. Al igual que en la literatura de muchos de estos autores, surge la voluntad del individuo contra la represión. Antes de que la barbarie se apodere de la narración, vemos un Madrid variopinto, donde los cafés son el ágora en el que las opiniones se contraponen mediante coplas, gritos y algún tortazo.

Este es el testimonio que nos deja Agustín de Foxá sobre el Madrid de principios de los años 30, tan diferente a al mundo de hoy, donde en nombre de la corrección se rescinde la libertad de expresión. El lector que sienta interés por la literatura de la Guerra Civil hará bien en leer este libro (también a Max Aub o a Arturo Barea) y sacar sus propias conclusiones. A través de la peripecia vital y amorosa de José Félix- intelectual y político muy relacionado con las figuras de su tiempo- Foxá nos muestra la agitada vida madrileña de unos años de gran atractivo, tanto para la historia, como para la literatura.

El estallido de la guerra civil, es en la novela un eco lejano, de hecho Franco sólo sale en la última página. Al centrarse la acción en un Madrid sitiado y en manos de los sectores más radicales de la izquierda, Foxá logra poner a los falangistas como los verdaderos resistentes contra el orden establecido republicano.

La intervención de los milicianos en el asalto del Cuartel de la Montaña es reflejado en la novela así: “Las masas armadas invadían la ciudad. Bramaban los camiones abarrotados con mujeres vestidas con “monos”, desgreñadas, chillonas, y obreros renegridos, con pantalones azules y alpargatas, despechugados, con guerreras de oficiales, correajes manchados de sangre y cascos. Iban vestidos con los despojos del cuartel de la Montaña. Y entre ellos, como una visión soviética de marineros de Kronstad, los marineros de blanco, con los puños cerrados, gritando, tremolando las banderas rojas y negras de la F. A. I. Pasaban los camiones y los taxis erizados de fusiles. Un miliciano echado en el estribo apuntaba a las gentes de la acera. -¡Fuera de los balcones! Iban arrebatados, borrachos de sangre. Porque la habían visto a raudales correr por el suelo del patio del Cuartel de la Montaña. Como peleles, más de quinientos oficiales y falangistas estaban tirados en el suelo, arrugados, despojados, en mil posiciones, sobre un brazo, boca arriba, encogidos, con las cabezas ensangrentadas. Habían entrado brutalmente al ver la bandera blanca, atropellándose. Ya un grupo de guardias de Asalto llevaba en filas de dos a los rendidos. Y saltó un pocero, cogió a uno de los soldados por el pelo, y le disparó un tiro en la nuca. Cayó contraído, manchándole los dedos de sesos. Aquello enardeció a la masa. Dejaron de ser menestrales, obreros de Madrid, carpinteros, panaderos, chóferes, cerrajeros. Un sueño milenario les arrebataba. Les resucitaba una sangre viejísima, dormida durante siglos; ¡alegría de la caza y de la matanza! Eran peor que salvajes porque habían pasado por el borde de la civilización y de las grandes ciudades y complicaban sus instintos resucitados con residuos turbios de películas, de lecturas, de consignas. Joaquín Mora estaba en el Cuarto de Banderas, con los oficiales, cuando los soldados izaron la bandera blanca. -No podemos resistir -afirmaba el sargento García-; ese cañón que han puesto en la plaza de España va a derribar el cuartel. Volaba sobre ellos un aeroplano arrojándoles bombas. Cuando entraron las turbas, con un griterío de abordaje, Joaquín Mora se metió con otros soldados en una caseta de ladrillo, rompiendo el cristal del montante. La puerta estaba cerrada por fuera. Horrorizados, oían las descargas en el patio, los gritos y los estertores de los heridos, y los insultos de las mujeres. Una gritaba: -A ese que levanta el puño. No hacerle caso. Es un fascista. Se les acercó un soldado, con la angustia pintada en la cara. -Oye, se acercan hacia aquí. Los milicianos golpeaban ya la puerta. Joaquín Mora tuvo un momento de inspiración. Chilló desde dentro. -¡Animo, camaradas! Abridnos. Nos tenían encerrados. ¡Viva la revolución! Rompieron el cerrojo con las culatas. Los soldados comprendieron. Y tuvieron que abrazarse con aquellos asesinos, y cuando salieron al patio, sonreían fingiendo alborozo, en medio de los cadáveres de sus compañeros con los cráneos saltados (…) El temor se extendía por todo Madrid. Cruzaban las calles cientos de camiones, erizados de fusiles. Empezaban los registros; la angustia y el martirio de la ciudad”.

A lo largo de la novela aparecen personajes reales que figuran con sus nombres y con los cargos que ocupan, a quienes Foxá describe con dos o tres trazos.

Este es el terrible retrato de Manuel Azaña: “Era árido y de metáforas apagadas. Se veía la carga enorme de rencor y desilusión, que era su motor y su fuerza. Era un lírico del odio, un polemista de la venganza”.

No mejor parado deja a Santiago Casares Quiroga: “Era huesudo, seco, de sudor frío, con esa crueldad enfermiza de los hombres cuyos pulmones están mal oxigenados. Le entusiasmaba la ferocidad de la “mantis religiosa”.

Frente a estos gobernantes se alzaba, serena, la figura de José Antonio Primo de Rivera y sus falangistas: “Era un muchacho joven, guapo, agradable. Tenía la voz un poco nasal y exponía las ideas con justeza jurídica. Usaba metáforas brillantes”.

Aparecen, también, con sus nombres reales intelectuales y artistas del momento, a quienes retrata con justeza.

Esto dice de Ramón Gómez de la Serna en su tertulia de Pombo: “Se levantaba rechoncho, con su pipa de cenicientas brasas, la chalina de seda moteada y la voz chillona.

De Federico García Lorca dice: “Era moreno, aceitunado, de grandes pómulos, gran calavera y cara redonda (…), presumía de gitano. Era un magnífico poeta”.

A José Bergamín lo describe así: “Católico-marxista y sobre todo un pequeño miserable (…) Era un alma malvada y miserable, que amaba lo deforme, y llenaba de podredumbre sus revistas”.

La novela es netamente urbana, teniendo como escenario de la crónica, la trama y los acontecimientos la ciudad de Madrid. El centro, el barrio de Salamanca y el acarreo humano de los barrios extremos, principalmente Cuatro Caminos y Tetuán son los lugares más transitados por los personajes reales y ficticios. De tal forma esto es así que el gran protagonista colectivo de la novela es la ciudad de Madrid con sus gentes, la aristocracia decadente, la clase media y el proletariado. Solamente en las vacaciones estivales la trama se aleja de Madrid, porque los aristócratas pasan las vacaciones en San Sebastián, San Juan de Luz y Biarritz, mientras que la clase media veranea en la Sierra (Cercedilla y aledaños). En el veraneo de 1931 los aristócratas prolongaron las vacaciones para ver si pasaba la “nicetada”(don Niceto Alcalá-Zamora, Presidente de la República), pero tuvieron que regresar al Madrid democrático, que había recuperado el liberalismo suprimido por primo de Rivera en 1923. Nuevamente en el verano de 1936 la familia de José Félix y otros aristócratas y terratenientes se van de vacaciones a Portugal: Lisboa y alrededores. Y al final de la 3ª parte José Félix y Pilar salen de Madrid para Valencia, cruzan la frontera francesa y luego pasan a la zona liberada por Irún y se incorporan a la toma de Madrid.

En cuanto al tiempo, Foxá narra los hechos acaecidos desde los estertores de la dictadura del general Dámaso Berenguer, los años de la República hasta septiembre de 1937 en Salamanca, donde firma la novela. Son pues 8 años convulsos de la vida de España, donde transitan los personajes reales y ficticios que forman la trama.

 En la novela, Foxá maneja en la primera, e incluso en la segunda parte, una prosa poética que da cuenta del fin de una época con una mezcla de alegría pero también de tristeza por las cosas que no volverán.

 Lo que más sorprende es el conocimiento que Agustín de Foxá tenía de la situación del Madrid republicano: están los asesinatos de la Modelo, la checa de la Casa de Campo, García Atadell, el teniente Moreno,  uno de los asesinos de Calvo Sotelo y que dice en la novela que se fue a la sierra buscando la muerte. 

El valor de Madrid, de Corte a checa reside en que nos muestra con toda su crudeza la manifestación de la justicia rebelde. La narración es partidista  pero también apasionada y conmovedora. El testimonio del horror saca la novela del ámbito de lo cotidiano y la enmarca en cierta literatura propia del siglo XX que trata sobre la arbitrariedad totalitaria, más cerca del desafío de Solzhenitsyn que del absurdo de Platonov, de la esperanza de Semprún que de la desesperación de Primo Levi.

Ninguneada por cierto sectarismo profesoral, de la novela de Foxá ha escrito Trapiello: “Aprovecha, desde luego, el esperpento, y negarle méritos de acción, lenguaje y cuadros vivísimos, sería absurdo. Salen todos: literatos, políticos, vesánicos, idealistas, aturdidos. Logreros y pisaverdes, rumbosos y feriantes. Con nombre y apellidos. Cientos. Es un cuadro de época, equivocado o no, de primera mano”.

                                               Fco. M. Rodríguez Layna

Biografía de Foxá

Agustín de Foxá y Torroba, Conde de Foxá y Marqués de Armendáriz, nació en Leganés, Madrid, el 26 de febrero de 1903. Falangista de primera hora, escritor, periodista y diplomático. Estudió Derecho y en 1930 ingresó en la carrera diplomática y fue destinado a Sofía (Bulgaria) y Bucarest (Rumanía). Posteriormente, también estuvo destinado como Embajador en Inglaterra, Grecia y Francia. Su camarada y amigo Edgar Neville fue una de sus primeras amistades literarias. Colaboró en revistas como La Gaceta LiterariaHéroe y Mundial,y en la prensa diaria. Su primer libro fue La niña del caracol, editado y prologado por Manuel Altolaguirre, en 1933, con dedicatorias a Ramón Gómez de la Serna, María Zambrano y a Antonio Marichalar Rodríguez Monreal de Codes y San Clemente, Marqués de Montesa. Antes de la Cruzada sólo publicó otro libro: El toro, la muerte y el agua, con prólogo de Manuel Machado. El Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Madrid, donde acababa de tributársele un homenaje con motivo de haber sido destinado al Consulado de España en Bombay. A la postre marchó a Bucarest como Secretario de Embajada en la Representación Diplomática de la república, desde donde se incorporó a la Zona Nacional. Como diplomático estuvo destinado en Bucarest, Roma, Helsinki, y Buenos Aires. Ingresó en las filas de Falange Española en los años treinta. Recibió el Premio Mariano de Cavia en 1948 y en 1959 fue nombrado Académico de Número de la Real Academia Española en el sillón Z, aunque no llegó a tomar posesión.    Fue un gran amigo de José Antonio Primo de Rivera, e integrante de aquella corte literaria que rodeaba a José Antonio. Estuvo vinculado a la Falange y colaboró, junto a Rafael Sánchez MazasEugenio MontesJacinto Miquelarena y otros, en la creación y redacción de las estrofas del himno falangista Cara al sol. Fue también cotidiano contertulio en la tertulia literaria “La ballena alegre”, a la que asistían José Antonio Primo de Rivera y destacados falangistas de primera hora. Trabajó y colaboró en diferentes periódicos y revistas nacionales, como Jerarquía Vértice junto a intelectuales de la talla de Alfonso García Valdecasas, Pedro Laín Entralgo, Ángel María Pascual, Gonzalo Torrente Ballester, Dionisio Ridruejo, Eugenio D´Ors, el pintor Sáenz de Tejada, Ernesto Giménez Caballero, José María Pemán, Edgar Neville, José María Castroviejo, Álvaro Cunqueiro, etc.  Fundó Legiones y Falanges, editada desde Roma y donde colaboraron escritores destacados como el crítico y autor teatral Alfredo Marqueríe, Rafael García Serrano, Azorín, Eugenio Montes y, el por entonces joven estudiante, Camilo José Cela.  Foxá cultivó gran número de géneros literarios, destacando en especial su poesía, con libros como: La niña del caracol (1933);  El almendro y la espada (1940); Poemas a Italia. Antología poética 1933-1948 (1948); y El gallo y la muerte (1949). También se acercó al teatro, escrito a veces en verso: Cui-Ping-Sing (1940); y El beso a la bella durmiente (1948); aunque también escribió teatro en prosa como el drama Baile en capitanía (1944); o la comedia Gente que pasa (1943), premiada por la Real Academia Española. Destacar que realizó el prólogo al libro de poemas Cristal sobre los aires, de su buena amiga y camarada Sarah Demaris, pseudónimo de la escritora, poetisa, periodista y actriz de la Sección Femenina, Sara Barranco Soro. El reconocimiento del gran público le llegó con Madrid, de Corte a checa. Las Obras completas de Agustín de Foxá fueron publicadas en Madrid por Prensa Española, entre los años 1963 y 1964.     Foxá era una persona muy ingeniosa, de gran inteligencia y sentido del humor. Estaba casado con una mujer bellísima que llamaba ciertamente la atención. Pero ya sabemos que la envidia es el pecado nacional por excelencia, y se empezó a comentar que su mujer le engañaba. Cierto día, ya harto de esos chismes, dijo: “prefiero una maravilla para dos que una mierda para mí sólo”. Prolífico en el cultivo de diversos géneros, destacó sobremanera como conversador de altos vuelos. Fue, entre otras cosas, un insigne escritor. La fama de su calidad expresiva de viva voz llegó al extremo de que era suficiente que cualquier anfitrión al invitar a sus comensales pronunciara el “viene Foxá” para garantizarse plena asistencia. Durante su paso por Italia tuvo ocasión de asistir a la histórica entrevista de Franco con Mussolini que tuvo lugar en Bordighera. Allí fue testigo del argumento que el Caudillo esgrimió ante el Duce, mediante el cual afirmaba la negativa a sumarse a la causa del Eje. La base argumental la desarrolló Franco mostrando a Mussolini un pan negro habitual en el consumo de los españoles de aquellos años. Le dijo que generalmente las guerras comenzaban comiendo pan blanco y terminaban comiendo pan como el que le enseñaba. Con ello quería Franco hacer hincapié en la imposibilidad de que, comenzando por lo que debía ser el final, un país como España entrara en la guerra. Además de Roma dejó estela de su paso por Bucarest, Helsinki, Montevideo, Buenos Aires, La Habana y una luz efímera en Manila de donde abatido por la enfermedad tuvo que ser trasladado a Madrid para vivir sus últimos días.  Los meses transcurridos en la capital finlandesa alcanzaron notoriedad debido al éxito alcanzado por la obra de “Curzio Malaparte Kaputt”. La arrogancia de este condotiero de la pluma le llevó a decir años después de la publicación de esta obra, modelo dentro de la literatura de escándalo, refiriéndose a Foxá: “el conde Agustín de Foxá, a quien hice célebre con Kaputt…”. Lo cierto es que junto con Himmler, Isabel Colonna o la princesa Luisa de Prusia, Foxá es una de las figuras destacadas del libro pero, por otra parte, brillaba con luz propia, proponiéndoselo o espontáneamente.   Una excursión desde Buenos Aires, donde estuvo destinado, le llevó al altiplano boliviano, y como contagiado por el efecto alucinógeno de la coca que mastican los indios como remedio infalible para combatir el soroche o mal de altura, dejó esta pincelada ilustrativa de toda una cultura: “Fui a Bolivia, donde las indias van vestidas de lagarteranas pero con bombín de Charlot y pendientes de diamantes entre sus trenzas. Llevan siete sayas de diferentes colores y, cuando bailan, se irisan entre las llamas de ojos de mujer y caderas tan voluptuosas que obligarían a dictar una disposición a los Virreyes prohibiendo a los indios pastores del altiplano conducirlas si no iban bien acompañados de sus mujeres. Así nació el pecado nefando que no mereció la anatema de la Biblia porque Jehová nunca vino a América…”.    Acerca de Foxá una conspiración de silencio ha pretendido ocultarlo a la curiosidad de cuantos puedan tener interés por conocer a los auténticos valores de la literatura española del siglo XX. Ha sido obra de la inteligencia encargada de expender pasaporte de progresía con criterios dignos de los mejores tiempos del estalinismo. Se atribuye a Baroja la afirmación de que “la intransigencia de los liberales y de los que en España se llaman avanzados” ha instalado una alcabala para cobrar peaje a los señalados como conservadores, fascistas, reaccionarios y otras caprichosas lindezas. Muchas frases y ocurrencias suyas fueron muy celebradas en su tiempo. A César González Ruano le contaba cómo fueron los milicianos rojos a detenerle después del 18 de julio de 1.936: “Me salvé de milagro. Enseñé el pasaporte diplomático de Cónsul de España en Bombay. Creyeron aquellos tipejos que Bombay era mi sede habitual y que ejercía de Cónsul en España. Uno dijo: “Bueno, vámonos, de poco nos cargamos a un indio’, los muy ignorantes…  Al decretar las Naciones Unidas el aislamiento a España, en vísperas de Postdam, comentó: “Vais a ver la patada que le dan a Franco en nuestras posaderas”. Igualmente, en julio de 1.945,  en el relevo en el Ministerio de Asuntos Exteriores de José Félix de Lequerica Erquiza por Alberto Martín Artajo, éste le pidió su casaca de Ministro a su predecesor por no tener él una para la Jura, ante lo cual afirmó Foxá: “He visto muchas veces cambiar a un Ministro de chaqueta, pero nunca hasta hoy a una chaqueta cambiar de ministro”. Y siguiendo con este tema, cierto día le dijo a un diplomático que se había marchado siendo Ministro Ramón Serrano Suñer, y volvió cuando lo era el citado Alberto Martín Artajo, que era de la “Santa Casa” o de Acción Católica, de la que llegó a ser Presidente: “Antes, al entrar al despacho del Ministro, se gritaba ‘¡Arriba España’! En cambio, ahora hay que decir ‘Ave María Purísima’” Al Embajador de Gran Bretaña le espetó cierta vez: “Los españoles están dispuestos a morir por la dama de sus pensamientos o por un punto de honra, pero morir por la democracia les parece tan tonto como morir por el sistema métrico decimal…”  Célebre también fue su respuesta a la esposa de un diplomático hispanoamericano que durante una comida oficial no cesaba de despotricar contra España y el Descubrimiento y Conquista de América: “Pues mire, o desciende usted de españoles o todavía se le notan las plumas de sus antecesores en la cabeza.”  Otro día estaban algunos dando largas explicaciones técnicas a un diplomático hispanoamericano sobre los pactos de España con los Estados Unidos y con el Vaticano, y él se lo resumió de esta forma: “Se trata de que los españoles hemos conseguido para cada uno 10 dólares y 3 días de indulgencia.” Y hablando de Hispanoamérica, en un teatro de un país hermano, durante un recital, el público comenzó a tirar huevos podridos. Agustín de Foxá, sin inmutarse, oliendo los restos de uno de esos huevos podridos que se había estrellado en su esmoquin, dijo en alta voz: “¡Los que tiraron ayer estaban mucho más frescos!” Estando en Cuba, comentó: “Estoy contentísimo en Cuba, ya que soy ingenioso y Cuba es la única nación del mundo donde un “ingenio” puede hacer rico a un hombre”. Hay que aclarar que en Cuba se llama “ingenios” a los cañamerales, es decir, a las fincas donde se cultiva la caña de azúcar. En una tertulia de La Habana, se hacían algunos comentarios irónicos sobre España. El que dirigía la conversación era un gran industrial azucarero de Cuba, persona de las más influyentes de La Habana. Súbitamente, lanzó Foxá la tremenda andanada: “Para presumir de genio y para hablar mal de España hay que tener mucho ingenio y el suyo… sólo es de caña”

 

 

 

 

PARA QUE SE VIAJA O LOS DISTINTOS MODOS DE VIAJAR

Hoy tengo el placer  y el honor de contar con la colaboración de  Francisco M. Rodríguez Layna que nos ilustra, en esta ocasión, sobre los viajes  y los distintos modos de viajar.

PResultado de imagen de francisco rodriguez laynaaco Rodríguez Layna,  nacido en Soria en 1948. Licenciado en Sociología y Teología por la Facultad de Teología de Barcelona y Licenciado en Historia Medieval y Contempóranea por la Universidad Central de Barcelona. Colaborador de la revista Índice y director de la revista Escrits de Barcelona.

Y sin más preámbulos, leamos su interesante articulo sobre viajes y viajeros

Viajar, si, viajar, para poder relatar al regreso: ¡También yo estuve allí!

Viajar para luego encender con el recuerdo de los lugares visitados, el tibio y confortable apego al rinconcito en que se nació o en que se vive en nido propio.

Actualmente, la mayoría de las veces la gente viaja a las playas de moda para broncearse y relajarse soportando estoicamente los rayos solares.

Luego están los viajes culturales, aquellos que nos llevan a lugares míticos, históricos, que nuestra imaginación evoca de una manera determinada y que a veces coinciden y otras no. El Partenón de Atenas, las ruinas de Pompeya, las pirámides de Egipto, el Machu Picho, la ciudad prohibida de Pequín o los más famosos museos.

Lo importante de los viajes es el entrar en contacto con otras culturas, con otros seres humanos, tan distintos pero también tan próximos a nosotros.

Pero ¿para que viajan la mayoría de los que viajan?

Unamuno lo tenía claro: “¿Hay algo más azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda, es ese horrible e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de este. Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar de decir que ha viajado. Y hay quien viaja para huir de cada lugar, no buscando aquel al que va, sino escapándose de aquel de donde parte”.

Otra forma de viajar es a través de los libros, donde la imaginación juega un papel importante. Y como ejemplo mencionaremos lo escrito por Blasco Ibáñez, Gao Xingiian o Camilo José Cela-

En 1906 Blasco Ibáñez conoció a la millonaria chilena Elena Ortúzar, persona que tomaría como modelo para alguna de sus novelas y que sería fundamental en su vida personal. En 1907, después de un viaje a Sevilla se desplazó a Vichy, para encontrarse con la citada Elena. De allí pasaría a Ginebra. Desde Ginebra —y tras visitar Berna, Munich, Viena y Budapest— iniciaría su primer viaje a Constantinopla, acompañado de doña Elena, la madre de ésta y la doncella. Este viaje fue totalmente improvisado, aunque no le impidió consumir en el mismo, seis meses y en hacer de él una tentación literaria que plasmaría en diversos artículos, luego convertidos en libro.

En La vuelta al mundo de un novelista, narra el viaje que emprendió Blasco Ibáñez en 1921 a bordo del buque Franconia y que le llevó a recorrer  Estados Unidos, Cuba, Panamá, Hawái, Japón, Corea, Manchuria, China, Macao, Hong Kong, Filipinas, Java, Singapur, Birmania, Calcuta, India, Ceilán, Sudán, Nubia y Egipto. El libro es realmente interesante, no cabe duda que a ello contribuye su capacidad narrativa y que además está escrito en los últimos años de su vida, por lo que su capacidad de observación más que entrenada y la cultura acumulada durante toda su vida son el motor que guía la lectura. En el inicio del libro, el autor debate consigo mismo la conveniencia o no de empezar ese viaje. Resulta curioso ver cómo va desgranando los pros y contras de realizar el viaje o los peligros con los que se va a encontrar, pero todos los argumentos en contra son rebatidos y la realización el viaje se convierte en algo inevitable. Una ocasión inmejorable para conocer de la mano de un gran escritor, como se encontraba el mundo en los años veinte.

Escribió Blasco Ibáñez más libros de viajes, entre ellos En el país del arte. Tres meses en Italia, un libro curioso y atrayente.  Este no es un libro de viajes escrito por un novelista, pero es un libro de viajes escrito por un novelista. Y aunque parezca un acertijo lógico, comprender en qué sentido lo es y no lo es nos dará la clave del texto. No nos encontramos ante el ocio de un literato que se dispone a hacer una peregrinación estetizante al estilo de Goethe o Stendhal; no obstante, es un recorrido de ciudades emblemáticas, y su autor impregna las páginas de reconstrucciones narrativas y descripciones brillantes, como solo puede hacerlo quien ejerce su oficio con soltura. Blasco, además, se enfrenta a este deambular inesperado desde la tensión vivencial y política que envuelve sus afanes en esos momentos, por lo que mira, observa y relata a partir de sus inquietudes sociales. Génova, Milán, Turín, Pisa, Roma, el Vaticano, Nápoles, Pompeya, Asís, Florencia, Venecia. El recorrido no se aleja del de un turista convencional, pero la mirada propia, no ahogada por el talante divulgativo de la obra, le lleva de las descripciones certeras, a la recreación histórica, del análisis de las gentes a la soflama republicana, todo ello en una fluida prosa literaria que únicamente en cierta grandilocuencia acusa el paso de los años.

La Montaña del alma de Gao Xingiian, es una novela polifónica, que recorre los diferentes géneros y arquetipos literarios y que, bajo una amplitud de tonos, trata un solo tema: el sentido de nuestra identidad. Novela épica, porque interpreta la historia política y cultural de China, es también lírica porque investiga el yo en su pluralidad. Este cruce de géneros y este abanico de tonos y temas, le confiere una riqueza narrativa tan variada como perfecta, en la que las historias forman figuras como en una baraja, y el relato mantiene el rumbo y el ritmo en que se basa su compleja unidad. La obra es una novela histórica escrita desde la instancia de la persona poemática y que hace de los pronombres personales no tanto los ejes del discurso como las voces de su permeabilidad. Es también una novela antropológica, que describe y opone modelos de conducta pero que no analiza caracteres y que presenta su acción como un simple viaje en el tiempo, en el espacio y en la memoria de su imaginación; que introduce reflexiones sociológicas; que tematiza la crisis de valores; que habla de bandidos, de saqueadores de tumbas y de curanderos de picaduras de serpiente, de tigres y de pandas y de recuerdos reales entremezclados con todo su proceso de ficción. Para Xingjian, “no es la naturaleza la que causa espanto, sino el propio hombre”, cuyo miedo íntimo le parece el verdadero origen de su mal. Por último señalar que para el autor, “la novela es una producción de la sensibilidad” que “sumerge en una mezcla de deseos los códigos de los signos arbitrariamente construidos” y que, como la vida, “no responde a una finalidad”.

En Viaje a la Alcarria, Cela, con el morral a la espalda y la cantimplora sujeta a la hebilla del cinturón, recorre las carreteras y los pueblos de la Alcarria. Es el suyo un caminar lento, con mañanas de atmósfera limpia, mediodías calurosos y noches que se le echan encima, como con susto. De pueblo en pueblo el viajero va viviendo curiosos encuentros, minúsculas anécdotas y sorprendentes conversaciones que, impertérrito, transcribe con una suave prosa que aúna realismo, comicidad y ternura. Pero el viaje termina. El viajero dejó atrás la Alcarria con sus notas a cuestas y un algo de pena. A cambio, nos queda un libro que demuestra una de las más arraigadas afirmaciones de Cela: «El escritor, aun el que más sedentario pudiera parecer, es siempre un irredento vagabundo y ése es su mayor timbre de gloria y libertad»

Libro de viajes es también el inmortal Don Quijote de la Mancha de Cervantes. En marzo de 1905, año del tercer centenario de su publicación, Azorín recorrió, por encargo del diario El Imparcial, los principales lugares manchegos mencionados por Cervantes en su obra. Más allá de su condición inicial de reportaje periodístico, las crónicas de dicho viaje, recogidas poco después en La ruta de Don Quijote, constituyen en su conjunto una interesante meditación sobre el devenir histórico de España desde la perspectiva de la particular teoría azoriniana del tiempo.

Y por último están los viajes interiores, aquellos que nos hacen cambiar de pensamiento y de acción, y que nos hacen distintos, otros, a pesar de seguir siendo los mismos.

Libro de la VidaEjemplo de ello es lo expresado por Santa Teresa en su obra El Libro de la Vida que redactó en periodos sucesivos y con finalidades distintas, aunque el periodo de redacción definitivo suele situarse entre 1562-1566. La Santa lo escribió por mandato y bajo la dirección de sus confesores, e iba dirigido a un círculo religioso reducido. El Libro comprende hasta sus 50 años de edad y lo escribe durante una de las etapas más difíciles de su vida. En los primeros capítulos Santa Teresa aporta gran cantidad de información autobiográfica sobre su vida familiar, su infancia, y su ingreso en la vida religiosa. A lo largo del libro hay otros episodios de este tipo: sus referencias al Santo fray Pedro de Alcántara, a quien conoció personalmente, y el proceso que le llevó a la fundación del primer monasterio reformado de San José de Ávila, se encuentran entre las más memorables. Pero en su mayor parte el Libro de la Vida narra su progreso espiritual y sus vivencias místicas, así como su práctica y concepción de la oración, escrito en su particular estilo analítico y enormemente sincero. Por esto se ha calificado a la obra como “autobiografía introspectiva”.

Por último señalar que los viajes producen alegría a la mayoría, pero también una cierta tristeza a los espíritus más sensibles. Porque como escribía desde Atenas a Luisa Colet, aquella estupenda naturaleza de artista y de soñador que fue Gustavo Flaubert, “por mucho que se viaje y se vean paisajes y pedazos de columnas, eso no alegra. Se vive en un entumecimiento perfumado, en una especie de soñolencia, en que pasan bajo los ojos cambios de decoraciones y junto al oído melodías súbitas: ruidos de viento, rodar de torrentes, esquilar de rebaños. Pero no se está alegre, se sueña dema siado para estarlo”.

 

Pase lo que pase “no tires la toalla”

Cuantas veces todo parece ser adverso cuando se intenta lograr un objetivo. Cuantas veces sentimos que no vale la pena, que el un universo está en contra nuestra y que quizá lo más sensato sería “tirar la toalla” y sin embargo, antes de caer en esa tentación tenemos que recordar un concepto que es clave para lograr el éxito: la resiliencia o capacidad para sobreponerse a los reveses que se nos presentan y alcanzar nuestras metas u obetivos.

Antes de continuar conviene establecer lo que distingue un objetivo de un deseo. En objetivo debe: CARACTERÍSTICAS DE UN OBJETIVO

  • Ser explicito y específico.  Hay que ponerlo por escrito, utilizando el verbo en infinitivo (por ejemplo, “aprender inglés”)
  • Ser claro sin que se preste a dobles interpretaciones
  • Ser limitado en el tiempo, es decir con un plazo establecido (“aprender inglés en un año dedicando tres horas diarias“)
  • Ser evaluable, en cuanto a resultados (“aprender ingles para poder mantener una conversación en un año”).
  • Realizable es decir que no sea una utopía o un autoengaño  (“aprender chino en un año para poder mantener una conversación dedicando una hora a la semana)

Una vez definidas las características de un objetivo y su diferencia respecto a los buenos deseos, hay que ponerse a trabajar para lograr lo que nos proponemos y no renunciar, es decir no tirar la toalla.

En primer lugar  y si no lo hemos hecho ya, habrá que poner por escrito el objetivo y a continuación, pensar qué recursos vamos a utilizar y en qué plazo de tiempo.

Supongamos que el objetivo es “lograr un ascenso en la carrera profesional” pero ¿qué vamos a hacer  para conseguir este ascenso? ¿es viable dentro de la empresa o se trata de buscar otro puesto de trabajo? Son dos opciones que requieren estrategias distintas.

Si consideramos viable la primera, tendremos que cuestionarnos por qué la empresa no lo ha contemplado y hay que analizar las posibles razones y decidir “si tiramos la toalla” o persistimos en el intento. Pero no se trata te persistir en el intento sine die, todo objetivo tiene que contar con fecha de cumplimiento y si llegada la fecha no se ha logrado el objetivo, hay que considerar la segunda opción e incluso una tercera.

Por supuesto para conseguir el objetivo  “lograr un ascenso en la carrera profesional” hay que ser realistas y analizar desapasionadamente si realmente somos la persona idónea, en cuanto a perfil profesional y competencias tanto técnicas como emocionales.

En resumen, hagas lo que hagas, NO TIRES LA TOALLA.

 

 

LA VIDA IBA EN SERIO Y NOS DA SORPRESAS… SORPRESAS NOS DA LA VIDA

El enorme  poeta Jaime Gil de Biedma escribió un bellísimo poema sobre el devenir de la vida, del que aquí quisiera destacar un fragmento:

.”Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante. “Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante. “Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante. “Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Todos nosotros cuando alcanzamos determinada edad, creemos saber cómo será nuestro futuro que casi siempre suponemos previsiblemente tranquilo y razonablemente feliz.

Sin embargo, la vida es imprevisible y de repente y, sin preparación ni previo aviso, nos lleva por derroteros inesperados.

Por otra parte, Ruben Blade advierte  que la vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida, como dice la canción Pedro Navaja.

Ya lo se, soy muy ecléctica en mis gustos.

Cuando nos encontramos ante esta, llamémosla “sorprendente” circunstancia y entrecomillo el término porque no hay nada más imprevisible que el devenir de la vida y siempre consigue sorprendernos.

Y precisamente es cómo afrontamos esos avatares del destino, lo que realmente marcará nuestro futuro. Lo estupendo sería poder actuar como  Superman pero lamentablemente este tipo de super-héroes no existe en la vida real.

Cuando la vida nos sorprende negativamente y apenas podemos creer que nuestra vida ha dado un vuelco inesperado, siempre pasamos por una primera fase de negación.  Es cuando nos decimos que esto no puede estar pasando.

Todo cambio genera cuanto menos inquietud y si el cambio es negativo, la situación se agrava y comenzamos negando la realidad. A continuación, cuando comenzamos a aceptar que la vida ha cambiado, es posible que nos culpabilicemos a nosotros mismos del tremendo revés sufrido o le echemos la culpa a los demás o en último caso al empedrado. Esta es la fase de la ira.

Esta actitud es típica cuando el revés está relacionado con la pérdida de ese puesto de trabajo que dimos por sentado que sería “para siempre”… pero nada es permanente y esta premisa no debemos olvidarla.

Una vez superada esta fase y lo ideal es que se supere cuanto antes mejor, entramos en un periodo de negociación, comenzamos a aceptar la nueva situación, tratando de obviar los contras y buscando los pros.

Y justo, cuando parece que vamos remontando y asumiendo el cambio, nos entra una profunda tristeza y nos sentimos deprimidos.  Creo que lo que ocurre es que sabemos que estamos ante un nuevo escenario y nos estamos despidiendo del anterior. Pero como nada es permanente, finalmente entramos en la fase de aceptación.

Es posible, que la nueva situación sea menos  halagüeña que la anterior pero… la vida te da sorpresas, como dice la canción.

Lo ideal sería convertirnos en Superman para superar estos avatares, lamentablemente parece ser imposible, aunque no del todo. Está claro que Superman tiene, como todos los superhéroes, poderes especiales, muy lejos de nuestro alcance.

Sin embargo, todos tenemos algún superpoder (resiliencia, persistencia, fuerza de voluntad, etc… que nos facilitarán como mínimo la aceptación del cambio.

 

 

Cuando en las redes sociales se nos va la olla y metemos la pata

Una metedura de pata en petit comité es desagradable pero no tiene la trascendencia que puede adquirir una “salida de pata de banco” en las redes sociales, especialmente si convertimos a alguien famoso o conocido en el objeto de nuestra ira, mofa o befa, porque entonces se hará viral.  Además no olvidemos que por rápidos que seamos en arrepentirnos y borrar, Google está ahí para conservar todo.

Está claro que nadie está libre de un ataque de ira o, lo que es peor, de un ataque de tontería.  No solo los trols como el de la imagen, escriben textos ofensivos.

La prudencia aconseja guardar nuestros sentimientos y opiniones ofensivas para nosotros mismos o nuestro círculo más íntimo.

Ahora bien, lamentablemente puede darse el caso de que irreflexivamente decidamos compartir con el “mundo mundial” nuestras emociones u opiniones y los publiquemos en las redes sociales.  Es entonces cuando comprobaremos con horror la enorme difusión que tiene cualquier tontería o lo que es peor, chistecito de mal gusto, amenaza encubierta o no, etc… actualmente existen muchos ejemplos conocidos por todos.

Ahora bien ¿qué hacer si somos nosotros los de la metedura de pata? la periodista Clarisa Sekulits en su articulo publicado en el Diario Expansión recopila los consejos de expertos sobre el tema.

Lo habitual es no querer saber nada de las redes sociales y se siente un fuerte deseo de abandonarlas para siempre jamás. Es comprensible esta actitud pero poco práctica, entre otras cosas porque necesitaremos de éstas para reconstruir nuestra marca.  Además, cada vez es mas frecuente que las empresas esperen (o exijan) de sus empleados que sean activos en las redes sociales.

Indudablemente hay que encarar la “salida de pata de banco” con humildad y sobre todo ser sinceros.  Es necesario pedir disculpas al ofendido (es posible que esto nos evite querellas) y a partir de aquí y durante un tiempo, hay que mantener un perfil bajo y lo mas silencioso posible.

Además, es necesario iniciar una estrategia para reparar los posibles daños colaterales (o no tan colaterales):

  • Ponerse al habla con  nuestra empresa, no olvidemos que el perfil privado y el profesional están unidos inevitablemente, lo que invalida aquello de “se trata de una opinión personal”.
  • Publicar poco o nada durante un tiempo  y tener en cuenta que las nuevas publicaciones deben tocar temas muy alejados de aquello que ocasionó la metedura de pata.
  • Reconstruir nuestra marca personal y profesional que inevitablemente se habrá visto dañada.

Y, ¿qué hacer si nuestro error ha ocasionado el despido? Después de las lamentaciones propias de la situación, hay que trazar un plan de búsqueda del nuevo empleo. Entre otras cosas, no es necesario contar durante la entrevista lo ocurrido pero si el entrevistador conoce el tema y pregunta, hay que responder sinceramente y explicar cómo se ha gestionado el problema, lo que puede ser un punto a favor.

Finalmente, prevenir es mejor que curar, antes de  publicar algo, piensa las consecuencias y ¡NO TROPIECES DOS VECES EN LA MISMA PIEDRA!

MARCA PERSONAL Y PROFESIONAL

CUANDO DEJAS DE SER TU MISMO

Es complicado, ya lo se pero hay etapas en la vida que no somos nosotros mismos y no es que se nos haya “ido la olla” sino porque la vida o el destino nos somete a pruebas inesperadas y todo lo que dábamos por sentado, está fuera de nuestro alcance.

Son circunstancias que nos llevan a comportarnos de forma distinta a la que nos caracteriza y cómo nos perciben los que nos rodean.

Se trata de  circunstancias sobrevenidas, con las que no contamos y que remueven hasta los cimientos nuestra forma de ser y proceder.  Se trata de circunstancias personales: la pérdida de un ser querido, un problema de salud –ya sea de la propia o de alguien muy cercano-   una ruptura, un problema laboral, entre otros.

De repente y sin que seamos conscientes la mayoría de las veces, nos mostramos más irritables o mas apáticos, dejamos de cumplir nuestros compromisos o nos volvemos intransigentes o mas tolerables; no existe una pauta de carácter general, en todo caso, dejamos de ser nosotros mismos.

La realidad es que nos hemos visto golpeados por la mas cruel realidad y la gran pregunta es como superarlo.

Considero que hay tres fases que nos llevan a superar, en la mayoría de los casos, la situación.

Durante la primera fase, no entendemos qué es lo que ocurre y se hace imprescindible comprender y aceptar lo que nos ha sucedido.  Es el momento de asumir el paro, la ruptura o el problema de salud.   Hay que hacer un análisis de la situación y comenzar a trazar una estrategia que nos permita revertir la situación, en la medida de lo posible.  Esta es la actitud positiva, la negativa sería llorar, desesperarse o pensar que el universo está en contra nuestra.

La segunda fase se orienta al desarrollo de la estrategia, fortalecer el ánimo y asumir que ciertas cosas quizá han desaparecido para no volver y hay que sacar el mayor partido posible a lo que conservamos.

En la tercera fase, hay que ponerse a la tarea, ser  resilientes ante la adversidad y muy positivos.

Ya se que no es fácil pero peor es encerrarse a pensar lo desdichados que somos y que nunca superaremos esta terrible situación.

 

¿POLITICAMENTE INCORRECTA O CONJURA “JUDEOMASONICA?

Este post es distinto, me aparto por una vez de mi interés por el empleo y recojo algunas reflexiones que posiblemente no serán todo lo políticamente correctas que se espera de mi y mucho menos, que vaya a hablar de futbol.

Nos vamos a limitar a los partidos (liga y copa) jugados durante el mes de diciembre y primeros días de enero.  Puede que no os lo creáis pero prácticamente todos los días ha habido al menos un partido y por supuesto de han retransmitido por radio y TV, incluso alguna emisora ha suspendido el servicio de noticias para no interrumpir “el enésimo partido del siglo”.

Todos los españoles parecen abducidos por un deporte que practican profesionalmente algunos señoritos que ganan cantidades obscenas que en muchos casos, tributan en paraísos fiscales y me hacen cuestionar muchos conceptos como la ética y la solidaridad, mientras otros, los peones, se sacrifican por contratos y salarios de risa.

Ahora bien, tanto Messi y Cristiano Ronaldo son adorados como si fueran el mismísimo Dios, sin ir mas allá de comentar su última gesta (un gol, un penalti o vete tu a saber….)

Todo ello me lleva a diversas consideraciones:

  • ¿Es el futbol realmente el opio del pueblo o pan y circo?
  • ¿Estamos tan cansados de la realidad que preferimos pensar y vivir el último gol?
  • ¿Existe una conjura para idiotizar a los españoles mediante el futbol?

Esta última posibilidad me comienza a preocupar.  Ya se que el fútbol es una máquina de hacer dinero y éste es ya un argumento suficiente.  Sin embargo,  voy más allá.  Todo el mundo está tan entretenido comentando la última salida de Luis Enrique que olvida la cruda realidad.

Según el CIS, las grandes preocupaciones de los españoles son el desempleo y la corrupción política pero ¿gastamos el mismo tiempo en discutir el último penalti que en buscar soluciones al desempleo o la corrupción?

Me temo que no, el futbol nos hace eludir u olvidar la cruda realidad.  Opio del pueblo, conjura… pero seguimos escuchando o viendo el partido y mientras nos enteramos que el 40 por ciento de los españoles no lee jamás.

Son hechos que me llevan a cuestionarme si los españoles somos totalmente idiotas o si realmente existe una conjura para convertirnos en eso, en idiotas.

 

 

 

 

 

 

EMPLEABILIDAD. LA PALABRA CLAVE PARA 2017

Pero en realidad, ¿qué quieren decir cuando hablan de empleabilidad?  Existen muchas definiciones pero quizá las más aproximadas son:

  • La suma de todas las habilidades, actitudes, conocimientos, experiencias y valores que poseemos y que ponemos al servicio de las organizaciones o instituciones donde laboramos.
  • El potencial que tiene determinado individuo (perfil profesional) en ser solicitado y deseado por la empresa.
  • La capacidad de determinado individuo de obtener la máxima rentabilidad de su perfil.
  • La condición de preparación para afrontar demandas inmediatas o futuras del mercado de trabajo.

Lo que nos lleva a un perfil laboral  con una excelente formación, competencias profesionales y habilidades sociales sin ningún problema para adaptarse a las exigencias de movilidad inherentes a este mercado laboral globalizado. ¿Existe esa rara avis?

El mercado laboral es un entorno altamente competitivo donde cada profesional debe diferenciarse del resto destacando aspectos como el conocimiento de idiomas, el manejo de herramientas tecnológicos, determinadas habilidades comunicativas, flexibilidad para viajar, la creatividad, la iniciativa o la motivación… Cuando se asiste a una entrevista de trabajo cada profesional debe ser capaz de adaptar su currículum a las necesidades del puesto de trabajo ofertado, de esta forma las posibilidades de éxito son mayores.

Sobre el papel, hasta parece fácil pero en la realidad, las cosas son bastante diferentes. En primer lugar, porque es difícil encontrar ese factor diferenciador que nos haga únicos entre nuestros pares.

Por otra parte, tampoco la movilidad geográfica y funcional tampoco es nada fácil para nosotros, tendemos a apegarnos tanto al puesto de trabajo como al “terruño”.  Quizá olvidamos la gran oportunidad que puede ser el cambiar de puesto e incrementar conocimientos y -desde luego- aquello que decía mi abuela: “viajar pule mucho”.

Como conclusión, la empleabilidad parece ser una de las palabras de moda pero conviene meditar si realmente disponemos de esta condición.

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